¿Podemos vivir sin las palabras?
¿No es el silencio o la ausencia de escritura una señal de la muerte, del olvido y la extinción? Contra esto –vanamente- luchan las palabras

Para nuestras necesidades vitales y urgentes, las palabras no valen demasiado. En la guerra, en el hambre, en cautiverio, no sirven de nada. Con palabras no se llena un estómago vacío ni rompe sus muros un prisionero.
Si desechamos cualquier beneficio a nuestros cuerpos, se deja sentir una importancia única en el uso de las palabras. Es una finalidad, si me lo permiten, metafísica: cristalizar el ayer en el presente y detener el tiempo. Es un empeño ilusorio, tal vez, pero nos reconforta en muchos sentidos.
¿No es el silencio o la ausencia de escritura una señal de la muerte, del olvido y la extinción? Contra esto –vanamente- luchan las palabras.
Quizás por eso no hay nada más desolador que el final de una buena conversación, que la última página de un libro genial, que la última nota de una canción sentida, después de la cual volvemos a un silencio sin esperanza o sin interés.
Sentimos que mientras haya una palabra hay esperanza o cierto advenimiento de cosas nuevas.
Luego están las palabras de la publicidad y la política que rigen, en general, la vida de las personas y la sociedad. Se trata de un lenguaje diferente, que utiliza los mismos conceptos del ámbito cotidiano pero con otra connotación.
Se presentan entonces mensajes estandarizados, “precocidos”, “recargables”. Palabras sagradas o de gran fuerza emotiva como “padre”, “madre”, “libertad”, “amor”, “igualdad” sirven de gancho o anzuelo para atrapar la atención de la gente y dejarla después igual que antes: en su necesidad de certezas o estímulos.
Cuidado con las palabras: valen tanto y valen nada.