Fantasía

Tener el cabello teñido en tonos fantasía forja el carácter. De la nada tu día a día se llena de completos desconocidos escudriñando tu apariencia, mientras algunos de tus propios conocidos se sienten con el derecho de opinar sobre ella; la gente parece no poder procesar la existencia de personas que se salgan de la regla tradicional del negro, castaño, rojo, rubio.

“¿Cómo se atreve a hacer eso?”, le preguntan a quien sea que esté a su lado, como si estuvieran viendo a alguien que decidió desvestirse en plena calle y transitar en pelotas, meneando su miembro para acá y para allá o abriendo sus piernas, como si estuvieran viendo a alguien caminar en la indecencia. “Válgame Dios, ¿a dónde vamos a llegar?, ¡ni que estuviéramos en Carnaval!”, le dicen las viejitas a sus nietas, como dejando claro que ni se les ocurra salir con la pendejada de pintarse las greñas, de vestirse de garotas y llenarse de plumas, de ganarse la vida meneando el rabo en una comparsa y haciendo horas extras como bailarina exótica. “Sí, horrible”, le responde el novio a la chama que ya previamente había lanzado su crítica, pero sin quitar la vista, pensando que si esa otra mujer se atreve a salir así, con el cabello así, a la calle, ¿qué no hará en la intimidad?, deseando que su novia fuera menos rígida, menos frígida.

Todos persiguiendo con la mirada, como tratando de descubrir qué agenda oculta tiene una persona que se atreve a lucir así, a ser así. Como si la apariencia, una parte de la apariencia, esa parte de la apariencia, fuera todo el ser y no sólo un reflejo de uno mismo o un simple gusto personal. Como si un cabello rosado, un mechón azul, o un ombré morado ocultara un grito desesperado de atención, una tendencia psicópata, un acto de rebeldía, una necesidad de ser señalado como un fenómeno de circo, la certeza de creer en los extraterrestres, el deseo de ser un personaje de caricaturas, de animación japonesa, una figura de fantasía, todo menos un ser humano con el derecho de tomar decisiones sobre su apariencia. Decisiones hechas o no a la ligera y que, al final del día, no le deberían interesar a nadie. Ni que teñirse el cabello de verde equivaliera a declararse homosexual, a realizarse un aborto, a volverse ateo o testigo de Jehová, a ser de izquierda o de derecha, a casarse o vivir en concubinato, o a cualquier otra decisión personal que no tiene que ser relevante ni causar controversia.

Y ahí está uno, ignorando los cuchicheos y las miradas, manteniendo la normalidad, reforzando la autoestima, pisando fuerte sobre la propia seguridad, forjando el carácter. Mandándolos a todos a la mierda, a callarse, a escudriñarse ellos mismos, a criticar hacia adentro.

Porque, a final de cuentas, es pelo, es cabello, no es su cabello, no es un tema de repercusión social, no son las sagradas escrituras, no es política de Estado, no es su problema, no es ningún problema.

- Yajaira Silva de Labarca, 14 de Enero de 2015.

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Es deber y derecho de todos ignorar los juicios de valor basados en la apariencia, lucir como venga en gana, no limitarse por opiniones ajenas.

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