Efigenia, vieja y en huelga
Efigenia estaba cansada, se había declarado en huelga. 75 años, un esposo, 3 hijos, 2 nueras, 1 yerno y 7 nietos, y todavía le tocaba a ella hacer todo en la casa. La cuerda de inútiles que había criado desde su casamiento a los 19 años, su familia, creían que ella era incansable, que no merecía unas vacaciones, que era su sirvienta. Lo peor es que ni le pagaban, ¡ni las gracias le daban!, era como si creyeran que hacer todo era obligación de la vieja, de mamá, de la abuela.
“Vieja, ¡qué calorón!, ¿no hay por ahí una cervecita?”, le decía su esposo, y Efigenia tenía que dejar lo que estaba haciendo, buscar la cerveza y, a regañadientes, dársela a su esposo; ya destapada, ¡no faltaba más!. No importaba si don Omar estaba más cerca de la cocina que ella, doña Efigenia era la responsable, por decreto constitucional de quién sabe quién, de facilitarle a su marido las cervezas y los demás antojos; los malditos vicios que lo iban a venir matando, según Efigenia. “Vieja, ¿no hay por ahí algo para picar?, ¡hay hambre!”, “vieja, pásame un cigarrito; ¡no me pongas esa cara!, de algo hay que morirse”. Vieja, vieja, vieja. Todo lo tenía que buscar la vieja, y sin protestar.
Al comienzo no era así, Efigenia pasó muchos años intentando convencer a su esposo de dejar el cigarro y la cerveza ocasional, de alimentarse más sano; creía ella que su esposo algún día entendería, entraría en razón, la escucharía o, por lo menos, se cansaría de tanta charla en contra de los vicios y la mala vida. Pero primero se cansó Efigenia de recibir siempre la misma respuesta, el mismo “de algo hay que morirse”. Se limitó, entonces, a ser ella el enlace entre los vicios y un desenlace fatal, a ser la proveedora de cervezas, pasapalos y cigarros, a engordar ese cochino hasta que le llegara Diciembre.
Con sus hijos era la misma historia: “mamá, ¡sírvame rápido el almuerzo!, que ando apurado”, “mamá, el vestido está arrugado, ¡plánchelo!”, “mamá, ahí traje a mis amigos, ¡vea ahí qué les ofrece!”, “mamá, el baño está sucio, ¡límpielo!”, “mamá, hay una gotera en el cuarto, ¡tápela!”. Mamá, mamá, mamá. Todo lo tenía que hacer mamá, y sin quejarse y regañarlos, porque si los mandaba a ellos a hacer algo, era una mala madre, una exagerada, una histérica. “Ya mamá, no hagas nada, ¡deja eso así y deja el drama!”, pero Efigenia sabía que no podía dejar “eso” así, porque “eso” no se hacía solo y si quería que su casa siguiera en pie, ella tenía que hacerlo; y si le daba la perra gana de armar un drama mientras lo hacía, ¡estaba en su santo derecho!.
Con el paso de los años, las demandas de sus hijos evolucionaron; en parte porque se hicieron adultos y en parte por tanta queja y reproche de Efigenia. Sus muy astutos hijos idearon una estrategia que impedía que Efigenia se pusiera, según ellos, fastidiosa y armara, según ellos, un escándalo cada vez que les hacía, según ellos, un favor. La estrategia consistía en no pedir las cosas directamente, sino sugerir que debían ser hechas; fue así como un “estoy apurado, ¡sírvame el almuerzo!” se transformó en un “voy tarde, tengo que comer” seguido de una mirada expectante y una pausa incómoda que Efigenia tenía que llenar con un “ya te sirvo la comida”. Igual pasaba con un vestido arrugado, un pantalón sin botón, una camisa rota: “hay que arreglar esto” y lo dejaban ahí, y ahí se podía quedar hasta que Efigenia se cansara del vestido, del pantalón y de la camisa en la silla de la sala y se dispusiera a plancharlo, a coserlo, a arreglarlo. Los muy hijos de puta, porque había que decirlo, así resultara una ofensa para ella misma, todo lo tenían que hacer, todo lo tenían que arreglar, todo lo tenían que ordenar, pero nada hacían, nada arreglaban, nada ordenaban. Todo, todo lo hacía Efigenia; y ya ni siquiera tenía el alivio de quejarse, murmurar y maldecir, porque ahora nadie le pedía los “favores” directamente a ella, sino que ella se ofrecía, según sus hijos, voluntariamente.
Lo peor de todo fue cuando llegaron los nietos y Efigenia se dió cuenta que sus hijos estaban criando una nueva generación de incapaces, de flojos, de buenos para nada. Todo lo tenía que hacer la abuela. La abuela los tenía que cuidar todas las tardes y prepararles la merienda, una distinta a cada uno y una merienda especial, porque ya los niños no se conformaban con un pancito y unas galletitas, ahora había que hacerles figuritas y pintarles una carita sonriente. ¿Sonriente?, lo que quería ella era pintarles una gran paloma y mandarlos a sus casas con todas sus peticiones especiales y sus “abuela, tengo sed”, “abuela, me ensucié”, “asco, abuela, a mí no me gusta la lechosa”, “abuela, estoy aburrido”, “abuela, dice mi mamá que Omarcito está sucio, ¡que hay que cambiarle el pañal!”.
Abuela, abuela, abuela. Pero la abuela se había cansado, estaba harta y estaba en huelga; la abuela ya no buscaría más cervecitas, no calentaría más comida, no plancharía más vestidos, no limpiaría más baños, no haría más meriendas felices ni cambiaría más pañales. La abuela había decidido tomarse un descanso, sus últimos años de descanso, e invertir tiempo en ella, organizarse y organizar su legado. Decidió, entonces, saltarse la parte de la herencia y pasar directo a redactar su epitafio:
«Aquí yace Efigenia. Vieja, mamá, abuela.
Habría sido más feliz si cada uno se hubiera encargado de recoger su propio mugrero»
-Yajaira Silva de Labarca, 07 de Octubre de 2014.
———————————————
Para todas las Efigenias, gracias y paciencia.
… y para todas las que tenemos terror de convertirnos en una Efigenia, ánimo, aún estamos a tiempo.