Panza llena

corazón contento


Néstor Ezequiel en realidad es Jonathan. O Yoni. Así lo conocen en el barrio. Así lo querían anotar sus padres pero en el Registro Civil no los dejaron. Les explicaron que Jonathan es un nombre inglés y en ese entonces (dos años después de la Guerra de Malvinas) estaba prohibido. “Bueh, ponéle Néstor, qué sé yo. Pero es Jonathan”, contestó el padre del hombre que hizo el gol más importante de la historia de San Lorenzo.

Jonathan pateaba penales desde las 9 de la noche hasta las 6 de la mañana en los potreros de Merlo. La inscripción salía 10 pesos por persona y si ganaban podían llevarse hasta mil. Los Ortigoza vivían con la plata justa. Tanto que Jonathan usaba los botines que les hacía su propio padre. “Eran de cuero, cuero. Irrompibles. Pero yo quería que se rompieran”, recuerda.

Para ganarse el mango, Jonathan vendió cuadernos en el tren Sarmiento. Desde los 13 a los 15 años ofrecía “cuadriculados, rayados y troquelados”. Y también ayudó a sus hermanos, que trabajaban en una distribuidora de hamburguesas, y repartía la mercadería por $40 al día. Dos meses antes de debutar en la Primera de Argentinos Juniors se escapó para ir a jugar un torneo por guita en González Catán. Ricardo Caruso Lombardi, entrenador del equipo, se enteró y le tiró la bronca. “Qué querés que haga, necesito los 700 mangos”, retrucó.

Jonathan toma carrera recto a la pelota. Arranca. Mete un repiqueteo corto. Se frena. Un par de pasos más largos. Levanta la vista. Y segundos más tarde, sale a festejar. Con la mirada que muta entre la bola y el arquero, gira su pie derecho en el instante final, cuando el rival ya está inclinado hacia un costado. La pelota entra suave al otro lado. Siempre. O casi.

El 14 de abril de 2012, San Lorenzo recibía a Godoy Cruz en la Bombonera. Iban 15 minutos del primer tiempo y el Ciclón ya ganaba 1 a 0 cuando Jonathan se paró frente a la pelota y frente a Nélson Ibáñez. Hizo el mismo ritual de siempre y la soltó hacia el costado izquierdo del arquero, que alcanzó a desviarla con la punta de sus dedos. Hasta ese momento tenía el récord de haber metido los 19 penales que había pateado.

Cuando lo llamó Gerardo Martino para ofrecerle jugar en la selección de Paraguay, Jonathan no lo dudó. Su familia paterna es de ahí y el sueño de jugar un Mundial podía concretarse con solo un par de trámites burocráticos. Antes, habló con Diego Maradona y le preguntó si tenía chances de ir a Sudáfrica con la camiseta celeste y blanca. El DT de la Argentina tenía otras opciones: el socio de Yoni, Juan Mercier estuvo en la lista de 30 convocados pero luego terminó relegado por Mario Bolatti, quien se quedó con el lugar en la nómina definitiva. Ortigoza se nacionalizó y fue parte del plantel que cayó en cuartos de final ante España (campeón) y escribió una página histórica en el fútbol paraguayo.

Campeón en Argentinos Juniors. Campeón en San Lorenzo. Fue elegido el mejor jugador de la final de la Libertadores. Es gordo. Corre medio encorvado. Dice que si la visita al Papa es ida y vuelta en el día prefiere quedarse. Ofrece una escenografía espectacular en su primera entrevista televisiva como campeón de América: su familia en primer plano, la mano por encima del hombro de su mamá y detrás una hilera de ropa colgando de la soga, secándose al sol.

Con esa misma naturalidad agarró la pelota a los 36 minutos del primer tiempo. El Nuevo Gasómetro desbordaba. La historia, a doce pasos de distancia. Los mismos que lo separaban de cualquier pibe que se paraba en el arco en los potreros de Merlo. Esos que con una atajada querían sacarle los diez mangos que había puesto y despertarlo del sueño de llevarse una luca.