Envejezcamos juntos

Despierto y no te veo a mi lado, te busco, preocupado, levantando mi cabeza. Te encuentro contemplándote frente al espejo, estudiando tu figura, te observas de perfil, haces un pequeño esfuerzo para lucir tu estomago plano, tomas tus pechos entre tus manos y los devuelves a la altura donde estuvieron hace ya mas de 20 años. Observas atenta. Bajas tus manos y las posas sobre tus caderas, pareciera que algo no te convence. Con la ayuda de dos dedos en cada mano, empujas tus nalgas hacia arriba por encima de tu camisón. Estoy entretenido, me gusta ver el estudio que haces de tu reflejo, me acomodo en la cama para seguir disfrutando de ese hermoso y minucioso examen al que has sometido a tu cuerpo. La prueba que hiciste a tus nalgas ha dejado un rictus de preocupación en tus labios. Ahora subes tus brazos. Vas a comprobar cuanta carne cuelga de ellos, pruebas su elasticidad, te resignas. Descubres que he estado observándote mientras analizas tu brazo izquierdo, volteas hacia mi y me sonríes. Sopesas de nuevo tus pechos y me preguntas — ¿Crees que deba operarlas? — Te devuelvo la sonrisa y te hago señas para que regreses a mi lado en la cama. Extraño tu calor junto a mi. — No tiene caso, mujer — te explico. Te recuestas a mi lado. — Somos viejos ya, ¿qué caso tiene llenar de silicona tu cuerpo, si nuestras almas son jóvenes aún? — Sonríes y crees que estoy diciendo cursilerías. Aún así, prosigo con mi diálogo. — Te he visto joven y hermosa, desnuda al amanecer y vestida de gala para una fiesta nocturna. Te he visto pálida y enferma, he tenido el dolor de verte con fiebre y con ese tono azul en los labios que deja una infección. Te he visto despeinada justo después de levantarte y con ojeras después de una noche de desvelo. Se como eres con tu cara lavada y descubrí como transformas ligeramente tu rostro con el maquillaje que usas. He visto cada una de las arrugas que han venido para quedarse en tu cara, en mi cara, en nuestros cuerpos. Mi amor por ti ya no nace de la física adicción de mi cuerpo por el tuyo, mi amor pasó al profundo anhelo de tu compañía diaria, mi adicción ahora es el perfume natural de tu cuerpo y esa sonrisa que me brindas cuando te hago un cumplido. Me he acostumbrado a ti. Me encanta ver los tonos negro y plata en tu ondulada y larga cabellera. Tu piel morena me sigue excitando. Amo cuando trenzas tu cabello. Me gusta contemplarte cuando callas mientras piensas y eso, eso es lo que me mantiene atado a ti. ¡Vamos mujer, no pienses mas en la elasticidad que pierde tu cuerpo a diario. Bésame y envejezcamos juntos! — Te pegas a mi cuerpo y besas mi cara con tus labios húmedos por una lágrima.