MIERDA, ¡el pollo!

“MIERDA, ¡el pollo!” exclamó Yesenia, luego de que su esposo le preguntara por qué, de pronto, la casa se había llenado de humo. Yesenia puso al pequeño José Eduardo en la andadera, corrió a la cocina y fue testigo del desastre: el pollo del almuerzo, o lo que quedaba de él, estaba completamente carbonizado y había decidido inmolarse, prendiéndose fuego dentro del horno. Yesenia entró inmediatamente en pánico, seguía gritando “MIERDA, EL POLLO, ¡MIERDA, EL POLLO!”, dando vueltas en círculo, primero con las manos en la cabeza y luego abanicando el horno con un trapo, ante la mirada atónita de su marido, que la veía por la webcam y no podía hacer nada; nada más que gritarle que apagara el horno y le echara una cubeta de agua, que se calmara y dejara la histeria. De los consejos de Eduardo, lo único que escuchó Yesenia fue la parte del agua; corrió a la nevera, tomó la primera jarra que tenía a la mano, la de la limonada, y la vertió sobre el pollo. Las llamas se apagaron y el desastre había sido controlado.

Pero lo que fue un desastre desde la perspectiva de Yesenia y Eduardo, resultó un entretenido espectáculo desde la perspectiva del pequeño José Eduardo. El inocente bebé ni cuenta se dió del peligro que corrió su vida y por muchos años sólo recordaría la divertida imagen de su madre, corriendo y gritando, moviendo un trapo con rapidez y chispeando agua por toda la cocina, mientras su padre gritaba y hacía señas en el monitor de la computadora, y él reía y aplaudía como cuando sus dibujos animados favoritos hacían algo gracioso en la pantalla del televisor o de la tableta.

Tanto marcaron a José Eduardo esos escasos segundos de cataclismo, que por días a lo único que jugaba era a correr en su andadera, balbuceando algo ininteligible y agitando su babero, y lanzando en el piso de la cocina el contenido de su tetero o de su tacita para tomar agua. Yesenia estuvo tentada muchas veces a regañarlo y castigarlo o, incluso, a pegarle; pero pensó que ese, como otros tantos juegos, se le olvidaría pronto y que una reprimenda sólo lograría crearle un trauma de niñez, socavarle su creatividad o actuar como cualquier otra situación castrante de esas que tanto criticaba el libro para madres primerizas.

Los días pasaron y el pequeño José Eduardo, efectivamente, se cansó del juego del desastre en la cocina. Todo había vuelto a la normalidad, y Yesenia ya había olvidado ese terrible incidente, el único incidente vergonzoso en sus, hasta entonces, 2 impecables años como ama de casa. Hasta que un día, el día del almuerzo de bienvenida de Eduardo, quien acababa de volver de su exitoso viaje de negocios a Corea del Sur, el pequeño José Eduardo decidió decir, delante de tíos, primos y abuelos, sus primeras palabras; unas tiernas palabras que bendecirían los sagrados alimentos: un pollo frito al estilo coreano, y que todos escucharon como un “menda, epoyo”.

Yesenia se puso blanca y casi se desmaya; Eduardo se puso rojo de la vergüenza; las abuelas aplaudieron y una de ellas hasta lloró de la alegría de haber estado ahí, en el momento de las primeras palabritas del nietico; los abuelos no le dieron mayor importancia al asunto, más pendientes por comer; fue un primito el que se atrevió a preguntar qué había dicho José Eduardo, a lo que nadie pudo, o quiso, responder. “Menda, epoyo” siguió repitiendo José Eduardo durante el almuerzo, durante la sobremesa, durante el resto de la tarde y hasta que, de tanto llevarlo a terapia del lenguaje, aprendió a decir “mamá” y “papá”.

A “mamá” y “papá” prosiguieron muchas otras palabras más, en un léxico perfecto de buenas y apropiadas palabras para ser dichas en la mesa. Palabras sobretodo de origen vegetal, ya que a partir de ese incidente del almuerzo de bienvenida, Yesenia decidió que su familia se iba a convertir en vegetariana y que en su mesa más nadie mencionaría pollo alguno.

-Yajaira Silva de Labarca, 01 de Octubre de 2014.

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Inspirado en un suceso autobiográfico.

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