Sucesores

La televisión como aparato nos marcó a esa extraña generación que somos los que nacimos por los ochenta. Además del deseo de mirar lo ajeno, funcionó como una simple socializadora de la que mi familia fue testigo. Todos reunidos, siempre frente a ella. Eran esos momentos que dejábamos de discutir sobre problemáticas trascendentales del estilo abrir y cerrar una ventana, sacar a pasear al perro o lavar los platos. Cuando no discutíamos, para no dejar de ser menos tanos.

A la hora de la cena no se veía tele; con mi hermano del medio, que nos llevamos tres años, comíamos más temprano y en la cocina. Éramos los chicos, mucho no se leía, ni nos gustaba hacer la tarea; por el contrario, pasábamos tiempo en la calle, haciendo mucho o sin hacer nada; o en casa, viendo tele y con la consola de video juegos más antigua que ofrecía el mercado.

Marcelo, Susana y Mirtha nos vigilaban. No sabíamos pero estaban ahí, siempre. Mi vieja no terminó el secundario, tenía 18 cuando su adolescencia se cortó para transformarse en madre; acompañó a mi viejo desde Córdoba hasta Buenos Aires y siempre se identificó con Susana, una vedette de los gloriosos años del teatro de revista que fue acercada a la televisión para conducir la versión local de “Pronto, Raffaella”, protagonizado por Raffaella Carrá.

Como Carrá vengo de una familia italiana, trabajadora y feliz que al igual que Susana sorteó las dificultades de una clase a la que nunca le sobró nada. Pero Susana tenía carisma, conocía sus limitaciones y las explotó; es docente, aunque nunca se le notó, más bien, rompió el molde por ser una diva cercana, donde mi vieja cada tarde noche podía identificarse.

Mi viejo, en cambio, nunca fue un gran televidente. La miraba poco y criticaba mucho. De chico tomaba vino con soda, en la mesa de los grandes. Solo le servían, beberlo era así como un ritual de aceptación. Antes del asado, cada fin de semana, me pedía que le haga un vermú, y me lo hacía probar. El menú incluía picada y seguía con programas como No toca botón o Polémica en el bar; el clásico del domingo con facturas y mate era un plan que ni Castrilli se hubiese atrevido a suspender.

Marcelo entró por otro lado: era el programa humorístico más visto de la televisión, pero además el más comentado en el colegio. Mi salto generacional entre el pibe que dejaba de ser un niño para transitar la adolescencia. La inclusión en un grupo a fin, de pertenencia. El humor que comenzaba a ser más picarón, que integraba y no requería demasiadas aptitudes.

El pibe de Bolivar que relataba fútbol y por estar en el momento y lugar adecuado terminó como conductor del primer Videomatch, que luego sería un fracaso. Pero supo cambiar a tiempo, incorporó los bloopers a la medianoche y de ahí en más no paró de escalar. Se metió en el vóley hasta que terminó en el fútbol; tropezó varias veces y hasta se postuló como presidente de la asociación del fútbol argentino, cargo por demás simbólico para quienes aspiran con la política nacional.

Todo esto pasó y fui contemporáneo. Cambié y maduré, Marcelo también, al ritmo de puntos de rating, trajes, tatuajes y una televisión que no sabe vivir sin su presencia al punto de dedicarle toda una tarde a discutir las ambivalencias de su show, que ahora es de baile. El último Marcelo, el que acompañó los años dorados de mi adolescencia va camino a despedir una forma de ver televisión.

Pero no todos han sido tan populares, o por lo menos tan generacionales. Mirtha, el récord guiness de los almuerzos, entró a mi vida de grande. Casi no conviví con mis abuelos, a los doce despedimos al último, el papá de mi viejo, y no me acerqué al cajón. Tenía párkinson y muchas veces su enfermedad era motivo de risa por las anécdotas que traía de la calle.

Medio vago, ocurrente, mi abuelo fue un gran actor de reparto en su matrimonio. Mi abuela, que no conocí, era directora de primario, responsable, atenta y rígida. Un ejemplo, la que marcaba los tiempos mientras el otro se iba a pescar con los amigos del pueblo. La alegría la aportaba mi abuelo: el alma de la cena, el de las anécdotas y risas. Mi viejo lo quería mucho, al punto que nunca más pude sentir un silencio tan profundo en casa como cuando me tocó darle la noticia.

Mi viejo tuvo la juventud que quiso. Lejísimo de cualquier lujo, pero lleno de todo. En Tres Isletas, un pueblo chico, a dos horas y media de Resistencia, vivió cada tarde una aventura tomsawyereana. La televisión la conoció de chico, pero la incorporó de grande y así hubiera querido que ocurriera con nosotros. Siempre que pudo nos llevó a pescar y una tarde con poco pique nos compramos un dorado que hicimos a la rama y solo condimentado con limón. El mejor que probé.


Pero no podía competir, aunque repitiera el mensaje, porque la televisión siempre estuvo ahí; y ellos también. Me tomé el trabajo de no escribir su apellido pero todos sabemos de quienes hablo. Son nombres hechos marcas y que acompañaron la evolución de los formatos, que supieron reinventarse porque entendieron que la tele castiga al que se repite.

Si la televisión se enseñara en alguna universidad, Marcelo, Mirtha y Susana tendrían la relevancia de Freud, Pierce o Foucault. Socios fundadores, figuras del recuerdo que no han sabido crear las condiciones para formar a sus sucesores. Porque el tiempo se parece llevar puesto a todos menos a ellos y hasta la televisión es víctima. Los modos cambiaron, lo millenials llegaron y parecen querer matarla.

Mientras tanto, nosotros, los del ochenta, que nos criamos en otro univeso de consumo mediático empezamos a consumir la televisión de manera fragmentada: el fenómeno de youtube, que ya tiene sus propias estrellas; las plataformas de distribución de contenidos con series y películas a nuestra disposición y no bajo la dictadura de la programación están haciendo estallar las fórmulas de socialización conocidas y los hábitos de consumo.

Ya no habrá una Susana que acompañe las tardes noche de mi vieja mientras prepara la cena, o un Marcelo que me haga sentir un poco más grande con su humor; ni Mirtha o Gerado; ni humoristas de la talla de Olmedo y Porcell que seducían a un público reticente como mi viejo. Hay un forma de ver televisión que muere y fue la que me acompañó a lo largo de mi vida.