Esa súbita euforia

Esa felicidad repentina, que no sabes de dónde viene, pero te invade en los momentos más inesperados. Se trata de una promesa fortuita que te asegura que lo bueno es lo siguiente. Y la escuchas en silencio, escuchas la promesa y entiendes que el momento actual no es eterno y viene algo más que te parece ideal para tu paz.

Es grácil. Porque realmente no existe, es sólo una sospecha agradable que te llega como conclusión a todas esas cavilaciones que alguien más que no eres tú maquila dentro de ti, alguien que existe y que ve tu día a día, que conoce tu sentir. Toma este conocimiento que posee de ti y trata de adivinar tu futuro, algo bueno, y cuando el análisis de tu historial de días vividos le dice algo lo comparte contigo. En cualquier momento.

Hace más de un año depositabas tus libros en cajas de cartón. Sin imaginarlo, al depositarlos ahí, estabas renunciando a todo lo que eres gracias a ellos, y que una semana atrás intentaste recuperarte de ese fondo. Donde permaneciste poco más de un año. Hiciste una especie de inventario con tus títulos y los amontonaste en pilas, de más grande a más chicos, y los delgados en una pila aparte. Cuando los depositaste en una caja esa vez primera no hacías un inventario; estabas huyendo y te mudarías pronto. Y en esta ocasión, cuando los rescatas y te rescatas a ti mismo de ese fondo las circunstancias son semejantes. Ya no huyes, pero te mudas. Nunca los sacaste de esas cajas porque no confiabas en tu permanencia y tus temores no erraron. Así que los sacaste para volverlos a meter, una especie de ritual que en cada mudanza has llevado a cabo. Poner tus libros en una caja. Acomodar los títulos por tamaño y por grosor, sentir que eso es suficiente para quitarte la idea de que siempre estás listo para irte y convencerte que no es así. Como si en verdad fueras alguien que permanece. La caja está casi llena y los libros encajan perfecto mientras los colocas dentro, eso es armonía. Entre tu renuncia y tu ida. Esa súbita euforia te invade entonces, con la promesa de que lo siguiente será bueno. Recuerdas que hay alguien esperando, o que un éxito es posible de entre todos tus anhelos, y eres feliz de repente. No importa lo demás porque lo siguiente es bueno, hay algo bueno esperando y sólo hay que atravesar estos días. Esa súbita euforia.

Conocerás a alguien, y luego ya no. Pero nunca dejarás de echar de menos ese momento antes de la fractura. Aquel presente interminable que se extiende por días y en el que habitan todas las oportunidades idealizadas. El plan de viajar y reencontrarse; el plan donde cada uno se vuelve indispensable para el otro; el plan en el que haces lo correcto y superas al fin el fallido plan anterior, que realmente nunca fue un plan. Tan sólo sucedió. Sigues adelante. La promesa fortuita vuelve a visitarte.

Estas promesas se consuman para luego corromperse. Crees con toda la fe con la que alguna vez creíste que lo corrompido era lo ideal, que ya no habrán más promesas fortuitas y que los mensajes enviados desde adentro por ese extraño que nos habita nunca más te llegarán. Y entonces alguien te dice lo siguiente es lo ideal, conocerás a alguien más y será la persona ideal, porque no importa qué ocurra, mientras esté contigo será lo que necesites. Y eso lo hará la persona correcta. Y no lo crees. Porque lo correcto es lo anterior, lo que ya no encaja o nunca encajó.

Vuelves a estar tranquilo y olvidas tus ansiedades. Vives conforme el día y actúas según tus obligaciones. La promesa no ha vuelto a anunciarse y tampoco la recuerdas. Eres feliz en la medida de lo posible, y lo posible es la costumbre con la que ya te has entendido.

Algo se rompe. La promesa se anuncia. Esa súbita euforia. No esperas a nadie aunque debes aceptar que todo este tiempo estuviste buscando. Consuelo quizá. Y el presente vuelve a extenderse hasta no alcanzar a ver su inicio ni su fin. Las palabras de aquel amigo se vuelven realidad. Es la persona ideal. Es la ideal. No tienes la certeza pero está ahí y te hace sentir bien otra vez. Y eso es suficiente para convertirla en la ideal. Porque era justo lo que necesitabas en medio de la nada en la que tú mismo te colocaste al depositar tus libros en una caja, tus películas en una caja, tus discos en una caja, al abandonar tus días de cine, la urgencia de consumar tus planes de carrera, tus encuentros frecuentes con amigos.

Y no sabía qué ocurriría, ni cuánto habría de durar, pero me hizo bien mientras tanto. Antes de hacerme mal como todo lo que fue lo ideal en el momento que lo necesité, para llevarme de vuelta un poco al otro lado, ese sitio al que pertenecí una vez.

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