LA FIESTA ES ETERNA

¿Pues a ‘quioras’ me fui a dormir?

¡Y que se arma la pachanga! Sin decir agua va todo se fue preparando hasta explotar en un jolgorio inolvidable que terminó a las seis de la mañana con un grupo de borrachos que bailaron y cantaron rancheras. ¿Acaso no valía la pena? Todo vale la pena: los quince años de la prima, la confirmación, el cumpleaños noventa de la abuela, el bautizo, la boda del sobrino, hasta el triunfo del equipo llanero de futbol de la colonia o nada más por el gusto de haberse reunido sin proponérselo. Total, cerramos la calle y ponemos una lona; Total, barremos bien el patio y ahí acomodamos las mesas y las sillas. Total, pedimos cooperación y rentamos el jardincito de acá a la vuelta. No hay pretextos: de que la pachanga se hace, se hace.

Entre el alto volumen de la música que no cesará esa noche, dirá el más excitado de la reunión: Es que nosotros somos bien fiesteros, ¡cómo chingados no!, y le dará el trago a su cerveza hasta acabarse el líquido. Fiesteros o no, las estadísticas no mienten y dicen que cada vez aumenta el consumo de alcohol en la población y los más jóvenes lideran este rubro. Pero no vamos a aguar la fiesta, porque no es el objetivo de esta columna. La pachanga es el sitio ideal para olvidarse por completo del trajín semanal; es el lugar preciso para que toda la familia se junte, es el punto indicado para bailar con esa vecina de la que uno está enamorado hace tiempo –Desde que estábamos en la primaria me gustas mucho–; es el momento en donde los cuates de la colonia pueden cotorrear, es la oportunidad ineludible para pedirle al hojalatero de la colonia que dejé trabajar al hijo medio día en su taller –Es que me salió bien huevón don Nico, écheme la mano por favor–. En fin, que la pachanga es un área de oportunidad en donde la familia y los vecinos conviven, generan una cadena de favores, se olvidan de los problemas cotidianos, se la pasan a todo dar y terminan hasta la madre de borrachos.

Por lo general, es el sábado por la tarde cuando la convivencia inicia. La demanda sabatina se debe a que muchos no trabajan al día siguiente, veinticuatro horas son suficientes para liberarse de la resaca y de un terrible sueño por la desvelada de ayer. Si bien la mayoría aplica aquello de seguir la fiesta y regresa al lugar para devorar el recalentado, algunos amanecen ahí –¿Quién es el señor que está dormido en la sala?–, porque de un recalentado con la sobras del banquete, con cerveza para curar la insoportable cruda y con buena música, también se vuelve a hacer un buen pachangón. A pesar de que el cuerpo ya pide cama y denota un ingente cansancio, hay que sacar fuerzas de flaqueza y seguir en la pelea so pena de ser un verdadero amargado.

Por las mañanas de los sábados uno puede advertir los preparativos: en las calles de nuestra colonia vemos una pequeña carpa allá, un enlonado por acá –¡Pinches vecinos, ya volvieron a cerrar la calle!–, un dueño de un salón de eventos recibiendo la barbacoa; una joven yendo apurada con su madre a la estética porque la cita era a las diez y ya es casi mediodía; un cazo hirviendo con las carnitas ya sumergidas; mujeres acomodando en las mesas los manteles y los arreglos florales que invariablemente desaparecerán; una camioneta que trae el sonido –vieja y descascarada ésta y con el rótulo psicodélico que dice Sonido Maestro, la excelencia audio digital– hace maniobras para entrar por el zaguán; un esposo llegando a casa con kilos y kilos de pierna y muslo de pollo para el mole y el arroz de esta tarde. Todo marcha bien, aunque hay que considerar que los imprevistos están a la orden del día: Oye viejo, ¿sí compraste los saleros y los servilleteros? A correr se ha dicho.

Luego viene la celebración religiosa. En el atrio se reúne los invitados ataviados con un traje negro impecable, la corbata color vino, el zapato bien boleado, el vestido de noche a las tres de la tarde, el tocado irrepetible, las zapatillas de quince centímetros de altura, el maquillaje exagerado –¡Ay hija, mira nada más!, ya se te corrió toditito el rímel–; y comienzan más imprevistos: que no llega la novia; que la mamá sigue en la estética; que el padrino de anillos tuvo un accidente; que un chambelán ya no quiso salir; que el fotógrafo cobra bien caro; que a ver si no se enferma el bebé cuando le mojen la cabecita; que márcale otra vez a la novia para saber dónde viene; que ya ni la chinga, etcétera.

Si bien los sacerdotes exhortan hasta el cansancio que lo importante es este evento espiritual, son pocos los asistentes a la iglesia. La fiesta es lo de menos, dirían los prelados, pero a todos los que reciben el sacramento les importa poco el discurso del párroco, ellos ya están pensando en que ojalá y la pasta no esté salada; que ojalá y venga la prima que nunca viene; que ojalá y el padrino se vea espléndido con el bolo; que ya me gasté una buena lana en esta fiestecita; en pocas palabra este evento religioso es un trámite ineludible, pero insignificante. Porque lo importante es –¡obvio!– la pachanga.

Y ahí estamos, en la mera pachanga: carcajadas, saludos, abrazos, brindis, música de fondo –Si, si, bueno si, probando, probando, uno, dos, tres– y empieza la comilona, porque da gusto ver a toda la familia reunida. De allá para acá corren los meseros sirviendo más platos, llenando vasos de agua de jamaica, refresco Jarrito de piña o pulque, entregando cerveza al que la solicite –¡Ya José!, que ya andas bien briago y aún no has comido–, sorteando a los niños que corren entre las mesas con el peligro de que la charola que llevan en lo alto y con cinco órdenes caiga en la cabeza de la tía mayor –que por cierto, cada día está más gorda y es más engreída–.

Cuando no hay para meseros vemos a la mamá, a las tías y hasta la vecina metiche –¡que no podía faltar a esta fiesta!– sirviendo con frenesí, incluso hasta tres horas después cuando ya todos bailan y brindan una vez más, porque nunca falta la pareja impecablemente vestida que con un regalo atenazado hace acto de aparición a las ¡once de la noche!, y con una sonrisa bonachona abre los brazos y le dice al anfitrión: ¡No nos podíamos perder de esta pachanga!

Después del banquete comienza el baile. Vamos a mover el esqueleto. Que una cumbia, que una salsa, que una norteña, que ahora bailen los más chavos con un reguetón, que no rompas más mi pobre corazón, que bien agarraditos, manito con manito, y dando un golpecito. Vemos cómo el padrino ya está solicitando Swing the mood, y que el abuelo quiere un danzón para sacarle brillo a la pista, y que ya están repartiendo globos alargados y antifaces –Brasil, la la la la la la la laa, la la la la la la la laa. –. Que despejen la pista porque ya viene la víbora de la mar; que ese wey es bien infiel y fue el que ganó la liga; que ya se están peleando allá afuera; que vamos todos; que ni madres; que cierren las puertas; que ya le pegaron a José; que está bien porque pinche José cuando ya está borracho le falta al respeto a todo mundo; que ya llegó la policía; en fin, la pachanga ya es una realidad. La fiesta ya es eterna.

Pero todo tiende a ir a la baja y es a la una o dos de la mañana cuando los niños ya duermen en tres sillas acondicionadas como camas y con los abrigos encima; es cuando la esposa va a traer al marido que ebrio ya está enfrascado en un debate con un desconocido ídem –¡El América es tu padre, cabrón!–; es cuando los arreglos florales desaparecen de las mesas; es cuando al joven somnoliento le hacen cargar los dos platos de desechables que a guisa de tapaderas cubren tres kilos de carnitas; es cuando la pandilla de la colonia ya compró en el Oxxo cercano una botella de tequila porque ya no había más vino; es cuando la pachanga va a continuar ahora en la casa de alguien más; es cuando la hija le pide permiso a la madre para quedarse en casa de la prima, pero no la deja porque se dio cuenta de que la niña bailó muchas piezas con ese joven de pelos parados y aire seductor. Total, que apagan las luces y nadie se da cuenta de que había que llevar al abuelo a su recámara porque después de bailar Nereidas se quedó dormido en una silla y está a punto de precipitarse al suelo.

José Alonso Morales Colín

alonsomoralesc@gmail.com