Manual de Facebook para jovencitas.

Sesgos algorítmicos, algoritmos sesgados, y una aproximación ontológica a los muros de Facebook

En algunas urls de Amazon, las de gestión de Kindle, aparece una palabra: “Fiona”. Éste fue el primer nombre clave para el desarrollo de lo que luego se llamaría Kindle. Fiona es el nombre de una de las protagonistas de la novela de ciencia ficción “The Diamond Age: Or, A Young Lady’s Illustrated Primer”, en español “La Era del Diamante: manual ilustrado para jovencitas”, de Neal Stephenson. Fiona, como otras niñas en la novela, se educa a través del “Manual Ilustrado”, un libro educativo inteligente, interactivo y, lo más importante, con capacidad para reconocer a su lector y adaptar sus contenidos a él. Libro y lector crecen juntos. Pero hay otro factor importante, el libro está creado para dirigir intelectualmente al lector hacia una “vida más interesante”. Es un aprendizaje construido hacia un fin, y armado ideológicamente.

Aunque estamos lejos del software educativo con capacidades adaptativas e interactivas como el propuesto en “The Diamond Age”, empieza a haber experimentos en ese sentido. La BBC está ensayando con una serie de técnicas en TV y audio a las que llama “perceptive media”, para adaptar los contenidos audiovisuales a las características personales del espectador en tiempo real. Por su parte, el proyecto OLPC (One Laptop per Child) tiene su propio software educativo reactivo, llamado “Nell” por otra de las protagonistas de “The Diamond Age”.

Sin embargo, hay otro tipo de software reactivo presente en nuestra vida cotidiana de una forma masiva: los algoritmos de curación. Si bien aparentemente más mundano y menos trascendente, está centrado, al igual que los experimentos mencionados, en atraer nuestra atención y dirigir nuestros aprendizajes.

Aunque seguramente exista una definición más rigurosa, para los propósitos de este artículo me refiero a los procesos algorítmicos diseñados para mostrar, filtrar, clasificar y priorizar contenidos, es decir, orientados a seleccionar y escoger, de entre un gran número de elementos disponibles, cuáles van a formar parte de un determinado output.

Hay ejemplos de algoritmos de curación en todos los ámbitos de nuestro consumo digital cotidiano: de búsqueda, como el PageRank sobre el que se construyó Google; de selección editorial de de noticias como Google News; de recomendación, como el de Netflix; de publicación científica (Mendeley) o incluso redacción de contenidos (Narrative Science, por ejemplo, provee a Forbes con noticias redactadas algorítmicamente a partir de fuentes de datos).

De toda esta plétora de ámbitos mediados algorítmicamente, este artículo pretende hablar específicamente sobre los algoritmos de curación en redes sociales, porque estas redes modelan hoy muchos de nuestros procesos de comunicación digital, y encarnan la metáfora de esa plaza pública donde nos encontramos con los demás, donde exponemos contenidos a nuestro público y somos público para otros. Pero, a medida que nuestra actividad en las redes sociales pasa cada vez más por el tamiz de los algoritmos de curación, nos encontramos con una clara desconexión experiencial, cultural y cognitiva entre las características “arquitectónicas” de esas plazas y nuestras expectativas como consumidores.

Los algoritmos de curación están proliferando por dos razones principales en las redes sociales, una endógena y otra exógena respecto a su función principal de agregación de contenidos e interacciones digitales. La endógena es que realmente existe una gigantesca proliferación de estos contenidos y que el mostrar estos sin ningún tipo de procesado plantea desafíos, y puede ir en detrimento de una experiencia de usuario óptima. “Cada vez que alguien carga Facebook hay 1.500 posibles noticias de amigos que enseñarle”, dicen ellos. Esta razón justifica el filtrado y selección de contenidos más relevantes, ante la imposibilidad de mostrarlos todos.

Junto a esto, existe una razón exógena, marcada por el modelo de negocio predominante en las redes sociales y que, a día de hoy, se basa casi por completo en la impresión publicitaria. En el modelo en que todo es gratis para el usuario y los costes se trasladan a los anunciantes, los algoritmos de curación son un instrumento de captación y gestión de la atención. La conocida frase dice “si no pagas por ello, tú eres el producto” pero, hablando con propiedad, el producto es tu atención, porque es la que garantiza la efectividad publicitaria. Si no pagas por ello, tu atención es el producto. Y los algoritmos de filtrado son los instrumentos de manipulación de la atención a disposición de la red social.

La confluencia de estas dos razones, la naturaleza y el volumen mismo de los contenidos y la lógica de los modelos de negocio, explican que las redes sociales adopten de forma generalizada algoritmos de selección, filtrado y priorización para la presentación de sus contenidos. Para las pocas que no los han implantado aún, como Twitter, parezca solo cuestión de tiempo. Sin embargo, existe el problema de que nuestra percepción de la existencia y características de estos algoritmos, así como de hasta qué punto afectan a nuestra construcción de la realidad, no está madurando a la misma velocidad, ni como consumidores ni como diseñadores.


Hablemos del algoritmo de curación social más popular y con el que nos relacionamos más a menudo: el de generación del News Feed de Facebook. Este algoritmo tiene como fin mostrar contenido de “alta calidad” mediante el uso de sistemas de “machine learning” (aprendizaje automático) que toman como fuente varios (muchos) heurísticos sobre el interés y relevancia de todos los contenidos posibles para hacer “emerger” en nuestro feed aquellos que nos resulten más “interesantes”.

El News Feed, como la mayoría de algoritmos de curación, es normalmente invisible, o al menos elegantemente discreto, y sus manipulaciones y efectos no pueden ser visualizados directamente (y se puede intuir que esta dificultad en su percepción está en el interés del fabricante del algoritmo), pero hay cuatro momentos clave en los que sale a la luz y puede ser examinado con más facilidad:

  • Cuando se nos comunica que ha sido modificado editorialmente, es decir cuando el propio fabricante nos habla de él como parte de su estrategia de comunicación. En el ejemplo de los “titulares cebo” (agosto de 2014) vemos cómo el algoritmo, y su capacidad de ser alterado a voluntad para eliminar contenido considerado indeseable, se publicita como ventaja competitiva.
  • Cuando percibimos su naturaleza polimórfica y adaptativa, su capacidad, o más bien, finalidad, de servirnos contenidos distintos en función de distintas variables de nuestro comportamiento, del de otros usuarios, o simplemente de intereses del fabricante. Esta realidad quedó expuesta de forma abrupta cuando, en agosto de 2014, llegó a los medios la noticia de que Facebook había realizado un experimento de contagio de emociones manipulando la frecuencia de aparición de posts con determinada carga emocional para comprobar si afectaba a su vez a las emociones expresadas por los receptores de los posts (conclusión del experimento: sí afecta significativamente). La confusión aparente en la reacción de comunicación de Facebook es muy significativa: “Por supuesto que alteramos nuestro algoritmo y evaluamos las respuestas a los cambios, ¡lo hacemos todo el rato!”.
  • Cuando comparamos los resultados de dos algoritmos aplicados en el mismo contexto. Una perspectiva “ingenua” sobre redes sociales generalistas nos haría esperar que los temas de conversación estrella en un momento dado sean, hasta cierto punto, similares para gente que comparte una misma realidad histórica e informativa. Esta noción, sin embargo, falla en el momento en que la red social no está interesada en representar fielmente el marco de referencia común (“lo que pasa en el mundo”), sino que usa sus algoritmos de curación para construir una realidad propia. El comparar las “realidades” imperantes para agosto de 2014 (en la esfera anglosajona) en Twitter y Facebook permitía comprobar que mientras en el primero se hablaba de Ferguson, en el segundo la discusión estaba dominada por el “Ice Bucket Challenge”. Dos algoritmos distintos, dos realidades, dos construcciones con la capacidad de influir muy claramente en la conciencia política del consumidor.
  • Cuando jugamos, o dejemos que jueguen por nosotros, con el algoritmo, para comprobar la ductilidad de ese material invisible que da forma a nuestra experiencia. Los periodistas tecnológicos, siempre mojando los pies en la antropología militante y de guerrilla, toman el papel de Truman Burbank descubriendo por experimentación las reglas no escritas de su mundo guionizado. Para un periodista interesado en pegar puntapiés en la goma algorítmica a ver cómo se deforma, esto se convierte en intentar hacer un post lo más relevante posible, movilizando a tus amigos; pasarse horas haciendo scroll en la “home page” de Facebook y observando los cambios en la información que se presenta conforme se pide más y más al algoritmo; o ponerse a darle “like” a todo durante días, alterando conscientemente las señales que se le dan al algoritmo y describiendo las distorsiones que se producen en los muros propios y cómo éstas empiezan a propagarse a los de los amigos. En definitiva, Truman llegando con su barco al fin del mundo y topando con el muro de madera que revela el andamiaje tras la construcción.

Una vez establecida la presencia constante del algoritmo como mediador, y las ocasiones en que esta presencia se nos hace manifiesta, voy a proponer tres hipótesis.

  1. Una hipótesis empresarial que dice que Facebook no está en el negocio de contar la realidad sin distorsión, de representar de forma fiel las actividades de tu grafo social, sino en el negocio de mostrar éstas de una forma que maximice tu interés sobre las publicaciones que aparecen en tu pantalla, lo que a su vez aumenta la exposición a los anuncios que te muestra y los datos sobre ti que pueden ser de interés a los anunciantes. Una red social curada algorítmicamente no pone en contacto a sus nodos directamente, sino que agrega los contenidos de los nodos para construir las narrativas que más contribuyan a sus métricas objetivo. Los algoritmos de curación son narradores no fiables sujetos a sus propias lógicas corporativas.
  2. Una hipótesis atencional que dice que toda labor de curación es también una labor de destrucción. Algunos de los componentes del pool inicial van a ser perjudicados, bien por exclusión directa o bien porque su baja priorización contribuirá a quedar fuera de la atención de los consumidores. Es el efecto de la segunda página de resultados de Google que, como reza el dicho, es el lugar más seguro para esconder un cadáver. La focalización de la atención deja un espacio negativo, un “páramo atencional” donde el fabricante del algoritmo destierra contenidos a su antojo.
  3. Una hipótesis social que dice que no estamos culturalmente maduros para integrar en nuestra visión del mundo una participación omnipresente y activa de los actores algorítmicos. Somos víctimas del sesgo algorítmico, de la creencia que los procesos computacionales son objetivos, desinteresados.

En la construcción de la realidad que hacemos a través de las redes sociales no estamos solos con nuestros iguales, contactos, amigos. Hay un elemento de mediación constante inodoro e insaboro, pero que permea todas nuestras interacciones. Es una mediación evolutiva, que aprende de nosotros; polimórfica, que es capaz de cambiar instantáneamente para ofrecernos cosas distintas en cada momento, y, en condiciones normales, invisible o al menos construida para pasar desapercibida.

La construcción resultante de una configuración algorítmica en un momento preciso es, además, expresamente política, en el sentido de que afecta y configura nuestra relación con nuestro entorno, con la polis. Tienen un efecto potencialmente muy pronunciado sobre cómo entendemos y nos relacionamos con nuestras circunstancias sociales, económicas y culturales.

Lo que se está fabricando no son ya narrativas, sino contadores de historias, generadores de nuestras propias memorias y percepciones individuales y colectivas. Las redes sociales no ofrecen una experiencia representativa sino performativa, y los consumidores somos los que menos control tenemos sobre esto. En el mejor de los casos, se valora nuestra atención porque ésta es el producto que se comercializa en la relación económica primaria, aquella entre creador de la red social y comprador de publicidad, ofertante y demandante de materia prima atencional, respectivamente.

En esta plaza pública, el urbanista está reorganizando el mobiliario a cada segundo, cambiando los caminos, transplantando los árboles, haciendo que pasemos por ciertos puntos y no por otros, que nos encontremos con cierta gente y no con otra. Está moldeando nuestra experiencia de la plaza para que encaje en moldes determinados. Su interés principal no es nuestro disfrute, ni que nos enteremos mejor de la vida de nuestros vecinos, sino que tengamos la máxima exposición posible a las vallas publicitarias que hay colocadas y, al mismo tiempo, nos enganche lo más posible a pasar más tiempo en la plaza y a repetir la visita con frecuencia.

En nuestro interés y como obligación cívica como consumidores está lograr una comprensión suficiente sobre la presencia y naturaleza de estos filtros. Tenemos la necesidad de entender que vemos los objetos sociales a través de prismas, no de cristales transparentes. Son espejos mágicos que eligen qué contarnos de acuerdo a designios que no son los nuestros. Lo que se nos proporciona en cada recarga de página son piezas engarzadas en narrativas generadas por cuentacuentos computacionales que responden a lógicas corporativas.


Como diseñadores, tenemos la responsabilidad de entender las cualidades, affordances y sesgos de los nuevos materiales algorítmico, para ofrecer productos honestos y equilibrar de forma ética, transparente y eficiente las necesidades de los interlocutores, reconociendo que el interés corporativo es un interlocutor más y muchas veces el principal. Debemos decidir si las disciplinas existentes en el diseño son suficientes para integrar este tipo de decisiones, o si debemos crear nuevas disciplinas dedicadas a estudiar la concepción, implantación y consecuencias de los filtros algorítmicos. Debemos crear el vocabulario que nos permita entender y comunicar riesgos, características y beneficios. Debemos, en fin, reflexionar sobre todos los pasos necesarios para una asimilación metodológica adecuada de los algoritmos de curación en las prácticas profesionales del diseño.

Como consumidores, tenemos la responsabilidad de integrar lo más rápidamente posible en nuestro discurso cotidiano, en nuestra cosmovisión, la idea de que las corporaciones que proporcionan las infraestructuras digitales sobre las que nos relacionamos, integran en ellos de forma estructural algoritmos que pueden cambiar drásticamente nuestra percepción de nuestros entornos y narrativas cotidianas, creando o amplificando sesgos con fines que, de forma primaria o secundaria, están encaminados a una mejora del beneficio empresarial, y definiendo colectiva e individualmente los límites de lo aceptable en esta conversación a tres bandas. De la misma forma que la progresiva sofisticación de los procesos de fabricación industrial corre pareja a la historia de las leyes de protección del consumidor, la sofisticación de los procesos de fabricación digital debe hacer que estos derechos del consumidor se amplíen a las relación con entornos virtuales regidos por leyes de enorme complejidad computacional.


Los contenidos del “Manual Ilustrado Para Jovencitas” están diseñados para guiar a sus receptoras hacia una “vida más interesante” según los preceptos designados por otros, pero conforme ellas crecen y aprenden con el libro, la propia educación recibida les otorga la capacidad del pensamiento crítico y de subvertir los principios fundacionales de su sociedad. De la misma forma, los ciudadanos de una cultura digital mediada por algoritmos de curación debemos desarrollar las herramientas de higiene cultural necesarias para reclamar la agencia perdida en la construcción conjunta y en la memoria de nuestras propias vidas.