Opciones reducidas

Estaba visiblemente nerviosa. Al servir la cena sus manos temblaban aunque trató de disimularlo pasando sus dedos por el cabello al dejar el plato. Como táctica distractora comenzó la conversación con una sonrisa de por medio:

—¿Y cómo estuvo el día?

—Bien, aunque el regreso fue molesto, no puedo entender cómo algunos tienen permiso de conducir o se atreven a conducir sin el permiso del sentido común.

—¿Tan malo fue?

—No tanto, pero que la “usen”.

—No digas eso — replicó ella indignada — , no me gusta ese insulto, además ya estás aquí.

Él se guardó su contrariedad comenzando a comer pausadamente mientras observaba cómo ella estrechaba sus dedos involuntariamente, creyendo que no se daría cuenta.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Dilo.

—Las noticias.

—¿Qué dicen?

Ella se levantó dejando de lado toda fortaleza, sus ojos casi al borde del llanto contenían las lágrimas mientras sus labios encerraban tras de sí un arranque de histeria.

—Dicen que alguien tiene el control de nuestra opción.

La «opción». La palabra lo estremeció al escucharla pero más lo fue saber que alguien controlaba la administración de ella.

—Pero ¿con cualquiera?

—Sí, de todos nosotros.

Dejó de comer.

La opción había sido instaurada hacía más de doscientos años. Se nacía con ella, se usaba con frecuencia pero una sola vez. La opción era, según decían los filósofos de la época, el ejercicio de la protestad sobre la vida propia, la dignificación de la existencia, la muerte del sufrimiento, pero también la del individuo. Dejaron de llamarle “suicidio”, la palabra llegó al sótano de los arquaísmos y paulatinamente fue reemplazada por la «opción» porque eso era, una opción que cada persona en el mundo tenía, bastaba con seguir un sencillo protocolo para activarla y morir con la misma pasividad de quien duerme por la noche.

—Pero, no entiendo.

Salió con estrépito del comedor y encendió el televisor, conectándose al servicio de noticias en el cual parecía que llevaban todo el día informando del acontecimiento que estaba conmoviendo a toda la humanidad, o casi toda. Ella le siguió, mantuvo sus manos en su barbilla en postura suplicante y ésta vez ya no hizo el esfuerzo de ocultar sus lágrimas.

«Sin que sepamos nada más que la confirmación del control de la Opción, estamos recibiendo actualizaciones concernientes a las oficinas de gobierno. El hermetismo es total, las oficinas de prensa están negando comunicaciones, las vías extraoficiales tampoco emiten información alguna. Llamamos a la calma de toda la población.»

—No puede ser — dijo él — , ¿cómo pudo pasar?

—En la tarde decían que una sola persona tomó el control de las opciones de todos. Que no sabían nada de él, de sus intenciones, tampoco dónde se encuentra. Dijeron que pudo ser un funcionario renegado pero no lo podían confirmar porque las operaciones de la opción están sujetas a una computadora la cual no tiene sobre sí intervención humana.

—¡Entonces ella fue!

—Dicen que no.

—¿Cómo pueden saberlo?

—Porque bombardearon las instalaciones, la destruyeron. Minutos después, todos los pilotos cayeron con sus naves, les activaron la opción a todos ellos.

—Dios mío.

Ella lloraba abiertamente, sus sollozos no dejaban escuchar la emisión del televisor. Él acudió a su lado para abrazarla.

—¿Qué vamos a hacer? Éste miedo nunca lo sentí, no puedo tolerarlo.

Él llevó a la espalda de ella, sintió debajo de su nuca el dispositivo. Ella le miró sin demostrar desaprobación. La condujo al sofá, ellá se sentó y respiró profundamente mientras cerraba los ojos.

«Estamos recibiendo confirmación de las oficinas de prensa del gobierno y transmitimos el mensaje recibido de forma íntegra: los representantes populares están siendo exterminados mediante la activación remota de sus opciones, así como los integrantes de las fuerzas del orden. Llamamos a la población a que se resguarde en sus hogares debido a la inseguridad que prevalece en las calles donde el caos…»

Él comenzó la secuencia para activar la opción de ella; antes de el último terminar le besó la mejilla pero su pensamiento principal era sobre la identidad de quien tomó el control. Al accionar la opción de ella, su corazón latía con fuerza, causándole mareo. La recostó sobre el sofá para entonces dirigirse al televisor y apagarlo y ver por última vez a los conductores de las noticias inertes sobre sus sillas, con los ojos abiertos y las quijadas desencajadas.

Tomó asiento a la orilla del sofá y tomando la mano de ella la observó mientras llevaba su propia mano a la nuca para activar la secuencia. Al terminar, esperó con curiosidad alguna señal irreconocible en su cuerpo.

Levantó sus ojos hacia el rostro de ella, el rostro que era la personificación del horror.

—¡No funciona! — gritó — ¡no funciona!

Él también lo supo, al no sentir más que miedo, incertidumbre y una magnífica salud.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.