Manual de Facebook para jovencitas.

mort
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Nov 6, 2014 · 10 min read

  • Cuando percibimos su naturaleza polimórfica y adaptativa, su capacidad, o más bien, finalidad, de servirnos contenidos distintos en función de distintas variables de nuestro comportamiento, del de otros usuarios, o simplemente de intereses del fabricante. Esta realidad quedó expuesta de forma abrupta cuando, en agosto de 2014, llegó a los medios la noticia de que Facebook había realizado un experimento de contagio de emociones manipulando la frecuencia de aparición de posts con determinada carga emocional para comprobar si afectaba a su vez a las emociones expresadas por los receptores de los posts (conclusión del experimento: sí afecta significativamente). La confusión aparente en la reacción de comunicación de Facebook es muy significativa: “Por supuesto que alteramos nuestro algoritmo y evaluamos las respuestas a los cambios, ¡lo hacemos todo el rato!”.
  • Cuando comparamos los resultados de dos algoritmos aplicados en el mismo contexto. Una perspectiva “ingenua” sobre redes sociales generalistas nos haría esperar que los temas de conversación estrella en un momento dado sean, hasta cierto punto, similares para gente que comparte una misma realidad histórica e informativa. Esta noción, sin embargo, falla en el momento en que la red social no está interesada en representar fielmente el marco de referencia común (“lo que pasa en el mundo”), sino que usa sus algoritmos de curación para construir una realidad propia. El comparar las “realidades” imperantes para agosto de 2014 (en la esfera anglosajona) en Twitter y Facebook permitía comprobar que mientras en el primero se hablaba de Ferguson, en el segundo la discusión estaba dominada por el “Ice Bucket Challenge”. Dos algoritmos distintos, dos realidades, dos construcciones con la capacidad de influir muy claramente en la conciencia política del consumidor.
  • Cuando jugamos, o dejemos que jueguen por nosotros, con el algoritmo, para comprobar la ductilidad de ese material invisible que da forma a nuestra experiencia. Los periodistas tecnológicos, siempre mojando los pies en la antropología militante y de guerrilla, toman el papel de Truman Burbank descubriendo por experimentación las reglas no escritas de su mundo guionizado. Para un periodista interesado en pegar puntapiés en la goma algorítmica a ver cómo se deforma, esto se convierte en intentar hacer un post lo más relevante posible, movilizando a tus amigos; pasarse horas haciendo scroll en la “home page” de Facebook y observando los cambios en la información que se presenta conforme se pide más y más al algoritmo; o ponerse a darle “like” a todo durante días, alterando conscientemente las señales que se le dan al algoritmo y describiendo las distorsiones que se producen en los muros propios y cómo éstas empiezan a propagarse a los de los amigos. En definitiva, Truman llegando con su barco al fin del mundo y topando con el muro de madera que revela el andamiaje tras la construcción.

  1. Una hipótesis atencional que dice que toda labor de curación es también una labor de destrucción. Algunos de los componentes del pool inicial van a ser perjudicados, bien por exclusión directa o bien porque su baja priorización contribuirá a quedar fuera de la atención de los consumidores. Es el efecto de la segunda página de resultados de Google que, como reza el dicho, es el lugar más seguro para esconder un cadáver. La focalización de la atención deja un espacio negativo, un “páramo atencional” donde el fabricante del algoritmo destierra contenidos a su antojo.
  2. Una hipótesis social que dice que no estamos culturalmente maduros para integrar en nuestra visión del mundo una participación omnipresente y activa de los actores algorítmicos. Somos víctimas del sesgo algorítmico, de la creencia que los procesos computacionales son objetivos, desinteresados.



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    ¡Tengo la cabeza muy grande y los brazos muy cortos!

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