Sala de espera

I

Escribo estas líneas en la sala de espera de un consultorio médico. Es el cuarto médico que visito este mes, y ya perdí la cuenta de cuántos he visitado en mi vida. Apenas 30 años y ya he tachado una gran cantidad de padecimientos de mi lista de (posibles) enfermedades. La enfermedad que me aqueja hoy aún no tiene nombre, no he recibido diagnóstico. Pero ya tengo una idea de lo que puede ser, de mi terrible destino.

Yo no estudié medicina porque le tengo terror a la sangre, al dolor, a los enfermos. Para mí, un hospital, una enfermera, un médico son designios de malas noticias; un enfermo, una enfermedad son sinónimos de muerte. Pero, aún cuando me producen un indescriptible horror, procuro informarme al respecto. Ya me ví todas las temporadas de E.R. y de Dr. House, las he visto 10 veces cada una, tratando de identificar, entre los casos que plantean en cada episodio, mis síntomas del momento o los síntomas que en cualquier momento pueda tener. Mi filosofía es adelantarme a las enfermedades, conocerlas de antemano; de manera que, al menor malestar, ya sé qué espantoso diagnóstico me espera detrás del consultorio o de la puerta de emergencias.

Hoy, aunque me siento mejor o menos mal que ayer, no me confío, no canto victoria. Sé que lo que sea que me atacó en días pasados está ahí, aquí conmigo, en mi cuerpo, durmiendo, descansando, esperando para la batalla final, para el último round. Por momentos me siento con la fortaleza de darle batalla, me levanto, camino, sonrío, me repito que estoy bien; pero luego “eso” me responde, me ataca el dolor o el malestar, la mortificación, la angustia, la desolación, y me echo en una cama o en una silla, inerte con mis pensamientos, esperando un cataclismo. La mayoría de las veces no pasa nada, me alivio, mejoro; pero yo no me confío, sigo alerta, en guardia, esperando el próximo ataque. Siempre pendiente, siempre analizando.

Ya sé lo que le voy a decir al médico, y lo que voy a escuchar en respuesta. Durante el fin de semana, en los escasos momentos en los que el dolor y el malestar me permitían algo de funcionalidad, me dediqué a investigar en Internet todo lo asociado a mis síntomas. A medida que leía, iba identificando todo lo que “ese” mal estaba produciendo en mi cuerpo e, incluso, identificaba los incipientes síntomas que aún no había experimentado pero que yo sabía venían en camino. Efectivamente, pasaba el tiempo y mi mente iba sintiendo cómo mi cuerpo experimentaba todas esas molestias de las que ya había leído. Me atacaban, entonces, los nervios, las ansias de salir corriendo a que me evaluara un profesional, para que me confirmara lo que tenía, lo que tengo, para acabar de una buena vez con ese insoportable padecimiento que yo ya me había diagnosticado. De alguna manera, logré sobrevivir el fin de semana y esperar hasta hoy, lunes, para venir a consulta. Es un acto más que todo protocolar y persigue, mayormente, que certifiquen el diagnóstico que ya me hice y me prescriban el doloroso tratamiento que ya sé me corresponde. Vengo, en pocas palabras, por los papeles que el seguro exige para el reembolso.

En el tiempo que he estado acá en la sala de espera, he visto pasar a muchos enfermos. El consultorio de al lado lo ocupa un pediatra, hay bebés llorando y otros siendo amamantados, una madre le comenta a otra que su bebé tiene moquillo. Veo al bebé, luce incómodo y a punto de llorar; quiero llorar, ahora siento que yo también tengo eso que llaman moquillo, que se me está congestionando la nariz. ¿Qué clase de mundo es éste si se enferman los bebés?, o si se enferman los ancianos, o si se enferma cualquiera; venir al mundo a enfermarse es completamente injusto. No entiendo, tampoco, por qué tenemos que envejecer. Capaz es el frío, y el bebé y yo no tenemos nada.

El consultorio de enfrente lo ocupa un cardiólogo, para allá ni siquiera miro. Me puse a escribir estas líneas precisamente para evitar tener que mirar al frente y cruzar mi mirada con la de un enfermo cardíaco. Ya por ahí pasé hace un par de semanas, pero el cardiólogo me evaluó y echó por la borda todos mis síntomas y el diagnóstico que con tanto esfuerzo me hice, y me hizo pasar el ridículo de menospreciarme y decirme que no tengo nada, que estoy normal para mi edad y complexión. Al principio no le creí, pero ya me estoy habituando a la idea de que, al menos por ahí, todo está normal; igual no quiero cruzar la mirada con sus pacientes y encontrar, en sus ojos, el reflejo de un futuro malestar.

II

Ya salí de la consulta, no obtuve la respuesta que esperaba. La doctora, como otros tantos, minimizó mis síntomas y desestimó mi propio diagnóstico. Me tomó la tensión, me palpó el estómago, me revisó por aquí y por allá, me hizo las preguntas de rigor y concluyó que no tengo nada, o que ya no tengo lo que sea que tuve los últimos días. Además, me recordó que ésta es la tercera vez en menos de un año que acudo a su consulta, bajo pretexto de urgencia y enfermedad de gravedad, y resulta que, según su apreciación, no tengo nada de qué preocuparme.

Me dejó, entonces, en observación a mi juicio. Y me prescribió un desparasitante y una visita al psiquiatra.

-Yajaira Silva de Labarca, 13 de Octubre de 2014.

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Aunque el médico le asegure que no tiene nada, el hipocondríaco solamente se queda tranquilo un rato, pero su preocupación vuelve de nuevo.
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