No callar

Son las 6:54 de la mañana. Marta lleva una hora despierta. Se ha levantado tras tangar dos veces al despertador. A la tercera salta de la cama: “¡mierda, mierda, mierda, otra vez se me hace tarde!”. Café, tostada y carrera hasta la parada de autobús. Llega a tiempo: “mañana duermo 5 minutos más“.

Se coloca en la cola. Es principios de septiembre y aún hay poca gente. Los que hay llevan chaqueta, a la vuelta la traerán en la mano o la cintura pero a esta hora ya hace fresco. Marta la lleva en la mano mientras se recupera de la carrera. Zapatillas de deporte, bandolera, cascos inalámbricos. Suena La Bien Querida.

Y entonces lo nota, primero un roce en la espalda. Y otro roce, menos leve, más abajo. Un cuerpo se pega al suyo. A sus piernas. A su nuca. A su culo.

Y empiezan a aparecer imágenes en su mente. No es su vida pasando ante sus ojos. Son todas las veces que un hombre ha creído que podía tocarla sin permiso. Aquella noche en Tribunal. Esa madrugada frente al Palentino. Aquel verano en las fiestas del pueblo.

“Y me han venido de golpe las cosas que te hubiera dicho”. Gracias Bien Querida. Marta se gira y las dice: “o te separas o te pego una ostia que te reviento la cara, cerdo”. La cola del autobús aplaude. “Muy bien dicho”, “será guarro”, “asqueroso”, “violador”… Enseguida vuelve el silencio. El cerdo da uno pasos atrás, cuando llega el autobús decide esperar al siguiente.

Dentro del autobús no hace frío pero Marta se pone la chaqueta. Ha hecho lo correcto pero está destemplada, a disgusto. Como cuando te sacan un diente y tienes que tocar el hueco con la lengua porque sigue sintiéndolo en la boca.

Es la primera vez que no se calla y piensa en todas las veces que va a tener que decirle a un tío que se quite o le rompe la cara. Piensa en todas las que no se van a atrever. Piensa en las que no van a poder decirlo. Piensa en las que lo van a decir y no lo van a conseguir. Piensa en que todo está cambiando, pero que (todavía) todo sigue igual.