El día que me bañé con un ministro

Corría el año 2001, 2002 o 2003. Lo sé porque además de la historia de hoy tengo otra que contaré otro día. Esta ocurrió en verano. Por alguna extraña razón no había salido la noche anterior y me levanté pronto para ir a nadar.

Me puse el bañador por debajo de la rodilla (eran otros tiempos), las chanclas, cogí la toalla y me fui a nadar. Ni gorro ni gafas, nunca he sido de nadar. Es, de hecho, el único día que recuerdo haber ido a nadar a una piscina.

Llegué cuando el socorrista aún estaba colocando la sombrilla. Dejé la toalla y me fui hacia al agua. A cada lado de la piscina había un señor musculado con un turbobañador. Los brazos cruzados. La mirada alterna entre los alrededores y el agua.

Dentro de la piscina había un gorro y unas gafas se movían sin cesar de lado a lado. Me metí y nadé en paralelo, haciendo largos, y sensiblemente más despacio que el gorro. El gorro tenía un cuerpo debajo.

Los fornidos maromos no se metían, lo cual llamó mi atención aunque no mucho porque Guadarrama, a las 10 de la mañana, tampoco es el valle de la muerte y el agua está fría. Quizás esperaban a la salida del sol.

Acabé de nadar antes que mi compañero. Ya he dicho que no me gusta nadar. Salí dela gua y me fui a la toalla. Al poco salió él. Era Cristobal Montoro. Los maromos, claro, sus escoltas. En aquel momento vivía en la misma urbanización que yo.

Él se secó y se fue. Y yo gané una anécdota que cuento siempre que tengo ocasión. Quizás por encima del interés que tiene.