Insomnio

©Oscar Tello 2005

Anoche, la lluvia me despertó.
Me levanté a tientas y me quedé quieto en la puerta de la habitación, escuchándola caer contra los muros, tejados, barandales y baldosas del patio.
Sigo sin prender la luz porque quiero meterme a la cama y seguir durmiendo, pero ya estoy en la cocina poniendo agua para tomar un té. 
Regreso a la habitación y me pongo a ver en Instagram una cuenta de fotos cotidianas en una ciudad que conozco bien. Son fotos terribles tomadas con un celular rudimentario: pálidas, fuera de foco, sin demasiada intención de maquillar lo que retratan. Son fotos que reflejan el paulatino retroceso de una bonanza demasiado escurridiza para poder decir que realmente ocurrió. Negocios decadentes, tiendas de barrio, cafetines tan paupérrimos que parecieran abandonados. Poca gente en las calles, canchas de barrio que exudan una decrepitud terrible, letreros de promociones de comida blanqueados por pasar demasiadas temporadas bajo el Sol, viejos caminando dubitativos por calles desiertas, desolación.
Cosas que se repiten con peculiar frecuencia en todas las ciudades del mundo; unas más que otras quizás. Una vez leí un artículo fascinante sobre Detroit y el lento repoblamiento que comienza a florecer en ella, luego de años críticos en el que estuvo a punto de ser abandonada. ¿Qué cataclismo social hace falta para que la gente abandone una ciudad a su suerte?
Quizás hace unas tres o cuatro décadas, la civilización alcanzó su pleamar y ahora estamos viviendo la retirada de esa gran ola que solíamos llamar progreso… Hoy día, esa idea suena tan vaga como una lección de libro de texto. Quizás el destino de todas nuestras civilizaciones sea el olvido; hacer arder todo lo construido hasta las cenizas para picar la tierra y sembrar nuevas semillas. Al menos eso especularon siempre los anarquistas, que en estos tiempos merecen más credibilidad que muchos otros.
Me sirvo un té de cedrón.
Me doy cuenta que uno de mis libros favoritos va de eso precisamente. Lo agarro del librero, es una colección de fotos tomadas en pueblitos lejanos del oeste norteamericano, el ojo es de un director de cine que buscaba locaciones para una película. Inadvertidamente esas fotos de scouting se convirtieron en un testimonio de todas aquellas zonas en Estados Unidos en las que el progreso llegó, se asomó con timidez unos minutos y salió corriendo.
Mirando por enésima ocasión esas fotos, entiendo la relación profunda que hay entre el libro de fotos y la cuenta de Instagram que estaba viendo; ambos exploran esos rastros que va dejando el fantasma furtivo del progreso. 
La gente que vive en ellos se acostumbra al lento deterioro de las cosas. Hasta que un buen día se cansa de que nada sirva y se va sin mirar atrás.
Apago la luz, me quedo unos minutos escuchando la lluvia y vuelvo a la cama. Ya amanece.