mi güelu facía bastones

Mi abuelo, que se llamaba Miguel, nos invitaba a toda la familia a comer el día de su santo, el 29 de septiembre. Recuerdo que íbamos a verlos (a él y a mi abuela) al puesto de bastones en el mercado de San Miguel, en Gijón y que nos compraban avellanas a los nietos. Recuerdo los haces de bastones puestos de pie, que todavía olían a barniz y pintura, con sus colores brillantes y los alambres manteniendo la forma de la empuñadura. Son unos bonitos recuerdos, entrañables, filtrados por la luz de Gijón en septiembre.

Hace unos meses estaba buscando una idea para el siguiente tatuaje y quería algo simbólico que me llevase hasta la tierrina. Estuve barajando unas pocas ideas pero ninguna me convencía especialmente. Fue durante el mes de agosto porque fuimos a Gijón y, al entrar en la que era mi habitación y que ahora es la del ordenador (manda huevos…), vi uno de los bastones de mi abuelo colgando del mueble. En ese momento supe que ya tenía tatuaje y que me llevaría a la tierrina, a la infancia y a la familia de un vistazo.

Como era una idea demasiado personal, demasiado mía, me encargué del diseño por lo que la tatuadora (¡un saludo Aurora!) no tuvo más que seguir los trazos. Y, a pesar de haber hecho un dibujo decente en mi vida, me enorgullece decir que este me ha salido muy bien.

Ahora, cada vez que me preguntan por el tatuaje digo que mi abuelo era artesano, que hacía bastones y que llevo su diseño, su marca, bajo la piel. Y no hay mejor día para contarlo que un 29 de septiembre, aunque esté lejos de Gijón.


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