Greguerías Onduladas

Publicadas por Ramón Gómez de la Serna
en la revista Ondas de Unión Radio (1930)

Una de las mejores cosas de las conferencias radiadas es que no hay toses, y que uno pueda toser con libertad sin que se levanten siseos o protestas.

Todas las músicas de la Telefonía sin hilos se quedan en la cabeza, pues los auriculares evitan eso de que por un oído entren y por el otro salgan.

El radioescucha va convirtiéndose poco a poco en gran bombona musical.

Llevamos ya grabadas en la camisa del alma eso de EAJ 7 (Radio Madrid)

Cuando se nos fundió la luz estando oyendo la Radio, la oscuridad súbita no fue tanta, y encontramos mejor el nuevo espacio en que estábamos viviendo, larga cripta de sonoridad y luz.

Lo que es extraño cuando la que canta el tango se acerca mucho a nosotros, es no sentir el soplo de los secretos al oído, la cosquilla del viento de las palabras.

Al oír la banda militar vemos a todo el ejército en parada nocturna en la plaza de Armas.

Hay unas músicas que provocan la la imagen de la equilibrista sobre la cuerda floja, y otras que evocan a la amazona sobre su blanco caballo. ¡Quién iba a decir que esa partitura de Liszt era música de circo!

El piano de la Radio es el único que se limpia todos los días los dientes tres veces al día, como dicen los higienistas.

Cuando ese gran orador espontáneo que es Medina aparece por el micrófono, ese magnifico confesor que es Pavón, debería decir con voz de ferroviario: «¡Medina, un minuto!»

Cuando las músicas y los coros arman un guirigay conglomerado, se nota que sucede en el micrófono lo que en la jofaina cuando se desahoga llena de jabón y agua: la emisión se aglomera, rebosa, y parece que las ondas se aglomeran indecisas y no van a poder salir todas.

¿Quién baila esa música de baile de la Radio? Vemos parejas imaginarlas, que, como personajes de las novelas, se les podría llamar personajes de la música. Una particularidad de esas danzas de los bailes radiados es que van vestidas de blanco y su falda no es corta.

El astrónomo por radio tiene doble responsabilidad, pues la oyen los hombres y las estrellas. No es su confidencia la confidencia confinada del conferenciante de las salas de los planetarios o de las sociedades de Geografía.

Tinteros de amenidad son los auriculares.

Ahora es cuando ha sido verdad la frase lírica del «pentagrama» de los cielos.

La explicación novelística de por qué se une a tierra un alambre del receptor, es porque la tierra es el sitio acústico por excelencia, como lo demuestran los hombres del desierto, de las pampas o de los campos, cuando descabalgan para pegar un oído a tierra.

La emisión de sobremesa nos hace magnates. Sobre un magnifico mantel quedan casi llenas las copas de champagne y los mendrugos del mejor pan musical.

Unas de las cosas más gratas es hacer novillos a las lecciones de lenguas.

¿Y los demás? Los sentimos durante la emisión como el público de una inmensa y oscura sala de cinematógrafo llena de público.

En verano los automóviles atropellan a las ondas.

¿Y por qué en verano y no invierno? Porque en verano tenemos abiertos los balconee al ruido devastador de sus bocinas y sus frenos.

Al beber un vaso de agua oyendo la Radio, encontramos en ella un sabor grueso, como si fuese agua de sifón

Se nota mucho el constipado que a veces padece el que emite, y es cosa de que preguntemos a nuestro médico si es posible que sea contagioso a través de las ondas.

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