Arvejas

Hace 11 días llegué a Santiago de Chile, hoy estoy preparando mi primer almuerzo en “casa”. Es “casa” y no casa porque aún no se siente como tal, y no se sentirá así hasta que no se defina con certeza mi tiempo de permanencia en la ciudad. Por ahora, estoy de paso y en espera de hacerlo permanente, en busca de estabilidad, en busca de hacer de este apartamento mi casa, mi hogar.

Pero vuelvo al almuerzo o colación, como le dicen acá; aunque aún no tengo claro si con colación se refieren al almuerzo o a la merienda, o a ambos. Tampoco he preguntado por pena a pasar como una turista ignorante que no se molesta en investigar lo más básico sobre el país que visita, así que, de ahora en adelante, me referiré a esta preparación como la comida, no almuerzo ni colación.

Decía yo, o intentaba decir antes de desviarme del tema, que ya llevo varios días en la ciudad y es apenas hoy que me tomé el tiempo de preparar una comida. Estoy cocinando unas arvejas, pero no por decisión propia, sino por una confusión. Resulta que con 32 años aún no sé cuál el es cilantro y cuál el perejil, o cuáles son las lentejas y cuáles las arvejas; de manera tal que pensé haber comprado lentejas cuando, en realidad, había comprado arvejas y, nuevamente por no parecer una turista ignorante, no las devolví al darme cuenta del error. ¿Qué tan diferentes pueden ser unas arvejas de unas lentejas si son tan similares a simple vista?, ¿qué tan difícil puede ser preparar unos simples granos?, ¿qué tanto me tenía que haber preparado para este reto?.

Nunca en la vida había cocinado arvejas, así como nunca en la vida había salido en plan de emigración del país en el que crecí; pero había visto a algunos familiares cocinar lentejas, así como ví a algunos amigos salir del país; así como mi papá salió de su país natal para conocer a mi mamá y tenerme a mí y volver a su país con otras dos emigrantes.

Lentejas o arvejas, Chile o Venezuela, fuera lo que fuera, estaba decidida a cocinarlas bien, a hacerlo bien. Recurrí, entonces, a la asesoría de mi mamá, experta en la cocina y experta en temas de emigración; mi sorpresa fue que mi mamá nunca había cocinado arvejas y no sabía con exactitud su tiempo de cocción. Me desanimé un poco; si mi mamá, que sin mucha dificultad había conquistado todos los terrenos culinarios, había aprendido a hacer comida criolla venezolana, comida italiana, peruana, lo que le pusieran en frente, no sabía el tiempo de cocción de las arvejas, ¿qué quedaba para mí?, que apenas estoy empezando en esa aventura que es la cocina y la vida de emigrante.

Pero antes de dejarme derrotar, usé el comodín del siglo 21: el internet. Encontré un artículo muy interesante sobre el tiempo de cocción de algunos alimentos; en él se establecía que las arvejas debían ser hervidas durante 12 minutos para que no perdieran sus propiedades. Con eso en mente, comencé la preparación de mis arvejas.

En primer lugar, hice un sofrito con cebolla, pimientos amarillos y longaniza, una especie de salchicha o chorizo que se veía muy apetitosa en la carnicería; tan apetitosa como casi todo lo que venden allá afuera, como casi todo lo que es nuevo para un inmigrante. Mi sofrito lo sazoné con unos adobos que le compré a una señora en el mercado y que no sé qué contienen, pero que usé ciegamente con la confianza de que le darían más gusto que la simple pizca de sal que estaba acostumbrada a usar. Eso de hacer las cosas ciegamente es algo que ha sido muy recurrente en estos días; estando en un país en el que no se conoce a nadie y a casi nada, se ha vuelto una costumbre guiarse por lo que hacen los demás, los que parecen de acá y lucen como peces en el agua. Fue así como compré los adobos, las arvejas, la longaniza, fue así como conseguí la estación de metro y como llegué al mercado: siguiendo a la gente con los carritos de mercado, y la seguridad del que conoce la ciudad, a cuestas.

Una vez listo mi sofrito, procedí a preparar el resto de mi mise-en-place, piqué algunas verduras, separé las arvejas y ni siquiera tuve que limpiarlas, acá parece que todo lo venden limpio, que todo está limpio; es como si el camión de basura que ha pasado las últimas noches, sin falta, recogiendo los desperdicios de la cuadra, estuviera también encargado de la limpieza de los granos y demás alimentos. Después puse el agua a hervir y esperé para poner mis arvejas a cocinar, sin separarme de ellas, vigilante, en vigilia durante esos 12 minutos de cocción que me prometió el internet. Pasaron los 12 minutos y no pasó nada, no se ablandaron nada; sentí ese desaire de las arvejas como un recordatorio de que tenía que haberme preparado mejor para cocinarlas, que tenía que haberlas atacado con un plan claro en mano, con la certeza del éxito, que no tenía que haberme venido de tan lejos a lanzarme a la aventura de hacer unas arvejas en un lugar desconocido, que no estaba lista.

Si hubiera dependido de mí, habría dejado las arvejas hasta ahí y habría comido cualquier cosa. Pero no estoy sola en esta comida, también me acompaña mi esposo y a ambos nos apoyan amigos y familiares que desde donde están esperan que las arvejas, y esta aventura, nos queden bien. De manera que tengo que seguir adelante con mis arvejas, cocinarlas con paciencia, procurarlas, luchar por ellas y esperarlas el tiempo que sea necesario, porque ellas son una metáfora de nuestra vida y de ellas va a depender nuestro futuro y el de nuestros seres queridos.

-Yajaira Silva de Labarca, 25 de Marzo de 2015.

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Una vez listas, las arvejas quedaron un poco duras, pero aún así valieron la pena. Así es la vida, ¿no?.

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