Cuando tenía 15, estabamos atravesando un mal momento económico con mi familia y yo demandaba más de lo que debía. No entendía mucho lo que pasaba, y tenía la típica actitud egoísta de nena caprichosa. Un día mi papá me sentó en el patio, y me dió una cajita; cuando la abrí adentro tenía un reloj de oro y un anillo. Mi papá que es chapado a la antigua, y un “macho argentino” con los ojos brillosos y por inundarse de lágrimas me dijo, que esos objetos eran de su papá y que se los había dado antes de fallecer, que los vendiera, que iba a sacar buena plata y que así iba a poder pagar y comprarme lo que quisiera.

Creo que fue el acto de amor más grande que tuvo alguien conmigo. Ver la tristeza que le causaba darme la herencia y esencia de su papá, y aún así entregarmelo, me dejó una marca de por vida.

Claro esta que no los vendí, y que tampoco se los acepté. Mis necesidades eran ínfimas, y jamás sacaría provecho propio acosta del dolor y de la entrega de otro, y mucho menos de alguien que amo.

Mi viejo es así, es complicado igual que yo. Repite las cosas miles de veces, y se enoja por todo. Cuando grita me asusta y casi siempre esta de mal humor o quejándose de algo. Tengo días que siento que no me quiere, pero enseguida me doy cuenta de lo equivocada que estoy.

Mi viejo es mi viejo, y es lo más grande que hay.

Un día me dijo que daría un brazo por mi. Yo por vos pá, daría los dos brazos y las dos piernas, y tal vez, recién así podría devolverte una cuarta parte de lo que me diste a mi.

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