LA ABNEGACIÓN MATINAL

El respeto al sueño ajeno es… ¡ya dejen dormir!

Tener un trabajo a dos horas y media de camino o que la escuela quede al otro lado de la ciudad son razones suficientes –por su obligatoriedad– para despertarse temprano. Sin embargo, es inaceptable cualquier otra actividad para abrir los ojos a las cinco de la mañana. Tal vez el acudir al gimnasio o al parque más cercano para ejercitarse pueda considerarse también como una actividad para llevarla a cabo a temprana hora. No obstante, un parque antes de las seis de la mañana puede ser muy peligroso: en ese momento los policías que lo cuidan duermen profundamente en el interior de la patrulla y no levantarán ni las pestañas si el runner es asaltado por un par de rateros trasnochadores –aunque tampoco lo harán si fuera mediodía–, o si el individuo es correteado por una jauría de perros callejeros que se sintieron amenazados cuando les espantó el sueño al vislumbrar su silueta como una ánima en pena.

Otra razón por la cual uno está obligado a despertarse muy temprano se la debemos a la bendita burocracia, por supuesto que estas huestes nunca pondrán el ejemplo, ya que ellos comenzarán a laborar pasaditas de las diez de la mañana con tremenda bonhomía y desdeñando las miradas soñolientas y mentadoras de madre de cientos de usuarios, que ante la ingente demanda por un servicio público –y cuya lentitud es inminente– se vieron obligados a acudir a las respectivas oficinas desde tres horas antes –inclusive hasta ¡cuatro horas!– para realizar un trámite de treinta minutos.

Que si vamos a donar sangre, hay que estar a las cinco de la mañana para ser de los primeros; que si queremos tramitar el carnet para la leche, hay que formarse desde las seis y media con los papeles a la mano; que hay que inscribir a los niños a la escuela, pues debemos apartar un lugar desde antes de las siete; que hay que empezar con el papeleo para la pensión vitalicia, pues uno tiene que formarse afuera del seguro desde las cuatro de la mañana; que hay que pagar predial y agua, pues a correr se ha dicho desde las cinco y media para ser de los primeros y que nos hagan un quince por ciento de descuento; que ya viene el pago anual de impuestos, pues a madrugar para salir a buena hora; que ya se venció la licencia de manejo, pues a pedir permiso en la chamba para renovarla. En los últimos años, ante la colosal cantidad de usuarios, se ha venido implementando en estas oficinas la previa cita para evitar aglomeraciones. Parece que ha disminuido la cantidad de gente que abrigada y en una larga fila contempla cómo la aurora aparece detrás de aquellos edificios y miran al policía-velador que tras la puerta de vidrió atiende un pequeño radio AM con una colcha de Chiconcuac sobre las piernas.

En el caso de los que tienen que acudir al trabajo o a la escuela a muchos kilómetros de distancia, su viacrucis comienza desde las cuatro y media de la mañana cuando se despiertan con la sensación de no haber dormido lo suficiente –es inevitable, todos los días va a ocurrir esto–; claro está que si se duermen antes de medianoche por estar mirando la televisión el resultado al día siguiente es por demás deplorable. Me cae que ahora sí, en cuanto llegue me duermo, prometerán esto quitándose las legañas y acicalándose el alborotado cabello para estar listos en una hora. Al salir a las solitarias y, todavía, oscuras calles atisbarán constantemente a todas partes: existen ladrones que trabajan a esas horas. Ya en el paradero del transporte público harán todo lo que esté en sus manos –y en sus caderas, piernas y codos– para ganar un asiento en el colectivo que les permita echarse un coyotito, porque las ganas de dormir a esa hora siguen latentes y hacen que la caballerosidad no exista: ¡Oiga señor! perdone que lo despierte, pero no sea gacho, cédale el asiento a esta mujer embarazada.

Desde antes que despunte el alba, vemos a miles de hombres y mujeres que invaden esta enorme ciudad, algunos ya van avispados porque ese licuado de avena y plátano en verdad levanta; otros traen el amohadazo porque da hueva bañarse a esta hora; otros ya fuman el primer cigarro del día con la panza vacía; otras, aún con el cabello húmedo, apuran el paso deseando ganar un asiento en el microbús para que les permita maquillarse; otros caminan sin preocupación con tremendos audífonos y el cierre de la chamarra hasta arriba porque la onda térmica está canija; y otros maldicen al pinche supervisor porque se le ocurrió la grandiosa idea de cambiar el horario de entrada a las siete de la mañana con el argumento de maximizar la producción: ¡Claro!, como el cabrón vive a 20 minutos del trabajo.

El crecimiento demográfico incontrolable en esta urbe, las colosales –y ya rebasadas– demandas laborales y escolares y, por ende, las pocas ofertas que empresas y escuelas públicas hacen a muchos kilómetros del hogar, son, creo, los factores que desencadenan que miles de hordas de somnolientos invadan las calles de la ciudad antes que el sol asome. Para toda persona, sería ideal tener un empleo a quince minutos del hogar o que la universidad se encuentre a dos estaciones del metro; por desgracia sucede esto en pocos casos, y nos topamos con estudiantes que acuden diariamente a CU desde Huehuetoca o con albañiles que viajan desde Chalco hasta Santa Fe. ¿Por qué? Porque allá está la carrera que quiero. Porque allá pagan mejor. Porque hasta allá me ofrecen algo relacionado a mi profesión o a mi oficio. Porque allá vive mi novia. Porque solamente ahí me dieron la chamba. Porque quiero conocer gente diferente. Porque es CU wey y la cuota anual es en centavos y puedes fumar mota en las “islas” sin pedos. ¡Goya! ¡Goya!

Ante tales circunstancias, la solución perfecta para evitar la horrenda desmañanada, es que el trabajador o el estudiante consideren la mudanza a una colonia adyacente al trabajo o escuela. Esto sería lo ideal y evitaría los congestionamientos viales y humanos de todos los días que son los que retrasan, ¡por horas!, el arribo de miles de personas a sus diferentes destinos: ¡No chinguen!, los sábados hago media hora de casa al trabajo. ¿No entiendo por qué entre semana hago más de dos horas? Sin embargo, el salario o el presupuesto del estudiante si no dan para una renta asequible menos darán para comprar una casa.

Otra razón es el arraigo a la colonia en la que radicamos, ya sea porque siempre hemos vivido ahí y nos cuesta cambiar de aires o porque en esa misma calle viven los abuelos, tíos, primos y hasta los padrinos. Es que en mi familia somos muy unidos, dirán los más enraizados a su barrio y los más obstinados en jamás salir de él, a pesar de las cinco horas diarias que se la pasan en el transporte público recargando la cabeza en el hombro del desconocido compañero de asiento. ¡Cinco horas! ¡No la amuelen!

Ante las soluciones que todos desdeñan por ausencia de capital y por necedad para mudarse, no nos queda más remedio que seguir siendo unos abnegados por la falta de sueño, de escuchar todos los días el despertador a tan temprana hora y sufrir para incorporarnos de la cama porque no creemos que la noche pasó en un santiamén; de bañarse desde un día antes para dormir por la mañana media hora más, aunque apestemos todo el día a cama y a baba; de victimizarse con los compañeros del trabajo porque uno hace tres horas de camino: Parezco vampiro, cuando salgo de casa todavía está oscuro y cuando regreso ya oscureció; de saber que estamos engordando porque no nos da tiempo de preparar en el hogar el desayuno y comemos todos los días dos guajolotas en aquel puesto de tamales que está a una cuadra del trabajo; de mentarles la madre a todos aquellos que dicen que al que madruga Dios lo ayuda como si fuera un decreto que al exclamarlo hace que el sueño acumulado desaparezca milagrosamente; y de querer enclaustrar en un psiquiátrico a aquellos intransigentes que desde temprano aborrecen todo y a todos por la torcida idea de que los demás tienen la culpa de sus trastornos de sueño.

Ante todo esto largamente expuesto, existen personas que creen que levantarse temprano tiene sus beneficios tanto para la salud y como para realizar más actividades durante el día –aunque a las nueve de la mañana traen una somnolencia abrumadora–. Esta clase de gente es horrenda, porque son los que sin trabajar y ni estudiar –jubilados de tercera edad o amas de casa preferentemente– ya están barriendo su banqueta a las seis de la mañana o ya andan chancleteando por toda la casa sin motivo alguno; peor aún, son los que al realizar un trámite se pelean con el trabajador social porque no los atienden como se debe: ¡Carajo! ¡De nada sirve llegar a las cinco de la mañana! Son los que se jactan ante los demás de que ellos pelan los ojos antes de las cuatro y cuando uno les pregunta ¿para qué?, no saben qué responder; son los que despiertan a los demás vecinos desde las siete con el ruido atronador de la desbrozadora porque a esa hora se les ocurrió podar el césped, y cuando uno les reclama contestan con un ¡pues es que eran las siete!, porque para ellos a esa hora todos ya deben estar despiertos so pena de considerarlos unos verdaderos huevones.

Los que se levantan temprano por puro gusto creen que son diferentes a los demás, no tienen el mínimo respeto del sueño ajeno y harán todo con deliberada intención para que los familiares y vecinos se despierten: hablarán a voz en cuello, azotarán las puertas, prenderán la licuadora, escucharán música a volumen alto o prenderán la radio –las estaciones radiofónicas han pensado en últimas fechas en estos individuos y ahora nos encontramos con noticieros en vivo a las ¡cinco de la mañana!–, se sonarán los mocos sin pudor, harán llamadas telefónicas, romperán un plato, tocarán el claxon con frenesí cuando laven el auto, les silbarán a los gorriones, etcétera.

Creen que levantarse temprano es una obligación humana que dignifica –no he visto estatuas o glorietas que enaltezcan esta virtud, pero si las hubiera me imagino una figura humana de bronce en pijama, pantuflas, bostezando y estirando las manos en señal de alejar la modorra, y en la base una placa que diga: Monumento del madrugador, porque madrugar nos hace libres, etcétera–. Para ellos el quedarse en la cama una hora más los convierte en unos holgazanes, por eso huyen del placer que las sábanas les pueden dar por media hora más; están convencidos de que en su día harán muchas actividades, pero a las diez de la mañana ya están en la sala de su casa contemplándose los dedos de los pies; no perderán la oportunidad de hacer énfasis ante el nieto o el vecino, que a mediodía todavía traen el sopor, de las virtudes de levantarse temprano, aunque ignoren que el nieto se levantó a esa hora porque llegó de madrugada enfiestado y de que el vecino lleva quince días trabajando en el tercer turno.

El levantarse temprano, si no es para ir a trabajar, estudiar o realizar un trámite, es una actividad que usted puede evitar, y más en una ciudad como esta donde cada día arribar a un destino se prorroga considerablemente. Si no tiene cualquiera de aquellas obligaciones, usted está en pleno derecho para quedarse dos horas más debajo de las cobijas, muchos lo hacen, y si lo hace disfrútelo. Pero si es de los que creen que madrugar hasta en los fines de semana es bueno por hábito y por salud, está bien, allá usted, pero es importante exhortarle que respete a la cantidad de huevones, según su percepción, que en domingo duermen hasta avanzada la mañana y no los joda con la desbrozadora a las siete en punto.

José Alonso Morales Colín

Escríbeme a: alonsomoralesc@gmail.com

)
Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade