Tráfico

11 de junio. Las 9:00 am. En punto. El desespero corría libre por la sabana que era mi cuerpo. La furia también. Pensaba en Michael Douglas, quería ponerme los lentes, tomar la Uzi o la Ingram MAC 10 para descargarla en la humanidad de varias personas que sentía me estaban haciendo perder el tiempo. Necesitaba llegar a mi destino lo antes posible porque tenía que estar a una hora específica. Tenía un compromiso. Uno ineludible, por demás.

La noche anterior no cené. Por lo que cuando llegué al terminal, solo me comí un pastel de queso y espinaca con un jugo de naranja. Uno solo porque ambas cosas cubrían casi la mitad del efectivo que cargaba en la cartera. Así que engullí el pastelito y bajé al área de espera de los buses. Había supuesto que a esa hora de la mañana no habría tantas personas esperando. Supuse mal. La única cola que había, era justo la del destino al que iba porque Dios nos odia.

Estaba el autobús cargando, así que la línea de personas fue avanzando rápidamente, sin embargo, se detuvo cuando faltaban unas 10 personas para que yo llegara al área de abordaje. Se había llenado por lo que debía esperar a que cobraran, anotaran y por fin salieran, haciendo que llegara el próximo bus donde por fin me montaría. Pero no. Se tardaron horas en cobrar, y al cabo de un rato, podía ver a una imbécil contando los billetes recibidos en la parte delantera del vehículo.

Pasaban los minutos y fue allí cuando comencé a sentirme como Michael Douglas en el filme de 1993 ya mencionado. Veía el reloj en el celular cada 10 segundos. Sentía que pasaban horas y yo seguía en el mismo sitio esperando el mismo autobús. Hasta que por fin, salió. Pero el otro ahora tardaba en llegar. Joder, ¿por qué me haces esto Murphy? ¿Qué te hizo la humanidad? ¡Diablos!

Después de lo que sentí que fueron días, llegó el siguiente bus y procedimos a montarnos. El reloj marcaba las 9:14 am, cuando abordé y me senté. Procedí a avisar a la persona que me esperaba en mi destino. Debido a la larga fila de personas, se llenaron los asientos rápidamente lo que aceleró el cobro. Al fin algo positivo. Mientras cobraban, iban anotando en el listín del “seguro de vida”. Genial, se les activó la inteligencia. A las 9:35 am, el motor comenzaba su marcha hacia la salida de los andenes.

La autopista vacía en casi su totalidad, el autobús viajaba con buena velocidad. Suficiente para que yo respirara con tranquilidad y comenzara a calcular la hora en que llegaría por fin a mi esperado destino. Pasábamos los vehículos con celeridad mientras yo abría el epub del libro de Stephen King que ando leyendo por segunda vez, en esta ocasión en su idioma original. Lo siento Rey, en este país se vive de la piratería.

Habrían pasado 40 minutos de marcha continua, cuando noté que nos habíamos detenido. Sí, estaba absorto en la lectura por lo que al darme cuenta de que no nos movíamos subí bruscamente el cuello buscando visibilidad en la ventana. La visión me aterró como el mejor libro del autor anteriormente nombrado sueña en lograr. Una larga fila de vehículos se vislumbraba a lo largo de lo que me permitía mi visión periférica. Maldije mi suerte.

Abrí mi twitter en búsqueda de respuestas. Necesitaba saber urgentemente la causa de este embotellamiento y cuando conseguí lo que buscaba casi sufro un infarto: una protesta. Habían trancado de lado y lado la autopista. Sentía la furia llenar mis venas y arterias. Mi visión se tornó roja y de pronto me separé de mi cuerpo. Todo esto se traduce en que repartí insultos mentalmente hasta al último de los que allí detenían el tráfico y con él, mi vida.

Pasaron los minutos y así, las horas. Seguíamos en el mismo sitio. Aparté por millonésima vez la cortina y veía la gente fuera de sus vehículos, conversando entre sí como es costumbre en cualquier país, en especial el nuestro donde no es muy común ese gen de la timidez. Vimos al conductor y a su sidekick inseparable, el colector, bajarse de la unidad y unirse al cada vez mayor público en la autopista. Minutos después, subió uno de ellos a apagar el motor y con él, el aire acondicionado. Con eso, muchos pasajeros salieron disparados.

Terminé uniéndome pues mi batería murió. Bajé y comencé a hablar con la primera persona que me encontré. Nos integramos a otro pequeño grupo cercano y entre todos compartimos el hastío de la espera. Las horas pasaron y nada se movía. La desesperación crecía y crecía. Las caras pasaron de reflejar fastidio a reflejar temor y angustia. La noche se acercaba y seguíamos en el mismo punto. Nadie entendía por qué. Un grupo se organizó y caminaron hacia donde se suponía estaba la protesta. Sin embargo, al regresar manifestaron no haber encontrado nada.

Pasaron los días y allí seguíamos. Grupos iban y venían buscando el origen del embotellamiento tan brutal pero nadie conseguía nada. Tuvimos que organizarnos como una comunidad auto sostenida. Todo aquel que llevaba alimentos en su vehículo o maletas lo entregó para ser reunido, contabilizado y repartido. Los vehículos al ser la única fuente de energía eléctrica, pasaban el día hasta bien entrada la noche para no acabar las baterías tan rápidamente. Sin embargo, los tanques de gasolina y las mismas baterías pronto se vieron vacíos y agotados.

Caímos en un estado de anarquía. Luego de acabados los recursos con los que contábamos a la mano, nuestra naturaleza humana cuasi animal salió a relucir. Nunca faltó el que quiso pasar los límites por lo que algunas turbas se encargaron de ellos. Sin embargo, cada quien velaba por lo suyo. Todos aprendimos a cazar, a recolectar alimentos de los árboles cercanos, incluso algunos descubrieron a pescar en un lago cercano a la autopista. Sapos, culebras, ratas y demás alimañas estaban a la orden del día.

La ropa se lavaba cada 5 días, aunque sin jabón artificial. Descubrimos plantas que, en conjunto con grasa vegetal producía el mismo efecto del jabón. Muchas mujeres se dedicaron a este rubro, mientras otras cazaban y recolectaban igual que los hombres. Aprendimos a conocer nuestro entorno y a reconocer cualquier peligro que se avecinara. A pesar de las dificultades, con el paso del tiempo, reconocimos que juntos podemos lograr más.

Después de unos 6 años, las cornetas comenzaron a sonar. Comenzaron a moverse los vehículos a la distancia y así, terminaba nuestro cautiverio. Los autos nos pasaban a los lados viendo con expresiones de extrañeza y muecas de no entender lo que nos sucedía. Pronto la autopista se aclaró y tuvimos que quitarnos de la vía pues el tráfico se restablecía con normalidad. Nos vimos las caras los unos a los otros y comenzamos a abordar de nuevo el autobús. Saqué el celular de mi bolsillo, activé la pantalla al pulsar una tecla: 11 de junio. 1:09 pm.

¿Y ahora qué hacemos? ¿Arrancamos? ¿Nos vamos?

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