Diario de una embarazada hipocondríaca

«¿Qué dice el bebé?, ¿te trata bien?», me pregunta mi hermano; sin saber qué decir exactamente, le respondo que no sé, «por lo general, toda la vida he andado con que me duele algo».

Desde que supe que estoy embarazada, y hasta que este embarazo vea desenlace -ojalá, en poco más de 5 meses-, todos los días me pregunto si me siento bien, si mi malestar de turno es normal para mi estado, si en unos minutos, en unas horas, mañana, la semana o el mes que viene, me sentiré mejor, o peor, si mi bebé está bien, saludable, creciendo, si está con vida.

Es que la vida, o, mejor dicho, la muerte, siempre ha sido esa posibilidad que amarga mi existencia; incluso ahora que otra vida crece dentro de mí. Hace semana y media, por ejemplo, cuando asistí a consulta con el obstetra y pude escuchar los latidos de mi bebé, lo primero que pensé, aliviada, fue que «está con vida»; semanas antes había leído un titular de prensa que anunciaba que una artista, que ni siquiera conocía, había perdido su bebé a las 16 semanas, sin ninguna razón y aún habiendo tenido, hasta ese momento, un embarazo normal. Desde entonces, mi imaginación creó un escenario en el que es posible sufrir una perdida sin siquiera saberlo o sin experimentar algún síntoma, la cruel historia de la mujer que no sabía que había sufrido un aborto y seguía tejiendo gorros y calcetines para su bebé inerte.

Haciéndolo público, este pensamiento suena risible y exagerado. Sin saber si es producto de una imaginación mórbida o de una mente levemente en desajuste, estas “exageraciones” sobre el inminente peligro que implica la vida son lo más cerca que estoy de definir mi “cualidad” hipocondríaca, fundamentada en, como dirían los expertos, el miedo irracional a la muerte.

Sea, efectivamente, una cualidad o no, esta virtud o defecto es lo que me ha mantenido durante estas semanas con los pies sobre la tierra, sin ver mis sentidos omnibulados por mi gravidez, y sin caer en el lugar común de los cliches de la dulce espera. No hay en mí sensación de realización ni de superioridad por ser protagonista del milagro de la vida, no hay un discurso preparado sobre lo maravilloso que es sentir otro ser creciendo dentro de mí, no hay recordatorios semanales (publicados en redes sociales) de cuánto amo a mi esposo y al bebé (o la bebé) que viene en camino, no hay (ni habrá) fotos de mi estómago cada vez más abultado, no hay antojos ni atracones de toda la comida que me negué esperando el momento (y la excusa) de mi embarazo.

Seguramente cualquier persona, o cualquier otra embarazada, pensará que no estoy disfrutando esta hermosa etapa. Honestamente, sí la estoy disfrutando; de hecho nunca mi mente había estado tan activa, nunca me había sentido tan poco incómoda hablando de mi continua falta de comodidad, y nunca me había entretenido tanto usar mi catastrófico imaginario para inventar tragedias donde no las hay y para analizar de antemano los errores de los padres de hoy y sus crudas consecuencias en la crianza de la nueva generación.

Una etapa que pensé dedicaría a escribir cuentos infantiles, fue mutando a una tormenta de ideas apocalípticas e historias de paternidad y terror, donde hasta una simple felicitación o una bendición se puede convertir en un signo de mala suerte; o de cursilería.