Sosias

No estaba inspirado, o eso creía al menos. En realidad, sentía tantas cosas que le era muy difícil expresarlas. Decidió que iba a escribirlas pero en tercera persona, a ver si así podía materializarlas y comprenderse mejor. El problema es que hay que estar muy decidido a encontrar las miserias propias para emprender ese viaje de llevarlas al papel (virtual). O no es un problema, quizás.

El punto es que estaba agotado, mentalmente abrumado. “Los pensamientos son soretes que flotan”, pensó. Sólo quería apretar el botón del inodoro y vaciar su mente, dejarse de pavadas, de revivir diálogos recientes. En ese ir y venir de las imágenes mentales se hizo una pregunta: ¿qué recuerdos tenía de momentos compartidos con su madre? Ninguno, creyó, y sintió un escalofrío. Bueno, alguno había. Una nueva imagen mental: los dos en un parque, de picnic y escuchando música en un viejo grabador. Otra, algo (demasiado) borrosa de ella diciéndole que la abuela no estaba bien, que se la habían llevado al hospital… realmente no recuerda qué le dijo pero sabe muy bien lo que sucedió ese día. Luego algunos recuerdos de la adolescencia, algunas peleas, mucha angustia, ansiedad e incomprensión. Fin de la película.

¿Cuánto de todo eso estaba presente en ese momento? La maldita terapia, que hace querer entender todo y explicarlo: “es la relación con tu madre la que no te deja avanzar”; “no, ahora el tema es tu padre, fijate de hablarlo quizás te venga bien” ¿Pero qué carajo tiene que ver el culo con la geografía? Mucho, seguramente. Nada, probablemente. “Podría intentarlo”, se dijo, “y ver si sirve de algo… o mejor no”. Mejor seguir andando, a los pedos, sin pensar, hasta darse la cabeza limpia contra una hermosa y gigante pared blanca, los huesos del cráneo reventando con un ruido seco y el cerebro ese de mierda pintando todo de rojo furioso. Si, ¡eso es! A la mierda con los pensamientos y a vivir en piloto automático, que a muchos les funciona tan bien, aparentemente…

Y de vuelta a la cabecita, que cosas raras que dice, y a la canción que suena “la impermanencia es su libertad”. Que puta palabra esa, impermanencia. Ahora todos hablan (hablamos) de eso: que la vida es frágil y no es para siempre, que hay que vivir el momento, dejar fluir, hacer lo que venga en gana y que los que van quedando tirados en el piso, víctimas del egocentrismo sigloveintiuno, neoliberal, capitalista, que se jodan, ¡pues! O será que se interpreta todo mal… quien lo sabe realmente.

La bronca que le va brotando lo desconcierta. Esas lágrimas contenidas, ¿de que cajón están desbordando? Puta, que difícil se hace, con esa cabecita. ¿Por qué no tendrá otra? Una más etérea, más líquida, una que no piense tanto, che. ¿Que es eso de sentir tantas cosas juntas? En ese momento siente admiración por los adictos, los borrachos, cualquier otra persona que pueda matar su cerebro de a poco le aparece atractiva, mucho más sabia. Hay que enterrar los sentimientos, se dice, cavar el pozo más profundo de la historia y llenarlo hasta arriba del vómito de lo no dicho, ese que queda atorado en las neuronas y hace saltar la térmica cada dos por tres. “Basta de vueltas”, se exige, “decilo de una vez, che.”

“Quiero mandar todo a la mierda (¿o ya lo hice?) encerrarme en una casa que sea mía y llorar, toda la noche, todo el día. Llorar hasta que me sienta mejor, si es que eso es posible, hasta que mi futuro yo tenga los huevos, que ya dejé tirados por algún lado de tanto hinchados, para querer hacer algo con mi vida.”

“Uh, que bien”, piensa, “no era tan difícil escribir algo sincero después de todo”.

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