
AMOR DE PADRE
Amo a mi mujer desde siempre. O desde casi siempre. Desde que empezamos a salir en el instituto. Seguramente desde antes pero como los hombres adolescentes estamos como estamos, tardé un poco en darme cuenta.
Amo a mi madre. Amo a mi padre. Y estoy orgulloso de ellos, de lo que han hecho en la vida y del hombre en el que me he convertido gracias a ellos.
Amo a mi yaya Transi. Que me cuidó de pequeño. Que hacía rosquillas y mermelada y que sigue haciendo la mejor tortilla y las mejores patatas meneás del mundo. Y que creó un hogar lleno de felicidad con mi añorado yayo Basilio.
Amo a mi abuela Maruja, que generó la misma felicidad con un marido más difícil. Y que hoy, a sus 95 años, y con seis hijos menos de los que debería tener, sigue siendo la mujer más fuerte que conozco.
Amo a Wally. Mi mejor amigo, mi compañero de desvelos en las calurosas noches de verano, mi manta en las frías noches de invierno. Mi compañero de juegos. Mi perro.
Son todos amores largos, para siempre. Inescalables. ¿Cuánto quiero a cada uno de 1 a 10? Seguro que 10, lo máximo que se puede. O no. Ahora hay otra persona en la ecuación: mi hija. Si ella es un 10, ellos no pueden serlo.
Amo a Jimena por encima de todas las cosas. De una forma incondicional. De una forma que mi yo racional (que es mi caso es casi todo mi yo) no puede comprender ni casi explicar.
Lo sé desde que la ví en el quirófano por primera vez, pero hoy he vuelto a ser consciente por algo tan trivial como dejarla en al cole. Es un cole estupendo y a ella le encanta y sé, al 100% (de forma racional), que va a estar bien. Y sin embargo estoy deseando que lleguen las 17:00 para recogerla, para besarla, para abrazarla, para que me cuente como se llaman sus compañeros, sus compañeras, su profe de inglés. Para que me diga qué ha comido, a qué ha jugado en el patio, a qué animal han elegido como mascota de clase….
Desde la libertad de cada uno, me voy a permitir la osadía de darte un consejo. Querido lector, querida lectora: no te lo pierdas. Ser padre o madre es lo mejor que te puede pasar. Tiene momentos difíciles, tiene momentos duros pero no hay nada que se le acerque a lo que una hija o un hijo te hace sentir.
Para las que os gusten los coches, un amigo lo definió esta semana de una forma muy gráfica: tener un hijo es como tener un Ferrari. Sí, tienes que echarle gasolina, Sí, tienes que cambiarle el aceite. Pero joder, tienes un puto Ferrari, ¿y quién no quiere tener un Ferrari?
