Hijo de la Pudahuel


Capítulo 1 — El Cedazo

La mayoría de mis recuerdos musicales de infancia tienen que ver con dos factores: mi madre cocinando y la radio sony, chicharreando, con la pudahuel sintonizada religiosamente de lunes a viernes desde las 9 en adelante. La voz de Pablo Aguilera la tengo grabada en mi subconsiente y estará ahí hasta el fin de mis días. Sus mañas, sus “rapapán” cuando terminaban algunos temas, su maldito concurso de “pudahuel es mi radio” y un sin fin de otras frases pegadizas se hicieron parte de mi lenguaje interno, y menos mal, no las adquirí en mi modo externo. Su voz a mis 6 a 9 años era tan reconocible y entrañable en mi casa como la de un tío que siempre venía a saludar y quedarse la mañana completa, desde temprano (coincidentemente, cuando mi papá ya estaba en el trabajo, ojo) y que acompañaba en todo lo que hacía mi madre y por consiguiente a mi y mis hermanos también.

La música que esta emisora en los 90 programaba hasta el día de hoy la tengo asociada a sentimientos, emociones, situaciones, recuerdos y un montón de etcs que acá espero poder poner junto a cada uno de los temazos que la 90.5 se tiró durante toda mi infancia y que hoy atesoro y disfruto, a veces en silencio, otras veces con la voz y espíritu completo cual himno espiritual, como un tributo a mi querida madre, Santa Soledad Ancíglena se lo merece como reconocimiento a que su volátil gusto musical alimentó mi oído desde pequeño.

Cuando yo era chico éramos pobres. De hecho, seguimos siéndolo. Es una situación y estado del cual nunca me he avergonzado ni podría renegar como los que se auto denominan “clase media” para alejarse del populacho o negar que vivieron o crecieron en una población o estudiaron en un colegio público con numerito. Creo que la mayor lección de vida que un ser humano puede tener para moldear carácter, personalidad y entender cuanto cuesta cada peso, es ser pobre. Pero pobre de plata, no de cabeza. Quizás cuando chico nos faltó a veces azúcar o champú, pero nunca cariño. Mis papás siempre supieron matarse para que no nos faltara nunca nada indispensable. Por lo mismo esto de sobrevivir se me da bien. Creo que mi flexibilidad a cada situación la tengo arraigada como una parte de mi personalidad impulsada por el hecho de que todo podía variar de un día a otro, que es en resumen, lo que te enseña la vida cuando te faltan cosas, pero a la vez, cuando sientes que el cariño, el hogar, están asegurados y nunca cambiarán, permite que uno entienda que todo lo demás vale un cuesco al fin y al cabo.

El relato de hoy es un tanto triste. Es un relato de esfuerzo y tiene una parte triste pero que puede ser también graciosa. Bueno, la vida de un pobre siempre termina en algún momento unida de una sensación de nostalgia triste y luego puede pasar de la nada a la risa, como si esta vida fuese un abrigo roto, que cuesta abotonar, feo, gastado pero que al final abriga y termina siendo parte esencial de ese escueto closet y cumple honestamente su función. Quizás no te lo quieres poner, pero sabes que es lo que tienes. Y te lo pones, porque aparte de cagado de hambre no quieres andar cagado de frío, así que aperras y chao, dejas de cuestionar cuan lindo, nuevo, viejo, penca o grande te queda cuando caminas al frío y te sientes abrazado. Igual terminas sonriendo en paz.

El recuerdo acá es antiguo, pero es conmovedor y agradezco a mi memoria no haberlo olvidado a pesar de tantos años.

Era temprano. Yo ya estaba vestido para el colegio y por supuesto, la voz de Pablito Aguilera (le terminé diciendo así… lo siento) inundaba la casita chica de Guillermo Mann. Yo tenía aprox, 8 años, quizás 9. El dieguín, mi hermano chico, habrá tenido máximo 1 año de edad y la Orlita, mi hermana mayor, ya estaba en el colegio puesto que iba en la mañana. En la tele estaba puesto el “Cordialmente” donde Julio Videla (de los animadores he he he) animaba a todas esas señoras a reírse un rato, pero sin saber que sus reales espectadores éramos todos esos cabros chicos que esperábamos el almuerzo antes de irnos al colegio.

Mi mamá cocinaba todo lo que había en esa casa. Cada desayuno, almuerzo, once, colación y todo cuanto comida existía en esa casa, pasaba por las manos de mi madre. Siempre me he sentido increíblemente privilegiado y agradecido de haber tenido a la mejor chef del universo preparándome el almuerzo todos los días de mi infancia. Como bien se imaginan, nunca tuvimos nana, ni menos, comprábamos comida afuera. Lo único que escapaba de la comida casera era el pollo con papas fritas que de vez en cuando, muy a lo lejos, un domingo salía como sorpresa y que variaba el menú de porotos, lentejas, arroz y garbanzos que usualmente teníamos en casa. (Una ley que había era que todos los sábados se comían lentejas en esa casa. Ley tácita eso sí, nadie la escribió ni se ponían de acuerdo.)

Esa mañana mi madre se predisponía a hacerle el colado al dieguín. Olvídense que nos íbamos a dar el “lujo” de comprar un colado. Eso era derrochar las lucas. El colado que le hacía era de acelgas, las mismas que crecían en el jardín de la casa y que yo cortaba para la preparación. En ese intertanto, mi madre echa a andar la juguera que pega unos sonidos extraños y suelta una mini nube de humo.
— Se quemó esta cuestión
— ¿Qué cuestión mamá?
— La juguera, no sirve. Le dije a tu papá que ya estaba media rodada y no me pescó — me dice choreada — Ahora no sé como le haré la comida al Diego.

Pero las madrecitas tienen ese don mágico que el pulento les mandó. Eso de “si es para tu hijo, no te rindas” y mi madre lo tiene más desarrollado que un montón de otras mamás del universo entero. Intentó arreglar la juguera y obviamente, no hubo caso. Me mandó a pedirle a la vecina la suya (una de las linduras de vivir en poblaciones) pero la señora justo no estaba y se acercaba la hora de la comida del flacuchento que era en ese entonces el dieguín. “¿Qué cresta hago?”, era la cara de mi madre preocupada. Y ahí es cuando el tesón intrínseco de las mamás, ese que permite que la humanidad siga girando y sobreviviendo, empezó a crecer y crecer y se decidió a hacer lo que podía hacer: coció las acelgas, una papa, esperó que se enfriara, la molió, tomó la acelga y con un colador empezó a mano a pasarla por este. Poquito a poquito la acelga se iba deshaciendo mientras en la radio sonaba “Amor Amar” del gran Camilo Sesto.

Al son de la marcha de ese temazo, mi madre avanzaba, centímetro a centímetro con la acelga. Apenas se iban moliendo, pasando por ese colador de marco celestino, se volvían una crema difícil de sacar y la iba pasando, con paciencia de pontificio, al plato cucharada por cucharada. Una. Otra. Y otra vez.
10 veces.
100 veces.
Muchas veces.
Transpirando, sus generosas manos se iban moviendo, un tanto adoloridas por la fuerza (mi mami tiene una especie de tendinitis-artritis que en ese entonces recién se le estaba apareciendo) mientras el pocillo se iba llenando poco a poco. Habrá luchado mi madre con esas acelgas aproximadamente una hora completa pasándolas contra ese filtro de plástico hasta que el platito del Diego, que pataleaba en su coche jugando con alguna cosa, se
logró llenar.

Hasta acá, es una historia de esfuerzo.
Ahora viene la parte triste.

Yo nací ambizurdo. Soy una especie de weón en permanente edad del pavo. Mi cuerpo nació agrandado o derechamente aweonao de tal forma que el equilibrio, traer o llevar cosas nunca fueron ni son lo mío en cuanto a habilidad innata. Mi querida madre, cansada pero satisfecha, después de esa hora completa de lucha, pone el plato en la ventanilla que unía la cocina con el comedor y me pide que por favor, le dé de comer a Dieguito.
Yo, con mis manos de tarado, tomo el plato y este se me resbala. En cámara lenta veo que se me está yendo de las manos y trato de rescatarlo, con tan mala suerte que alcancé sólo a hacerlo chocar directamente con la pared, donde se esparció y chorreó el 60% del contenido del colado, hasta llegar al suelo, cual sangre espesa y trágica.

Yo no podía sentirme peor… mi mamá ve que se me cayó y exclama: — ¡Lo pasé por cedazo toda la mañana, tú me viste! ¡Cómo se te cayó! — Ese día aprendí la palabra Cedazo y nunca más la olvidé.
— es que se me resfaló mamá… disculpa…

Hizo una pausa de silencio. Cerró los ojos, los abrió, miró el techo… Y se puso a llorar amarga y desconsoladamente.
Y sí, descubrí que sí podía sentirme aún más mal de lo que me sentía hasta hace un momento atrás.

Su llanto me partió el alma en mil pedazos. Yo no sabía como consolar a una mamá. ¡Qué ironía! La que me consoló las caídas, los moretones, las penas porque sí, ahora era la triste y yo, el muchacho torpe, imposibilitado de que se me ocurriera algún gesto que permitiera bajar el agravio de esa santa mujer. Nunca había visto antes a mi mamá llorar… mucho menos por mi propia culpa.
Mi madre miraba el techo, se sobaba las manos y le caían las lágrimas. Dieguito pataleaba en su coche ajeno a todo lo que sucedía. En la tele Julio Videla hacía como que tocaba una trompeta payaseando y yo, yo no sabía qué cresta hacer. Desesperado empecé a recoger con una cuchara desde la pared algo de colado que quedaba pegado y echándolo al plato de vuelta. Era tan fútil mi movimiento y yo lo sabía, pero en serio, mis manos poco hábiles de niño tonto no sabían qué otra cosa más hacer.
Hasta que llegó mi madre. Me quita el plato y se lo llevó a la cocina de vuelta. En silencio fue al jardín con un cuchillo y volvió con 2 hojas grandes de acelga y volvió a colar, centímetro a centímetro, milímetro por milímetro esas hojas cocidas para que mi hermano tuviera su almuerzo.

AMOR — AMAR.

AMOR de Madre y nada más.

Ahí entendí, que “Amor, amar” es sinónimo de muchas cosas. Quizás Camilo se lo cantaba a su pareja. A su amante, qué sé yo. Yo vi ese amor encarnado en mi madre. Ese amor de madre que nunca se rinde, que puede llorar, indignarse y enfurecerse, pero tiene una cualidad que ningún otro amor tiene: nunca, pero nunca se rompe y nunca jamás se acaba.

Así que Soledad, madre querida, heroína eterna de mi vida, infancia, adolescencia y ahora vejez, creo que amores como el tuyo jamás existirán ni repetirán en la vida y eso me hace sentir el ser humano más afortunado del universo. Porque supe lo bonito que es “amor, amar” contigo antes que con cualquier otro ser humano y por lo mismo, ahora puedo sentirme pleno al respecto.

Feliz cumpleaños mamita querida.

Yo no tengo alas para decirte
mis heridas
y en el cielo pasan nubes
el pájaro de nieve.
Amor, si tu dolor fuera mío
y el mío tuyo,
qué bonito sería…
amor… amar
No tengo ventana para asomar
mi soledad
y hasta los cristales del silencio
lloran silencio
Amor, si tu dolor fuera mío
y el mío tuyo,
qué bonito sería…
amor… amar
No tengo hoy ni ayer,
pero sí tendré un mañana
para volar…
Yo voy por las calles
con tu nombre
cerrado en mi puño
Y voy arrastrando
una bufanda
con recuerdos
hacia el olvido
Amor, si tu dolor fuera mío
y el mío tuyo,
qué bonito sería…
amor… amar
Cabalgando la noche
se acerca tu nombre..
Yo no tengo llanto
ni caricias
y en el aire
muchos abanicos negros
me anunciaron tu llegada
Amor, si tu dolor fuera mío
y el mío tuyo,
qué bonito seria…
amor… amar

- Camilo Sesto — Amor Amar.