Desollado

Todo comenzó cuando recogí el caramelo y me lo eché a la boca, joder, que placer. Sabía a todo aquello que creía olvidado, me dio frescor y era tan dulce que ardía, era tan esponjoso que creía que me iba a partir los dientes apretando…

Cuando llegue a casa, me senté, pasé la lengua por los labios y los dientes, el sabor me devolvía algo metálico, sangre… No lo sé.

Creía que iba a seguir soñando con todo ese fresco inicial pero no, sabía a sangre. Al instante comencé a notar unos picores horribles en las muñecas, dicen que ahí tenemos pulsaciones pero no era esa la sensación.

Me rasque muñeca con muñeca, no remitía, incluso quemaba, me ardían las venas, más azules que nunca, las frote hasta dejar la piel tan roja como el frío puede dejar las orejas en Siberia.

Las metí bajo el agua y solo sentía dolor… Pura presión, algo iba a reventar.

Me metí la mano en el bolsillo, rebusqué con ansia, metí hasta el codo haciendo presión y de nuevo ahí estaba: el caramelo… Todo pasó, otra vez, cogí aire y disfruté.

Pude respirar, me miraba y no me lo creía, pero, vale, ahora con esto en la boca todo era menos importante, todo, otra vez.

De nuevo, ya no quedaba rastro del caramelo y me mire las muñecas, había algo raro. Revisé y había una pequeña muesca en una de mis muñecas, sangraba muy despacio, pellizque un poquito la piel y sonó como «fiiiss» salió fácilmente… Me estaba desollando, saque dos tiras, tres, esa muñeca izquierda era una masa roja y pegajosa, me dolía como si me quemaran los pies con sopletes pero no podía parar de desollarme. Retiraba la piel, sin gritar, apretando los dientes, los ojos fuera de las órbitas y podrido en tensión, tirando las sobras sangrantes a mi lado.

Mire la otra muñeca y ella sola había empezado a estriarse, rasqué fuerte con las uñas y me saque otro montón de piel, sobraba todo, me dolía más, pero no podía parar.

Me estaba desollando, me hundía en mi sangre y seguía ahí … Estaba siendo engañado por mí mismo, otra vez.

Me tumbe con los codos apoyados en las costillas, veía la carne sobrante y la sangre, no lloraba, no sentía nada.

¿Cuánto era capaz de perder por un simple caramelo?

Yo mismo sabía que no me quedaban más, que aunque quedarán serían una mentira.

Pero con las muñecas apoyadas en la cara, llenándome de sangre la mirada, saboreando la sangre que caía en mis labios, no podía parar de pensar «estoy deseando tener ese puto caramelo de nuevo, me da igual perder el cuerpo desollado».

Imbecil y desollado, engañado y desollado…

Otra vez.