Una serie de catastróficos machistas

Agarrar la sartén por el mango

Mrs. Louve
Aug 22, 2017 · 3 min read

Cuando tenía 18 vivía con mi abuela en su casa del centro, en medio del casco histórico, con la estatua de la celebridad local plantada en medio de su plaza y justo frente a la balconada donde vivían los canarios y los geranios de mi abuela. Vivía con ella porque yo estudiaba allí, en aquella ciudad, y mis padres vivían en medio del campo.

Mientras estuve allí tuve ocasión de observar un universo puramente machista, sin fisuras si quiera para un poquito de “ni machismo ni feminismo, igualdá” que hubiera podido aliviarme. En aquel cosmos malévolo, los cuerpos de las mujeres eran todos más o menos lo mismo porque todas tenemos tetas y culo y eso es lo único que los hombres necesitan porque total ellos en el fondo tienen sus necesidades y tampoco se van a quedar contigo por muy bien que estés a no ser que seas una golfa que eso es lo que les gusta de verdad porque los hombres lo que necesitan son mujeres que sean su madre su amiga y una puta en la cama pero eso sí luego te lo echan en cara y de todos modos se van a cansar y se van a ir con una más golfa que tú pero todos modos está bien cuidarse y no engordar para que se vea por lo menos que no eres una marrana y ya que estás levántate de la mesa y ponle una cuchara a tu hermano hija que ya sabía yo que llegaría tarde hazme el favor que no se la tenga que coger él que es un hombre y tú una mujer hecha y derecha para saber ya estas cosas desde luego yo no sé para qué tanto estudiar.

Pero qué sé yo si la oscuridad de mi abuela estaba hecha de machismo o de haber nacido en el 29 o de haber parido antes de casarse y que la llamaran puta hasta cuando la protegía la que más tarde sería su suegra, o de que su suegra sólo viese mal que le insultase quienes no eran de la familia, o si la cosa venía del convencimiento de que la hombría se mide en centímetros y la femineidad en hijos sanos, o que la eyaculación es un asunto feo, asquerosito, que los fluidos vaginales son también señal de suciedad y que el placer se obtiene del poder sobre el otro.

Pero qué sabía yo si entonces pensaba que mi padre era feminista porque me dejaba salir hasta tan tarde como a mis hermanos y me castigaba físicamente, igual que a ellos.

Un día que me arreglé para salir de marcha, justo antes de alcanzar la puerta, la mejor amiga de mi abuela, que solía venir a merendar y jugar a las cartas, hizo un comentario admirativo acerca de mi aspecto. Creo que mi abuela quiso marcar territorio inventándose algún parecido físico entre ella y yo e, inmediatamente después, tuvo a bien alardear de modernidad:

— Hija — me dijo — si yo tuviera tu edad y tu cuerpo, anda que me iba a pillar a mí ninguno. Anda que me iba yo a casar para ser la criada de nadie… Me iría con éste y con aquél y que me pagasen y me mantuviesen, pero a mí de cazarme nada. Y yo siempre con la sartén por el mango.

— Lila — le contesté, porque siempre odió que la llamásemos abuela o yaya— en una época en la que una mujer puede irse con unos y con otros sin casarse, tampoco hay hombres que consideren necesario mantenerte por echar un polvo.

Se escandalizó bastante y me advirtió que lo que yo proponía era de putas.

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Mrs. Louve

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He escrito dos o tres historias que tenían su gracia. Incapaz de repetir el éxito, me limito a mudar de blog todos los años; para que parezcan nuevas y eso.

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