Oportunidades
Aquel hombre de casi 60 años, con poco pelo, nariz gruesa, una chaqueta gris algo raída, pantalón negro desgastado, estaba sentado solo al lado de la ventana de una confitería del barrio de La Boca en Buenos Aires. Allí escribía sobre una servilleta, una tras otra. Nadie hubiera imaginado que era el mejor poeta argentino.
Antonio de apellido Porchia, llegado a Buenos Aires desde la Calabria italiana apenas adolescente, componía con tenacidad de carpintero unas pocas y escogidas de las muchas frases que se le pasaban por la cabeza. Pensamientos, destellos de su soledad, la ausencia de padre desde los quince años, los amores atormentados, el trabajo diario de más de 12 horas en la imprenta del barrio de san Telmo, reflexiones sobre la muerte, el recuerdo, el suicidio.
Solo escribía, a mano, las máximas más contundentes, las sentencias que arañaban el alma. Todo aquel destilado lo volcaba en un pequeño papel con apenas unas pocas palabras cada vez. Al menos un renglón y nunca más de tres.
“Jamás digan que escribo aforismos. Me sentiría humillado”
Los amigos de Antonio llegaban casi cada día justo para una breve tertulia aprovechando el rato del café. Hacían un fugaz repaso de lo oído en la radio y leído en el periódico La Nación, pero rápido, para que el escritor tuviera tiempo y les declamara algún nuevo pensamiento de aquellas servilletas. La voz de Antonio entonces sonaba ronca y las palabras volaban entre el humo de los cigarros que, atraído por el sonido, acudía atropellado hacia aquella ventana, escuchaba también atento sobre las cabezas del grupo y, acabada la lectura, se desvanecía hacia el exterior.
– Tiene que hacer un libro con todo esto– le recomendaban los asistentes al acabar de leerles la dosis diaria.
– No creo que busque nunca esa oportunidad–contestaba Antonio– Mis voces han de ser efímeras, como las flores. Son la radicalidad del habla, del sonido, no de lo escrito.
Señores: ¡Hasta mañana!
Jacobo y Luis, dos de sus amigos, recogían aquellos maravillosos escritos y, como niños que se llevan golosinas gratis, los guardaban en sus bolsillos para volver a leerlos, antes de que, en otro caso abandonados, acabarán en el suelo mezclados con las migas, el polvo y las colillas de tabaco, revueltos delante de una escoba al barrer el suelo del bar.
“Si no levantas los ojos, creerás que eres el punto más alto”
Pero tanto insistieron sus contertulios que Antonio se animó.
– He enviado a la revista literaria SUR un grupo de mis sentencias por si surge la oportunidad de que les gusten y me los publiquen. Igual si acabo viendo unas pocas en papel impreso me animo y edito un libro.
Un mes después, Antonio, con cara de pocos amigos y una carta en la mano con la que golpeaba mecánicamente la mesa de mármol, miraba por el cristal.
– ¿Qué ha pasado? — Le preguntó Jacobo.
– Mal día. El director de SUR me contesta –señaló el sobre– que me publicarán mis frases si les dejo a ellos editarlas, que son buenas pero que tendrían que meiorar la puntuación y estilo. ¡Este hombre parece que no sabe que la puntuación cambia el sentido y es el estilo mismo! Al abrir el mensaje me pareció un insulto, pero igual lleva razón y mis frases no valen tanto. Quizás son para escuchar y no para leer.
Antonio abatido dejó de ir durante unas semanas a la tertulia. Cuando un lunes apareció de nuevo un grupo de personas estaba esperándole.
– Antonio, hemos juntado los ahorros de mucha gente y con ellos se ha creado “Impulso”, la Agrupación de Gente de Arte y Letras del barrio de La Boca. Vamos a organizar todo tipo de acciones culturales y nos gustaría tener el honor de publicar tu libro, de ser tus editores.
Antonio no sabía que decir, era ya mayor y creía que igual no tenía tiempo para oportunidades, pero ahí estaba la fortuna mostrándose de la mano de sus vecinos.
– Quizás tenéis razón. Voy a escribir mis voces en un libro, pero con mis puntos y comas, ¡no se os olvide! –rió– La suerte hay que crearla, no esperar a que te llegue de la mano de una revista de críticos apolillados. Espero acordarme de muchos pensamientos que igual ya se me habrán ido y si no los haré nuevos.
Jacobo y Luis no dijeron nada pero se miraron cómplices. Al día siguiente aparecieron con una caja en la que estaban todas las servilletas y papeles que habían guardado como hormigas aquellos años.
– Por si un día llegaba la oportunidad — le dijo Jacobo al dársela.
Antonio se sorprendió, no imaginaba que sus amigos le habían guardado más de 400 papelitos con sus pensamientos: sus “Voces”, que así se llamó el libro..
“Hablo pensando que no debiera hablar”

Los pocos ejemplares que se imprimieron se iban vendiendo aunque despacio, quizás, más allá de los comprados por los miembros de la agrupación, demasiado despacio.
Aún así, cuatro años después no quedaba ninguno en las tiendas y Antonio y sus amigos de Impulso decidieron hacer una segunda edición con nuevas voces pero idéntico título.
Porchía esta vez estaba angustiado, la tirada era mayor y el riesgo económico más importante. Meses después de salir de imprenta, cada día al volver a casa seguía viendo en el escaparate de una librería cercana un pequeño montón de ejemplares, siete en concreto que tenía contados. Aquella pila nunca bajaba. Parecía que todos los posibles lectores de Buenos Aires, seguramente sus propios amigos, familiares y miembros de la agrupación, tenían ya uno.
Recogió, desilusionado, tienda a tienda, librería a librería, aquella segunda edición. La empaquetó en unas cajas que donó a la “Sociedad Protectora de las Bibliotecas Populares”. El público comprador parecía darle la espalda pero quiso otorgar a su obra una nueva oportunidad con la gente humilde, los que le buscaban por las mesas y estanterías de las bibliotecas públicas, quienes no puedían comprar, quienes leían su libro prestado y copiaban sus voces que luego regalaban, que luego releían.
Y lo que parecía un fracaso se dió de repente la vuelta. Roger Caillois un crítico y poeta francés que había huido de la Guerra Mundial en Europa se encontró en una de aquellas bibliotecas populares con un ejemplar.
Nada más leerlo, fascinado por aquella obra única (en la biblioteca le habían dicho que aquel autor solo había escrito ese libro), emprendió la búsqueda de Antonio del que nadie sabía apenas nada. Que si las dificultades económicas le habían llevado a vender su casa, que si ahora solo se dedicaba a cultivar flores, que si había vuelto a Italia, que si, incluso, podía haber muerto, pero nada era seguro. Hubo de ser en una confitería de Boca donde le dieran la nueva dirección postal de Antonio Porchia, que se había ido ya de aquel barrio a una zona aún más humilde, si eso era posible.
Roger anotó la calle en una página de cortesía del ejemplar que llevaba encima:
Porchia
Calle Antonio Malaver,1647. Barrio de los Olivos.
Y allí se acercó unos días después, ya tarde, casi a la hora de cenar.
El poeta vivía en una pequeña casa de una calle sin asfaltar, de una sola altura y dos ventanas, a la que se entraba por un pequeño porche exterior lateral lleno de flores.
Estaba oscuro y no había nadie dentro.
El francés espero paciente de pie en la calle hasta que pasadas las 11 de la noche vio como Antonio se acercaba caminando.
– Buenas noches. ¿Es usted Antonio Porchia, el autor de Voces? Encantado de conocerle. Me llamo Roger Caillois, soy también escritor. Su libro me parece maravilloso. Me han dado su dirección en un café que frecuentaba. Me gustaría hablar un momento, si es tan amable. Siento las horas pero es el único momento en que puedo acercarme tan lejos.
Intrigado, Antonio invitó a aquella visita inesperada y nocturna a tomar un café. No sabía todavía que se fraguaba la mejor oportunidad de su vida.
Roger le pidió permiso para traducir “Voces” al francés y, tiempo después, publicó su obra en Francia donde tuvo mucho éxito, consiguiendo críticas impresionantes, incluso de artistas como Henry Miller y Andrè Bretón. El propio Caillois, cuando enseñaba el trabajo de Porchia solía decir “Por una sola de estas frases yo cambiaría toda mi obra”.
La popularidad en Europa hizo que su libro empezara a venderse también en América y su trabajo a considerarse. Porchia seguía siendo un humilde orfebre de frases y para celebrar su éxito invitó a sus amigos a unos tragos de vino francés en su casa. Jacobo y Luis llevaron unas empanadas de carne.
En plena celebración llamaron a la puerta.
El director de SUR y dos de sus redactores venían a convencer a Antonio para publicar una selección de “Voces” en las páginas centrales del próximo número de la revista.
– ¿Sin retoques? –preguntó sarcástico Porchia.
– Señor Porchia, no deberíamos cambiar ni una coma de la que ya es una de las obras maestras de la literatura argentina.
Relato ficcionado basado en algunos datos reales (otros no) de la vida de Antonio Porchia, autor de un único libro: “Voces”
