Amor pasajero


Subió al colectivo como todos los días para ir al laburo. A mitad del recorrido subió ella, una morocha que le partió la cabeza.
Era casi de su estatura, tenía ojos verdes, que gracias al color de su piel resaltaban aún más, el pelo negro, negrísimo, no llegaba a ser lacio, tenía unas pequeñas ondulaciones y le caía apenas pasando la mitad de su espalda. Tenía una camisa blanca y un pantalón negro, ajustado, que le marcaba sus curvas.

El la miraba desde su posición, a mitad del colectivo, apoyado contra uno de los laterales a medio sentarse en esos caños que nunca entendió bien la función que cumplían, pero imaginaba que eran para los discapacitados, aunque nunca había visto a nadie usarlos más que para sentarse incómodamente.


Ella pagó su boleto y comenzó a abrirse paso entre la gente. Como todos los días a esa hora el colectivo iba lleno. De hecho, que ella hubiera podido subir a mitad del viaje era algo casi milagroso. A esa altura del recorrido usualmente el chofer no paraba más. Es más, si alguien tocaba timbre solía bajarlos 50 metros después de la parada para evitar que los que esperaban el colectivo le golpearan la puerta exigiendo entrar.
Mientras la morocha se metía entre la gente la miraba como embobado. Mientras se contorsionaba para pasar entre los pasajeros el disfrutaba su belleza desde todos los ángulos.
Cuando llegó a mitad del colectivo se detuvo. Justo enfrente de él, que automáticamente desvió la mirada. El cambio no lo favoreció para nada. Quedó mirando fijo a un gordo de barba que venía durmiendo y babeándose en uno de esos asientos que dan la espalda al recorrido.

Se moría de ganas de mirarla. La tenía a menos de 30 centímetros suyo, pero sentía que si hacían contacto visual el piso del bondi se iba a abrir bajo sus pies dejándolo caer para ser arrollado por las ruedas traseras. Obviamente, sabía que eso era imposible, pero era lo que sentía.
Para evitar que ocurriera esa catástrofe tuvo un plan. Cada 30 segundos, aproximadamente, hacia un paneo por todo el colectivo, como si buscara algo. De esa manera la veía a ella, pero sin mirarla directamente.

-No puede ser más linda ¡La concha de su madre!
Pensaba, mientras miraba al gordo que, por culpa de una loma de burro, se despertaba y limpiaba la baba de su cara con la manga de la camisa.
-¿Me estará mirando? ¿Qué hago? ¿La miro?… ¿Y si cuando la miro me esta mirando y se da cuenta de que yo la estaba mirando? ME MUERO. Mirá si me dice algo, ¿Qué hago? Me mato.
Golpeaba los dedos contra una de sus piernas, era lo que siempre hacia mientras escuchaba música, pero esta vez era por los nervios. Desde que se había parado ella delante suyo dejo de escuchar la música. Seguía sonando, pero el solo escuchaba su conversación interna.

- La quiero ver de vuelta… Ya fue, la miro.
- ¡UY! ¡LA CONCHA DE MI MADRE! Me estaba mirando. Me quiero matar. Quede como un gil. O peor, debe pensar que soy un pajero. Y claro, debe estar podrida de sacarse pelotudos de encima, si es hermosa. Seguro que piensa que soy uno de esos pelotudos. Que forro que soy, no tendría que haberla mirado. La puta que me parió.
Mientras volvía a dirigir su mirada al gordo (que ya estaba babeando de vuelta) alcanzó a ver por el rabillo del ojo que la morocha sacaba su celular del bolsillo. Sin dejar de mirar al gordo, no porque le agradara la imagen, sino porque había quedado traumado después del cruce de miradas con la morocha, él también agarró su celular. En realidad no quería usarlo, pero con la excusa de mirar el teléfono podía pispear a la chica sin que ella se diera cuenta. Cuando simulaba buscar un disco en el celular llego a ver el celular de ella.

-¡No te lo puedo creer! Tiene un wallpaper de Mario. Que hija de puta. Ya fue, me enamoré. Listo. Me cagó. La puta madre. Yo estaba tranquilo yendo a laburar y tiene que subir esta hija de puta.
-Ahora la quiero besar. Me muero por besarla. No quiero hablarle, ni tratar de buscar una excusa para entablar una conversación, quiero mirarla a los ojos y acercar mi cara lentamente hasta besarnos y no largarnos hasta llegar al Correo Central. ¿Por qué tiene que ser tan hermosa, y encima tener a Mario en el celular? ¿Por qué?
-Está abriendo el WhatsApp. Claro, debe estar hablando con el novio. ¿Cómo no va a tener novio? Si es la mina más linda del mundo. Seguro le está diciendo que lo extraña y que tiene un forro enfrente que tiene una trenza en la barba. Y yo acá como un tarado pensando en darle un beso.
-Seguro que el novio debe ser hermoso también. Con una barba mucho más copada. Y flaco, con el cuerpo marcado.

Mientras pensaba eso se dio cuenta que su panza se marcaba a través de la remera y automáticamente la metió para adentro.

Volvió a hacer uno de esos paneos (que él pensaba que eran disimulados) y cuando la miró, ella justo lo estaba mirando. Apenas hacen contacto visual ella esboza una sonrisa y vuelve al WhatsApp.
- Me estaba mirando. No estoy loco. Me estaba mirando. ¿Y si está hablando con una amiga de mí y por eso sonrió? Y yo estoy acá flasheando que habla con su novio. Mira si le está contando a la piba que hay un flaco en el bondi que está enfrente de ella y tiene ojos verdes… Para, para pelotudo. ¿Quién te pensas que sos? ¿Brad Pitt? Si recién tuviste que meter la panza para que no pensara que sos una lesbiana embarazada. Seguro que le está contando a la amiga que hay un pajero en el bondi que no para de mirarla y encima se cree disimulado.
- Si, claro. Ahora que me doy cuenta es re obvio. ¿Quién se pone las manos en los bolsillos así? ¿Y mi cara? Que cara de pelotudo debo tener. Me hago el contemplativo, como si estuviera mirando una montaña nevada a través de un lago y estoy en el 74 pasando por Avellaneda.

Automáticamente sacó las manos de los bolsillos y las apoyo sobre la “barra para discapacitados”
- Que tarado que soy. Más obvio no podía ser. Es más, no me extrañaría que se me haya caído la baba como al gordo. Si soy un pelotudo. Me debo haber babeado y ni me di cuenta.
Haciendo de cuenta que acomodaba su barba aprovecho para tocarse la cara. No había baba.

Cada tanto seguía usando su táctica de paneo para mirarla. Pero ya no la miraba directamente. Estaba muy ocupado puteándose por el último cruce de miradas. Se conformaba con verla borrosa con su vista periférica. Se moría por verla, pero no quería arriesgarse a pasar vergüenza otra vez.

Mientras seguía insultándose, se dio cuenta que hacía rato que no miraba a la calle.
-¡Uy la concha de mi madre! Me pase como 5 cuadras.
- Permiso, permiso. — Perdón. –Disculpe. Toco timbre y bajó del colectivo masticando bronca.

-Que pelotudo. Por boludo me pase 6 cuadras. Encima hoy es un día de mierda. Seguro que viene el gordo pelotudo del supervisor a hincharme las pelotas. Yo quería estar besándome con la morocha hasta terminar el recorrido y voy a estar fumándome a un gordo con aires de jefe hinchándome las pelotas.


Mientras tanto en el 74, unas 20 cuadras más lejos de donde estaba el, se escucha un silbido de un celular:


-Y boluda, qué onda?
-Ya se bajó. ☹