
Eso no se toca
O cómo el ahorro de costes fomenta el fanatismo
Ayer fui al súper de mi barrio y, al pasar junto a la sección de fruta a granel, se me antojaron unos paraguayos. Así que agarré una bolsa y metí cuatro gordos y maduros en ella. En ese momento, un señor no mucho mayor que yo, con camiseta y pantalón corto, me recriminó que no usase guantes de plástico.
—¿He tocado alguna pieza que no esté ahora en mi bolsa?
—Pero es que hay que ponérselos.
—Eso será si me dedicase a manosear piezas de fruta que luego no me llevo, como haces tú.
—Si vas a comerte la fruta sin lavar, tu menor problema es que yo la haya manoseado.
Y aquí, habiendo dejado ya claro que no iba a amilanarme, acabó la discusión y pasó a murmurar y gruñir por lo bajo.
Entiendo que haya gente que de verdad crea que los demás son unos guarros y lo único que le separa del contagio de una enfermedad mortal y seguramente muy dolorosa sean los guantes de plástico del supermercado. Pero no.
Es bastante más probable que pilles una enfermedad cuando alguien estornuda a tu lado en el metro o la oficina. Si la piel de un plátano es algo letal, repleto de gérmenes, bacterias y demás miasmas, no hablemos del tirador de la puerta de un aseo público o de las monedas que te da de cambio el kiosquero. ¡La barra del autobús, qué horror!
Además, es bastante complicado que el contacto con las manos de un humano medianamente aseado (¡ejem!) añada más suciedad a la que la pieza de fruta acumuló en el campo, durante su manipulación y en el transporte hasta el punto de venta.
Para más inri, los guantes en sí no son especialmente buenos, se rompen con facilidad, y a veces vienen ya con agujeritos para que resulte fácil ponérselos. Difícilmente pararían al virus del Ébola. Incluso aunque fueran estériles, todavía tengo que ver al cliente de una frutería siguiendo el protocolo de colocación correcto.
En cualquier caso, todos estos argumentos no harán mella en el ciudadano concienciado y convencido de que si el supermercado se molesta en poner guantes de plástico junto a la fruta por algo será, como por ejemplo su salud y la de sus seres queridos.
Y sí, es por algo. Concretamente, por ahorrar dinero: en lugar de tener una sección de frutería atendida por fruteros profesionales o envasar la fruta en bandejas “filmadas”, se compra en cajones de 5 o 10 kg y se deja que los clientes se sirvan la cantidad que deseen. Un punto importante es evitar la molestia y el engorro que supone ayudar a quienes se manchen, bien por manipular una fruta que no esté en su mejor momento, bien por simple torpeza. Con un dispensador de guantes de plástico, arreglado. Y por el mismo precio se da una falsa pero confortable sensación de higiene, mensaje que puede reforzarse con textos explicativos junto a los dispensadores para mayor efecto dramático.
Lo siento, pero no. Además de no servir para nada (principalmente y al margen de todo lo anterior porque al final depende de que quienes pasen por allí actúen correctamente, algo que atenta contra la propia naturaleza humana), uno es ecologista y se preocupa cuando ve esas papeleras repletas de guantes desechables arrugados. Eso sin contar con que todos nos hemos criado comiendo fruta comprada a un señor que agarraba las piezas con sus manos desnudas para meterlas en un cucurucho de papel, y no recuerdo grandes epidemias causadas por la falta de guantes.
Si usted es un histérico, apunte hacia otro lado. Evite confundir el ahorro del supermercado (por cierto, en puestos de trabajo) con la higiene básica. Confíe un poco más en el género humano y algo menos en los intereses comerciales.
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