El filo de navaja
Cuento
Cervezas, amigos, buena comida, mujeres… ¿Qué otra cosa podía pedirle al mundo? Lo tenía todo; bueno, casi todo. Recuerdo con nostalgia y decepción las tardes en el bar del centro. Digo nostalgia porque en aquel hermoso y bohemio lugar me pegué las mejores borracheras de mi vida –ni se imaginan todo lo que viví ahí–. Aún puedo saborear la espuma de la cerveza, el dulce amargo de la cebada: un mundo maravilloso inundado por el dorado elixir de la vida… Seguro se preguntarán ¿Cómo puede sentirse decepcionado con recuerdos tan increíbles? Como les decía, lo tenía casi todo, pero me faltaba amor: encontrarlo fue mi suerte y mi maldición: en aquel lugar la conocí. Lo más hermoso que mis ojos han visto. Sería imposible intentar describirla sin usar esos cursis clichés romanticones, tan típicos del estúpido amor idealizado. Y aunque ahora sea ella quien está a punto de hacerme desaparecer… No ella exactamente, sino un maldito infeliz al que no conozco, pero es ella quien dio la orden.
¡Maldita sea, que hermosa es! Recuerdo sus labios en mí, el olor de su cuerpo, incluso en este momento disfruto de su aroma. Tiene ese encanto que hipnotiza y ni qué decir de sus piernas; casi puedo saborearlas, tal como la espuma de la cerveza que siempre se pega en mi labio superior.
Su olor penetrante quedo tatuado en mí: era imposible no caer en sus garras.
Al principio me amaba tanto como yo la amaba a ella: todo era sonrisas. El simple roce de mi ser le provocaba cosquillas; su cuello, su espalda; todo su cuerpo era completamente sensible a mí. Como les digo, al principio eso le encantaba. Hubieran escuchado su sonrisa… Luego empezó la indiferencia y el rechazo. Que supuestamente yo, era una molestia para ella; que olía mal. Incluso llegó a decirme que le daba asco besarme: las cosquillas se transformaron en escozor.
Sin embargo, yo, como gran pendejo, me quedé junto a ella aguantando sus insultos.
Hasta me cambie el look. Eso tranquilizó en algo su repulsión hacia mí, pero al final, poco le importó mi esfuerzo.
Con mis ojos vendados me trajo a este lugar. Aún no sé dónde estoy. Cuando me sacaron la venda logré ver frente a mí una gran navaja afilada: sentía que el brillo de su filo me cortaba sin tocarme. Seguramente puso algo en mi desayuno antes de venir porque no pude moverme. Sentía que gritaba, pero nadie me escuchaba. Ni siquiera pude mirar a mi alrededor, sólo vi la maldita navaja frente a mí. Luego, el maldito desconocido, se acercó y empuño la navaja.
Tuve mucho miedo cuando el brilloso filo se acercó, lentamente. Sentía como cada centímetro de mí, se erizaba. Temblaba, les juro que temblaba cuando vi su distorsionada cara. Ese maldito rostro que reflejaba el placer sádico que le provocaría tajarme de un solo golpe hasta hacerme desaparecer.
No pude pensar en nada, tampoco logré reaccionar: mi única opción fue sentir.
El primer contacto desgajo partes de mí. Partes que vi caer al suelo mientras lo escuchaba reír a carcajadas burlándose del dolor que me provocaba. Y la maldita también sonrió. La escuche decirme que lo hacía por amor. Pobre hija de puta, pensé. Tanto la amaba y me paga de esta manera. Partes de mí seguían cayendo, como finas rebanadas, al piso donde la mitad de mí ser descansaba. La escena era repulsiva porque, aunque estaba incompleto, seguía consciente de todo lo que me hacían y veía como el piso abrazaba las partes de lo que un día fui.
Al final no soporté más el dolor y me desvanecí. Desde el piso pude volver a verla. Sonreía con sus brillantes ojos y decía “por fin me deshice de esta asquerosidad”. ¡Maldita infeliz!, nunca debí fijarme en ti.
– Listo amiga. Oiga, ha sido verdad, quedó más joven.
– Estás hermoso amor. Sin ese bigote asqueroso te ves mejor.
