El libro de los tres meses

Generalmente leer un libro no me toma más de siete días, y esto, cuando estoy en mis días bajos, pues mi verdadera marca no rebasa las setenta y dos horas cuando el título en cuestión no rebasa las 350 páginas, sin embargo, últimamente he tenido días bajos, y en esta ocasión he roto mi propia marca de días bajos: tres meses para terminar de leer un libro de apenas 222 páginas.

Tratándose de Camus, esto me resulta bochornoso en cierto grado, autor con el que me vanaglorio para mis adentros de admirar tanto. Pero la vergüenza viene a menos cuando caigo en cuenta que llevar la suma de los días y conjuntarlos es una práctica tan insustancial como enfermiza, e inevitable.

Camus lleva muerto más de cincuenta años, y todo lo que haya dicho y yo pueda saber, está ahí impreso y sus palabras no irán a ninguna parte, así que menospreciando la urgencia descubría su libro en cada rincón de mi departamento, olvidado de haberlo dejado ahí, prometiendo terminarlo al encuentro siguiente.

Iniciado a mediados de julio, las historias que Camus tenía para ofrecerme se fueron desarrollando como renglones diminutos y apenas perceptibles entre las líneas de las que constaron mis días. Siendo honesto, casi no recuerdo de qué trataron las historias contenidas en sus cuentos, y siendo completamente franco, aceptaré que apenas y presté atención. Pero de igual forma, entendiera o no la intención del autor, los escenarios y los personajes se fueron descubriendo al paso de mi vista sobre sus líneas y desaparecían una vez pasada la página, ya bien reapareciendo en la siguiente o sencillamente ya no volví a saber más.

En estos meses he intentado mantener la vista sobre la misma página, realmente, más que una analogía hablo en sentido literal. En mi afán por entender cabalmente tardo más de lo debido releyendo la misma frase, me declaro más un observador que un lector empedernido. Los demás comprenden con mayor facilidad o simplemente tienen prisa, pasan la página sobre la que yo tengo el dedo puesto, y se llevan jirones, dejándome un retazo de líneas sin terminar.

Poseedor ahora de tantos retazos, no puedo más que sacar conclusiones a medias porque también hay jirones enrollados que me impiden releer las líneas a las que me he aferrado. Referirse a los días cómo páginas me parece una exageración, y ya no digamos a la vida como un libro, eso ya es ir demasiado lejos.

Mi abuela vivió 87 años, y lleva muerta 534 días. Si mi vida representara esos días que han pasado con una página cada uno de ellos, habrían tantos espacios en blanco y otros tantos repletos de absurdos. No, los días apenas y son trozos, una insignificancia, algo que ni nos tomamos la molestia en comprender porque después de todo quedan tantos por delante. Días repletos de personas que han de llegar y otras que habrán de marcharse, y entonces iniciaré una nueva cuenta, a la par de las que están en marcha. Días insustanciales que se acumulan y desbordan en una última vez o una primera. Es difícil no prestar atención cuando todo está tan al borde de la extinción, una permanencia tan precaria y nosotros leemos libros mientras todo ocurre.

¿Qué más podríamos hacer? No podemos evitarlo. Una vez tuve un extraño sentimiento y consistía en que siendo consciente del momento podría contenerlo, sin embargo, reafirmé que aún prestando atención a los detalles y a los minutos corriendo, la necesaria y obligada hora de asistir a otros instantes, a otros momentos con otros detalles; no deja de llegar.

En aquellos días de mis últimas dos despedidas significativas, leía a García Márquez, y después me encontraba leyendo a Calvino. Sus historias, contenidas y eternas, fueron punto de referencia para comprender la precariedad de los instantes. Esta vez me encontraba leyendo a Camus cuando ocurrieron estos días en los que tres personas lloraron recostadas en mi hombro derecho, y aunque esto tuvo lugar en menos de una semana, no puedo desligarlo de mis tres meses con Camus. Todas ellas se despedían de una época más que de un momento, y qué inoportuno habría sido decirles que de alguna forma, por siempre, vivirán atascados en esa época que termina, más bien con esa época aferrada a alguna de sus extremidades, pesando y haciéndose notar cada que se pregunten qué es eso que les sofoca a veces, aunque más que una pena creo que es un triunfo. No sé de qué manera tendrían que verlo cada una de ellas, pero es un triunfo, algo que culminó de alguna forma es un triunfo.

Los jirones, enrollados, se acumulan sobre mis retazos. Tengo menos dedos que días sin terminar pero me aferro a las líneas más antiguas. Acepto que los días más inconclusos y por ende los que resultan más sofocantes son mis favoritos. No están del todo perdidos, al contrario, tienen más para rescatar, pueden ser concluidos de tantas formas y aún así los mantengo sin ultimar.