Servicios generales

El ducto del desagüe estaba roto, no había duda, el agua sucia sobre el piso -también sucio- eran pruebas de que aquello necesitaba ser remediado antes que llegara su esposa con una oleada, esta vez, de reclamos por la incompetencia mínima en cuanto a sus deberes se refería. Buscó en el clóset la caja de herramientas que hacía cinco años había comprado en una barata que ofrecía el centro comercial. “Caja de herramientas estándar 50x20x20” decía el anuncio, sin embargo, lo que el anuncio no decía es que en esa caja no cabrían las herramientas adecuadas para una simple reparación casera. Tomó del interior de la caja una llave de presión que nunca había sido usada -como el resto de las herramientas-. Se arremangó el pantalón para luego darse cuenta, estando de rodillas, que aquello había sido inútil porque el agua sucia estaba ya subiendo por el tejido de la tela. Ajustó la llave al diámetro de la tubería y haciendo girar en sentido inverso a las manecillas del reloj logró que el anillo diera vuelta; continuó durante dos minutos de ese modo hasta que se dio cuenta que aquella pieza, aunque giraba dócilmente, no estaba separando ninguno de los tubos que unía. Contrariado, se levantó. Mirando el desastre bajo sus pies comprendió que aquél trabajo debía ser realizado por un profesional. Le quedaban un par de horas y consideró que sería tiempo suficiente para que un plomero competente tuviera éxito donde él no pudo. Chorreando agua desde sus zapatos y pantalón regresó la llave de presión al olvido de su nueva caja de herramientas la cual regresó a la oscuridad del clóset. Se cambió de calcetines, arrojó el pantalón al bote de la ropa sucia y descalzo y en calzoncillos tomó el teléfono de la sala como sabiendo a quien llamar. Nunca había llamado a un plomero, ni a un electricista, ni a un médico. Recordó que la compañía de teléfonos regala a sus suscritos una guía telefónica de servicios. Después de diez minutos de búsqueda encontró la guía telefónica debajo de su nueva caja de herramientas. Sonriendo, más por la impunidad de su estupidez, se puso cómodo en el sofá buscando el índice de plomeros. Al llegar a la página 2327 de aquel pelmazo de papel arroz mal impreso encontró una pléyade de números telefónicos de plomeros. ahora debía decidir cuál era el más adecuado. Debía ser uno que viviera cerca de su departamento, debía ser barato, pero también debía ser económico en sus honorarios. Luego de pedir consejo al cielo la sala cuyo dios se expresaba en forma de reloj colgando de la pared, admitió que debía sacrificar la economía si quería que el trabajador hiciese su labor antes de la llegada de su esposa. Omitiendo el aspecto económico, rebuscó entre las páginas los anuncios. “El mejor plomero del rumbo” decía uno. “El mejor plomero de la ciudad” rezaba otro. “El mejor plomero que usted puede conseguir” leía en otro anuncio que le hizo pensar que ese era el más barato y que debía contratarlo, pero no quería afrontar más gazapos así que siguió buscando en la guía. De entre la variedad de anuncios, algunos evidentemente costosos debido a los marcos, colores, tipografías y números telefónicos con diez líneas de atención, hubo uno que le llamó su atención por su modestia. Entre dos grandes anuncios de plomeros -quienes debían tener una casa mejor que la suya a juzgar por la inversión en mercadeo- estaba un texto de apenas dos líneas, un número telefónico local y tres símbolos al final que asemejaban cruces. Pensó de inmediato que debía ser el anuncio de un plomero que se ganaba la vida a duras penas, que fue quizás convencidos por su viejecita para pagar algunos centavos extra para aparecer en la guía. Quizás era un plomero bonachón pero anciano, trabajador, responsable y realmente necesitado de trabajo. Pensó que quizás era la opción más adecuada para su problema, aunque llegó a considerar que si era un anciano no podría hacer el trabajo tan rápido como lo deseaba pero se justificó ante el hecho de que si su esposa llegase antes de tiempo bien podría tomar en cuenta la contratación de un experimentado trabajador que ya estaría resolviendo la situación. Convencido de su decisión -y que quien respondería en la línea sería un amable ancianito- marcó los números y esperó.
No hubo respuesta.
Frustrado y temeroso fue en busca de un cigarrillo para calmarle los nervios. Estuvo meditando su situación recargado en la estufa, ni siquiera sintió la frialdad del metal a través pues no estaba consciente de su carencia de pantalones. Haciendo cuentas mentales se preguntaba si podía sufragar el costo de un plomero de esos grandes anuncios cuando el teléfono sonó estremeciendo su ser contra la estufa. Tuvo la imagen de su esposa acusando desde el teléfono recién despierto y contestó presuroso esperando escuchar su voz demandante en espera de explicaciones -cualesquiera-, sintió alivio y curiosidad al escuchar que no se trataba de ella.
-¿Cuál es el trabajo- dijo la voz al otro lado de la línea.
“Debe tratarse del plomero” pensó y tuvo una ligera sensación de esperanza.
-Mire, mi esposa está a punto de llegar y eso es un problema para mí…
-No diga más, tengo su teléfono y no necesita volver a llamar. Hecho el trabajo le haré saber el costo.
El interlocutor colgó. No era un anciano y estaba seguro que no se trataba de un plomero. Recordó la advertencia de no volver a llamar, pero estaba más preocupado sobre la clase de trabajo que recién había contratado, de modo que venciendo sus débiles impulsos tomó el auricular y llamó nuevamente. Como en la anterior ocasión no tuvo respuesta. Consideró repetir la rutina de encender el cigarro y fumarlo junto a las estufa -cosa que al final hizo- como un medio oscurantista de invocar una presencia maligna, pero el teléfono no volvió a sonar como esperaba. Debía ser un error, una broma de gente ociosa, se consolaba cuando notó la frialdad de sus rodillas. “Sí, eso debe ser” se convenció y fue en busca de un pantalón que le protegía la vergüenza del frío y de sus piernas desnudas. Se recostó en el sillón y sin notarlo siquiera cayó dormido.
Por la noche estaba preocupado. Su esposa aún no llegaba y no tenía modo de saber dónde estaba porque ella no estaba acostumbrada a explicar sus salidas, aunque suponía que fue en busca de sus amigas, “esas víboras”, pensó, era inusual que llegase tan tarde pues entre ellas no se toleraban tanto tiempo. Al llegar la media noche no tuvo más remedio que llamar a la policía. Los agentes llegaron una hora después. Preguntaron detalles acerca de la relación entre ellos dejando claro que era sospechoso de la desaparición que él mismo había reportado. No mintió, de hecho, tuvo un desahogo verbal que los detectives escuchaban casi divertidos pero cada vez más convencidos de que el hombre tenía algo que ver en aquél asunto. Un detective, uno de ellos que había evitado hablar con el hombre, rondaba por cada rincón del departamento. Vio la tubería rota, el agua sucia sobre el piso sucios, los pantalones aún húmedos en el bote ropa sucia, restos de ceniza de un par de cigarros junto a la estufa. Vio también la caja de herramientas y en su interior la llave que había dio usada una única vez. Miró la guía telefónica junto al aparato, miró el costado de la guía y detectó que una de ellas tenía una forma irregular, curvas en el papel causadas por humedad. Al encontrar la página notó que se trataba de la sección de servicios generales y más específicamente la sección de plomeros. Pidió el arresto inmediato del hombre aconsejando no le dijeran el motivo. Al llevarse al confundido esposo, el detective arrancó la página de la guía telefónica, aquella que tenía un anuncio de un modesto plomero que firmaba el anuncio con tres cruces al final.