Lo hermoso del pensamiento negativo

En Netflix está disponible una película titulada ‘Inside’ que, según su sinopsis, relata la historia de una mujer embarazada quien, en su último trimestre y poco antes de dar a luz, queda viuda y es perseguida por alguien que quiere robarle a su hijo aún no nacido.

Contrario a lo que haría cualquier embarazada sensata, y en contra del consejo de mi esposo, quien me aclaró que él no me va a prestar atención si me despierto a media noche por culpa de una pesadilla, decido verla. Ambos sabemos que lo de la pesadilla es un eufemismo para «si después de ver la película empiezas a imaginarte que te quieren apuñalar para quitarnos el bebé» y otras tantas paranoias de mi mente histérica.

Yo, porfiada, arranco a ver la película en total confianza, después de todo, esa historia ya fue contada y, a menos que su realizador lo haya hecho mal, yo no debería tener la necesidad de re-imaginar una desgracia ya relatada. Tampoco mi mente catastrófica está tan descolocada como para pensar que alguien me observa para abrirme el utero. Una cosa es alarmarse por un leve dolor de cabeza, y otra muy diferente es creerse eternamente una víctima de los filmes de horror. De esquizofrenia no sufro, hasta ahora, creo.

Pero, ¿por qué, en un arranque un tanto masoquista, decido ver una película en la que mi condición actual de embarazada se ve tan amenazada?. No es sadismo, eso lo tengo claro; la respuesta es mucho más simple y seguro es explicada a detalle en el prólogo de cualquier manual de storytelling.

Absolutamente todas las historias que merecen ser contadas parten de lo negativo. Un accidente de tránsito, un despertador que no sonó, una enfermedad terminal, el perro que se comió una tarea, una ruptura amorosa, un matrimonio arreglado, unos primos que deciden casarse en contra de la voluntad de sus padres y son expulsados de su pueblo natal para terminar muy lejos fundando Macondo. Las tragedias, grandes o pequeñas, relevantes o insignificantes, colectivas o individuales, son el detonante de todo lo que alguien alguna vez ha narrado.

A Blancanieves la mandó a asesinar su madrastra malvada, el sr. Fredrickson terminó pilotando su casa voladora luego de la muerte de su esposa, Heidi quedó huérfana y debió ir a vivir con el “ogro” de su abuelo, Shrek conoció a Burro y nunca más volvió a tener paz. Y como ellos, otros (muchos) tantos que tuvieron su final feliz luego de vivir de la mano de la desgracia.

Los sucesos negativos alimentan nuestra creatividad y hacen de nuestras historias una forma de entretenimiento. Hasta los libros de autoayuda, las charlas motivacionales y toda esa parafernalia del positivismo parten de asumir que en nuestra vida hay pequeñas tragedias y errores que queremos (y debemos) superar.

Entonces, ¿por qué, en una etapa tan comúnmente proclamada como la más hermosa, es tan extraño imaginar (y contar) un embarazo visto desde la perspectiva de una mente con naturaleza negativa?. Por mi parte, ya no me avergüenza pensar en el embarazo y la paternidad en términos de historias de lo que puede salir mal; no es una proyección ni un decreto personal, es simplemente un exceso de imaginación.

Tal vez más adelante hasta me anime a relatar aquella vez que una personalidad de internet, sin saberlo, dejó su hija pequeña al cuidado de un pedófilo…