La cultura del racionamiento
El sr. Jesse, un hippie naturista cincuentón que difícilmente se bañaba y que presidía la junta de condominio de Residencias Chacón, cansado de que la factura de luz correspondiente a las ocho torres que conformaban el conjunto residencial a su cargo mostrara un excedente en el consumo de megavatios que él consideraba apropiado y aceptable, decidió redactar una nueva ley de condominio que rigiera, o manipulara, el consumo eléctrico y la vida de sus vecinos.
Sin consultarlo con nadie, estudió, durante una semana, el estilo de vida de los habitantes de Residencias Chacón e identificó los puntos claves de lo que él creía era un problema cultural. Sus vecinos, a diferencia de él, se habían dejado absorber por la cultura del consumismo, de los lujos y del desperdicio, y habían perdido contacto con la vida natural, con su esencia, con la madre tierra. Gracias a la Pachamama, lo tenían a él para corregir sus errores, librarlos del capitalismo salvaje y de un futuro incierto donde un exceso en el consumo de electricidad desataría el próximo apocalipsis.
La nueva ley de condominio fue presentada en una asamblea extraordinaria de vecinos que casualmente coincidió con un apagón. En la asamblea, que el sr. Jesse se negó a suspender puesto que el apagón había sido ideado por él y perseguía intimidar a la comunidad e incrementar el dramatismo de sus planteamientos, los vecinos escucharon dos horas de sermón sobre su carencia cultural y sus vidas llenas de vicios y excesos, sobre cómo sus estilos de vida perjudicaban a la sociedad y al universo entero y sobre cómo, de seguir por ese camino, su consumo eléctrico iba a acabar con todos y con todo. Fue así como, agobiados por la verborrea y extenuados por el calor, votaron a favor de la nueva ley de condominio y se comprometieron a cumplirla al pie de la letra si eso les permitía volver a sus hogares. El sr. Jesse los felicitó por esa muestra de civismo democrático y les prometió que sus acciones rendirían sus frutos y los convertirían en una mejor comunidad. Acto seguido hizo volver la luz.
La fulana ley era una lista de prohibiciones disfrazadas en medio de una gran palabrería mitad biblia y mitad libro de derecho que, en resumen, obligaba a los vecinos a dejar de usar cualquier aparato eléctrico o electrónico y los orillaba a llevar una vida distanciada de la modernidad. Así, por ejemplo y bajo pretexto de hacer uso de los recursos naturales, se les prohibió a los habitantes de Residencias Chacón el uso de sus utensilios y cocinas eléctricas y se les invitó a cocinar a leña o al carbón; este cambio en la cocina traería consigo un incremento en la cantidad de incendios del conjunto residencial, al punto que los bomberos pusieron a Residencias Chacón en la lista negra y dejaron de atender a sus llamados de auxilio. Cuando se quemó por completo el piso 15 de la torre 8, todos los vecinos entraron en pánico y decidieron comenzar una dieta cruda en la que no consumirían ningún alimento cocido; para deleite del sr. Jesse, sus vecinos se volvieron frugívoros.
No conforme con el cambio de dieta, a los habitantes de Residencias Chacón se les pidió abandonar el ego y la vanidad. A los vecinos y vecinas se les prohibió el uso de secadores y rizadores de pelo, planchas, afeitadoras eléctricas, masajeadores y todo implemento de belleza y bienestar que usara electricidad. Las vecinas dejaron de hacer sus labores de peluquería y abandonaron su cabello, las de cabello más rebelde se raparon completamente la cabeza; sin una melena bien peinada que lucir, poco a poco fueron dejando de maquillarse y de preocuparse por su vestimenta, hasta que un día se encontraron vistiendo la ropa de sus maridos y de sus hijos o cualquier otro trapo que se les atravesara. Como consecuencia, las mujeres de Residencias Chacón perdieron todo atractivo y desataron un bajón en la libido de sus maridos y amantes. Ya no hubo más pasión marital y se acabaron los amoríos entre vecinos; Residencias Chacón entró en un estado de eterna castidad, aprobado por el casto y célibe sr. Jesse.
La prohibición de escuchar o tocar música, o emitir sonido alguno que perturbara la paz del conjunto residencial, acabó con las aspiraciones musicales de algunos miembros de la comunidad. Residencias Chacón, otrora lugar de grandes fiestas y parrandas, de competencias de DJs, de concursos de talento, de música a todas horas, se convirtió en la cuna del silencio; algunos vecinos se encontraron, sin darse cuenta, haciendo votos de silencio y comunicándose por medio de señas o de mensajes escritos, hasta que a cada uno se le fue olvidando el sonido de su propia voz. El sr. Jesse disfrutaba este silencio, en parte porque nunca le gustó la música que escuchaban los jóvenes y en parte porque le había ganado la batalla a los equipos de sonido que tanta electricidad consumían.
Lo mismo pasó con el resto de los aparatos electrónicos, ya no hubieron más televisores encendidos, ni más computadoras, tabletas o celulares, ni más videojuegos; los niños de Residencias Chacón se vieron forzados a hacer sus propios juguetes artesanales o a usar su imaginación para escapar a un mundo donde no había ningún viejo necio que les quitara toda la diversión. De tanto usarla, la imaginación se les acabó y ya no quedaron más niños libres y risueños en Residencias Chacón; la comunidad se llenó de cabezitas vacías que el sr. Jesse podía moldear con todos sus desvaríos sobre la vida natural, el anticonsumismo, y otras comemierdeces.
De todas las prohibiciones, la que se le salió de las manos al sr. Jesse fue la prohibición del uso de ventiladores y aires acondicionados para crear un clima artificial. Al comienzo, los vecinos resistieron sin mayor complicación, pero cuando llegó la época de mayor calor fueron aligerando su vestimenta. Primero empezaron los más jóvenes a usar franelas y pantalones cada vez más cortos, hasta que se encontraron recorriendo sus hogares completamente desnudos. La epidemia de desnudez colectiva llegó el día que los primeros jóvenes se atrevieron a salir desnudos a las áreas comunes; uno a uno, los vecinos de Residencias Chacón se fueron sintiendo inspirados y motivados por la libertad y el frescor que reflejaban los nudistas; hombres y mujeres dejaron de vestirse y dejaron de vestir a sus niños y a sus ancianos. Ante tanta falta de pudor, a punto estuvo el sr. Jesse de suspender su macabro plan de racionamiento eléctrico y reprogramación cultural de la comunidad, hasta que un día dió con la estrategia para darle la vuelta al asunto y poner las cosas a su favor; llamó a una nueva asamblea extraordinaria y alabó a sus vecinos por el abandono de los lujos y la vanidad, por su capacidad de despojarse de todo y desnudar su esencia, les dijo que él añoraba hacer lo mismo, pero que, como presidente de la junta de condominio y máxima autoridad de la comunidad, debía portar un uniforme que lo identificara y diferenciara del resto de los miembros de esa nueva sociedad, un distintivo que les recordara a todos quién estaba a cargo del cumplimiento, y la invención a conveniencia, de las leyes. Los vecinos aplaudieron la idea del uniforme y, a partir de ese día, el sr. Jesse comenzó a usar una bata blanca, unas alpargatas rojas y un gran penacho de cacique.
El punto final en la metamorfosis de Residencias Chacón fue la prohibición del uso del ascensor. Esto ocasionó que los vecinos de los pisos más altos, cansados de subir y bajar escaleras a diario, colocaran varias carpas en las áreas comunes de la planta baja y se instalaran ahí a vivir con las pocas pertenencias que les eran permitidas. El sr. Jesse, que siempre fantaseó con ser el líder de una comuna hippie o de una secta de culto a la deidad alienígena que él conocía como “el galáctico”, le ordenó a todos los vecinos del conjunto residencial instalarse en carpas en la planta baja; formó varios grupos de trabajo y delegó a cada uno diversas responsabilidades en procura de la alimentación, el aseo, la salud, la supervisión, la educación, el adoctrinamiento y la organización de la comunidad.
Residencias Chacón se transformó, entonces, en un gran campamento de mudos, nudistas, frugívoros y castos sin voluntad propia y sin poder de decisión sobre su vida; en una aldea tercermundista que le dió la espalda a las ventajas y comodidades de la vida moderna y a los beneficios de la tecnología; en una secta de culto al galáctico, con la factura de electricidad más baja de toda la ciudad.
-Yajaira Silva de Labarca, 06 de Noviembre de 2014.
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Desvaríos de 2 horas de racionamiento eléctrico, y de un Ministro para el cual el problema es cultural.