
Nosotros, la herencia de los niños
Los motivos del ciudadano de a pie para consentir semejante contranatura
Uno de los libros que más me gustan y decepcionan a la vez, no es uno sino tres: conforman la Trilogía de Fundación, de Asimov. Me pone de los nervios ver que los humanos se empeñan en Imperios, por los siglos de los siglos, y en Alcaldías hereditarias. ¡Mala genética les dé!
Los sistemas monárquicos siempre me han parecido una ofensa para el ciudadano. No puedo dejar de vernos como parte de la herencia de un niño, casi siempre el primogénito, salvo accidentes de caza y sexo erróneo —reinar no es cosa de mujeres.
Y esto es lo que no puedo evitar observar ante quienes me dicen que no están descontentos con nuestro sistema, la monarquía parlamentaria, ya que, bueno,
En realidad, el rey no manda, ¿no?
El rey, mandar, no mandará pero firma Reales Decretos —como el recibido hace un par de semanas que nos invitaba a comprender la enorme deuda que hemos contraído con las energéticas y que nos puso a todos tan contentos—, disuelve cortes y sale por esos mundos de dios como Jefe de Estado, y representa una contradicción a la gran ley: todos somos iguales, punto. O sea que, si mi vecino tiene un Mercedes, es posible que su coche sea mejor que el mío, pero él no es mejor que yo —por suponerle más adinerado, no más endeudado— y tiene la misma obligación que yo de no superar los límites de velocidad establecidos. Tampoco es mejor que yo por ser él varón y yo hembra. Si mi vecino es, además, presidente de la comunidad de vecinos, su primogénito podrá heredar su Mercedes y hasta su casa —si es de su entera propiedad— pero nunca el cargo de presidente de la comunidad. Lo que ya sería el colmo es que, siendo un cargo así hereditario, no lo heredase su primogénito por ser mujer y pasara la herencia al siguiente en la línea sucesoria. Por lo tanto, las monarquías, por muy acompañadas que estén de entrañables adjetivos —parlamentaria, constitucional— indican que:
1. No somos todos iguales sino que se dan diferencias por apellidos, mire usted: unos nos heredan y otros somos herencia
2. En el caso de España la cosa es más sangrante: las mujeres no pueden optar a la plaza. Y esto, ¿lo sabe Aguirre? Y no es que Aguirre pueda heredar del Borbón, no, pero, ¿se imaginan formar parte de un colectivo, y apoyarlo y sustentarlo —el gubernamental, cuando gobernaba de forma directa y abierta, y el aristocrático, desde que se casó, que dice que, en realidad, ella, con lo que le gusta mandar, no debería por ser mujer?
Además, si el rey no manda, ¿para qué lo queremos?
Para representarnos porque es el mejor embajador de España.
Sí, pero no se le ha elegido para ese puesto, no ha aprobado ninguna oposición, aunque es verdad que le enchufaron y, en estos tiempos, eso podría ser suficiente. Además,lo que le convierte en legítima representación española no es su habilidad personal sino el poder del que ha sido investido. O sea, que no depende de la persona, sino de la dignidad del cargo. Y, en cuanto a las aptitudes diplomáticas, seguro que hay por ahí quien pueda hacerlo mejor porque eso de la sangre azul, no quiere decir que sea la suya sangre enriquecida, que los miembros de la realeza europea sean más listos, mejores estudiantes o que tengan más mano izquierda. De hecho, estoy segura de que también tiene malos días y operaciones que le salen rana de las que no somos informados igual que de sus logros, salvo por aquel desliz con Chávez, y sólo porque nos lo pudieron vender como un desagravio.
La cosa es que España parece sufrir el síndrome de Estocolmo desde febrero del 81. Miren si no a mi señora madre, que habitaba un pueblo con una mayoría aficionada a la caza del jabalí, luego lleno a rebosar de escopetas, que recordaba la dictadura como algo reciente y tenía a la democracia como fácilmente reversible, vamos, para cagarse el día en cuestión, y así le va ahora, que ve a
Juan Carlos como alguien valiente, sensato, justo y bondadoso
y a su hijo Felipe como un muchacho guapo y amable que sabe hablar muchos idiomas —ahora que lo pienso más detenidamente, creo que me los está comparando con Rajoy y, claro, tienen que salir ganando y ser preferibles sí o sí.
Invariablemente, cuando despotrico contra la monarquía, me asaltan con el mismo comentario, que hasta se les sube a la cara una sonrisita de “que te he pillado, ¿eh?…”:
Es que instaurar la República no resolvería La Crisis.
Claro que no. Pero, digamos que su prioridad a corto plazo es encontrar trabajo. ¿Puede, mientras tanto, hacerse uno de esos cursitos MOOC? Sí, aunque no le vaya a deparar un contrato; de hecho, debería también seguir practicando deporte —mens sana in corpore sano— siempre que no se trate de golf, esquí o hípica. ¿Puede quedar con los amigos todos los viernes por la tarde a tomar una caña? Claro, ¿por qué no? No es algo excesivo y salir de casa es hasta recomendable. Y, ¿puede mantener sus normas de higiene diaria y seguir cepillándose los dientes cuando se levante por la mañana aunque esto no le proporcione un trabajo? Sí, por favor, sobre todas las cosas, haga esto.
¿Qué no debería hacer entonces? No buscar un trabajo; gastar los pocos recursos que posee en irse un mes al Caribe, ya que, además de quedarse sin medios de manutención hasta que logre un empleo remunerado, podrían llamarle para una entrevista mientras está fuera.
Sí, naturalmente: una crisis a nivel mundial no se resolverá con una tercera república española; exactamente igual que no pudieron evitarla todas las monarquías.
De todos las respuestas que recibo, sólo hay una para la que me quedo sin argumentos; o quizá sólo me quedo perpleja:
¿Cómo se puede pretender instaurar una república si la mayoría votante, como se ha demostrado recientemente, es de derechas?
Esto tendré que consultarlo con Sus Majestades y ex-Majestades Reales George Bush I y II, Nicolas Sarkozy y Angela Merkel.
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