Y DANOS EL BORLOTE DE CADA MES
¡Mucho ruido y pocas nueces!
Lejos de las situaciones que terminan en tragedia, las broncas vecinales suceden en cualquier colonia popular de nuestra inmensa urbe. La gran mayoría de las ocasiones, creo, el detonante es algo tan estúpido e injustificado que desencadena un escándalo por la cantidad de gente involucrada, o que cree que está involucrada por el solo hecho de estar mirando la disputa en primera fila y dizque tranquilizando a los contendientes, cuando en realidad no hace nada por disipar el tremendo borlote que empezó en el patio de un hogar y que ya llegó a plena calle con treinta personas gritándose injurias.
Las ofensas, las mentadas, los empujones, los puñetazos y las amenazas –en presente y/o en futuro: ¡Te voy a madrear cabrón! y/o ¡Ya te encontraré culero y ya verás!– se manifiestan sin cesar durante la gresca. Por los tiempos tan violentos que vive nuestro país, afortunadamente y en una gran mayoría de este tipo de casos el resultado nada más es un ojo morado, un descalabrado, una desgreñada, un labio partido, una patada en las nalgas, un zape sagaz, un nuevo chimuelo, un macanazo por la llegada de la patrulla y ¡vámonos todos a la delegación porque varios vecinos ya se quejaron de cada ocho días es lo mismo con ustedes.
Algo que no podemos evitar es que existe gente pendenciera o, en su defecto, que nosotros mismos lo seamos y que al mínimo vuelo de una mosca ya estemos echando espuma por la boca y amagando al de enfrente porque nos vio feo. Los avezados en convivencia vecinal sugieren ignorar o llevar una buena relación con esta clase de gente, para llevar la fiesta en paz, dirían con sabiduría hindú, pero hasta el experto en paciencia y control emocional pierde los estribos ante un agravio y ahí lo verán vociferando improperios y liándose a golpes a medianoche –¡y en miércoles!– porque el vecino bravucón no le quiso bajar el volumen a su música: ¡Hazle cómo quieras cabrón! ¡No le voy a bajar porque estoy en mi casa!
Ya sea por algo circunstancial o por algo que se ha venido acumulando hasta creerlo una afrenta, es inminente que la convivencia diaria en todo barrio capitalino de vez en cuando se verá alterada por una reyerta entre vecinos. Como toda relación interpersonal, los vínculos vecinales tienen altas, bajas y muy, pero muy bajas. Estas situaciones muy bajas terminan, insisto, en verdaderas tragedias cuando las balas y las armas punzocortantes aparecen y el final es cruento, desdichado y proclive a aparecer en la contraportada de La Prensa –en la nota roja, una muerte por algo tan absurdo es digno de hilaridad–. Pero cuando únicamente la discordia incluye insultos y unos cuantos puñetazos y jalones de greñas, aquel dicho de mucho ruido y pocas nueces queda a la perfección.
Y digo que queda a la perfección porque cuando el escándalo alcanza su punto más álgido, los pleitistas ya se ven rodeados de gente que ha izado una de las dos banderas de la discordia y la defenderá de la misma manera: lanzando maldiciones, fintando ganchos contundentes al pómulo enemigo y emitiendo el clásico siseo al finalizar su ofensa: ¡Pues no te pases de lanza puto, shhhh! Todo esto tiene que hacerse con el pecho inflado para mostrar gallardía y que el rival se amedrente. La mera verdad es que este comportamiento no funciona; los que usan este recurso terminan pateados y llenos de polvo debajo de un automóvil. Y sí, todos los altercados empiezan y se desarrollan con tremendo vocerío y concluyen en un fiasco digno para exigir la devolución de las entradas, porque hay que decirlo: la gente que presencia y no participa este tipo de episodios está ávida de estos espectáculos porque alimentan su morbo y porque alteran la monotonía del barrio.
Motivos sobran para desencadenar una batalla entre vecinos, por desgracia, siempre resultan absurdos, fútiles y casi siempre desproporcionados al escándalo que se desborda, a su duración y a la prórroga inevitable que se hace en los posteriores días. Menciono esto último porque cuando la riña es contenida y la calle vuelve a su cotidianeidad, los que no estuvieron involucrados y nada más estuvieron de babosos tras sus ventanas la olvidarán a las dos horas. No obstante, los contendientes no. Para el perdedor la revancha es próxima y la confabulará hasta que la cumpla con escarnio: Yo sé a qué horas sale a trabajar ese wey, voy a dejar que agarre confianza y en dos semanas me lo voy a topar y ahora sí no se la va a acabar. Esta sentencia la dice mientras la esposa le pone hielo en el ojo.
Algunas causas de estos desencuentros suelen estar justificadas. Descerebrados abundan, conviven con nosotros en toda colonia y tarde o temprano nos sacarán de nuestras casillas. No obstante, de forma inevitable expresamos el tanto para nada al saber que la gran mayoría de las razones que propician un lío son por demás solucionables en un santiamén y sin que la sangre llegue al río: porque esa canija vieja nunca contesta los buenos días; porque el perro se orinó en el jardín de enfrente; porque la señora le dijo naco al hijo de la vecina; porque el papá acapara dos cubos de estacionamiento para su auto; porque ese grupito de vagos enfrente de la casa toman –Y de seguro se drogan y me preocupa porque a veces mi hija está sola–; porque el vecino se le queda viendo las nalgas a la esposa todas la mañanas; porque el día que salió la abuela con su silla de ruedas aquel viejo no le dio el paso; porque esos chamacos patean la pelota y ya van dos ventanas que rompen; porque esa señora tira la basura en el camellón; en fin, por causas-pretextos para comenzar una discordia no paramos, aunque evidencian una tóxica pero tolerada convivencia vecinal hasta que alguien exclama a los cuatro vientos el ¡ya estoy hasta la madre!
Las trifulcas no necesariamente son exclusivas entre vecinos. Debemos mencionar también a las familias disfuncionales que se exhiben ante toda la colonia cuando en la madrugada se agarran a chingadazos en plena calle porque el bebé, de treinta y dos años, totalmente borracho increpó al papá, igual de briago, las preferencias que éste toda la vida ha tenido hacía la hija. Y ahí tienen los gritos balbuceantes que despiertan a todo el vecindario que se asoma desde sus ventanas y mira –algunos con regocijo, otros con indignación– cómo el bebé llora incesante, se tambalea por la borrachera y le mienta la madre al desnaturalizado progenitor que con las manos en las bolsas del pantalón yace parado y bamboleante a media calle, mientras que la madre y la hija –en pijama y chanclas– tratan de controlar al hijo/hermano respectivamente con el ¡ya métete por favor que estás despertando a todos los vecinos! En estos casos, siempre queda un dejo de morbosidad de saber si al otro día la familia desayunará en la misma mesa o si el papá hará a un lado las preferencias hacia la hija. Sin embargo, un mes después estarán de nuevo discutiendo a media calle sobre el mismo tema.
Sin duda, el alcohol es un ingrediente que eleva las probabilidades de generar un pleito escandaloso y que termine en un fiasco inolvidable. El combatiente alcoholizado es cien veces más valiente que uno sobrio, no comprende –¡y jamás lo comprenderá!– que en este estado su equilibrio y sagacidad están mermados. Pero él jamás es un cobarde, tal defecto humano nunca estará en su mente cuando en su barriga yacen litros de cerveza y le entrará a la camorra sin dudar. Amenazará, espetará maldiciones, lanzará empujones, puñetazos y patadas que no darán en el blanco. Le hará saber al oponente que tiene contactos eficaces para hacerle morder el polvo –¡No sabes con quién te metiste hijo de la chingada; mi primo es judicial!– y será el primero en visitar el suelo, pero no por un golpe, sino porque se tropezará con la banqueta y de lo borracho se irá de bruces; ahí los contrincantes aprovecharán para acomodarle una que otra patada en las costillas; aunque a veces entre la algarada uno del mismo bando –y ebrio también– lo confundirá y le acomodará un puntapié en el culo para hacerle honor al llamado fuego amigo. Dan vergüenza esta clase de personas.
Por supuesto que todo pleito es inaceptable, aunque haya razones suficientes para acomodarle un recto a la mandíbula al vecino intransigente y hocicón, que por lo general son unos personajes cobardes y abyectos, porque son los incitadores, los imprudentes; son a los que corretean por muchas cuadras quince hombres encabritados y son los que terminan dentro de su casa envalentonados y gritando vituperios escudados detrás del padre y de la madre que blande una escoba para lo que se les ofrezca a esos quince tipos que quieren comerse vivo a su hijo.
Las broncas vecinales descubren la incapacidad de la sana convivencia de aquellos que se caracterizan por ser rijosos y fanfarrones; gente que no comprende aquella frase de respetar el derecho ajeno para preservar la paz. Sin embargo, los pleitos vecinales existen porque son generados por absurdidades incomprensibles, y si se quedan como un episodio inocuo, se olvidarán irremediablemente, aunque el tremendo borlote que se arma rebasará por mucho a aquello que lo propició. Debemos de agradecer siempre a los conciliadores –¡porque los hay en estas circunstancias!–; a los que llegan y paran el pedo con un grito; a los que separan a los más calientitos y los tranquilizan con vaticinios de revancha: ¡Ya wey!, luego vendrá la tuya; a los que agarran a los más enojados y los alejan del punto álgido; a los que les piden a esas mujeres que ya dejen esas piedras y a los que aceptan que en esta ocasión sí se los madrearon. Pero mención aparte merecen aquellos que atienden y levantan al valedor que yace debajo de un automóvil pateado y todo lleno de polvo.
José Alonso Morales Colín
alonsomoralesc@gmail.com
