Gutenberg ha muerto, un drama en tres actos


Apertura

Hace unos días Rafa de Bofarull me preguntaba a través de Twitter, por supuesto buscando crearme un ameno problema de social-media-management, acerca de mi opinión sobre el diseño de Pentagram para el Pabellón USA en la Bienal de Arquitectura de Venecia.

La polémica gira entorno al proyecto de Natasha Jen del equipo de Pentagram que ha diseñado la identidad del pabellón empleando para ello las fuentes tipográficas comunes: Arial and Times New Roman, y que obviamente resuenan en la cabeza de cualquier diseñador “fancy” como una solución vulgar, barata y desde luego nada “cool”.

Leyendo el artículo al respecto publicado en Wired, mi cabeza inmediatamente rememoró el affair tipográfico de Ikea de hace unos cinco años.

El caso es que durante varios días he estado inconscientemente con este tema rondándome la cabeza, intentando racionalizar porque mi intuición me estaba diciendo que es absolutamente aceptable, que no existe pecado alguno en dichas prácticas, que estas decisiones de diseño eran absolutamente correctas.

Nudo

Puedo entender las motivaciones que mueven a algunos diseñadores en su búsqueda de la perfección, la singularidad, el control absoluto y férreo de cada pixel de su trabajo, de hecho puedo hasta empatizar con el poderoso e irracional miedo que empuja a algunos individuos en su deseo de dejar tras de si un legado de relevancia y perfección, pero por encima de toda esa empatía creo que se trata de un problema de índole personal, que normalmente va ligado a problemas con la aceptación y el control, a no asumir lo limitado de nuestra existencia, a la necesidad de reconocimiento, o de perpetuarse a través de la memoria colectiva, cosas que nunca deberían interferir en los problemas de nuestros clientes o nuestra profesión, que no son pocos.

Para mi, comportarse con profesionalidad incluye aceptar el compromiso con los clientes, su audiencia, objetivos y retos; y todos estos conceptos integrados dentro de un momento histórico particular; este ya es de por si un compromiso lo suficientemente complejo como para lastrarlo con los problemas psicológicos o necesidades afectivas no resueltas que como individuos todos solemos desarrollar, en un sentido u otro, en mayor o menor medida, pero de eso no escapamos ninguno.

Desenlace

Desde el advenimiento de la era de la información, con la popularización de la computadora personal y la digitalización de las organizaciones, entre otras cuestiones, cualquiera puede ser un editor o un creador, los roles son asumidos por acción, cualquiera al margen de si dispone de las habilidades y conocimientos específicos puede producir nuevos materiales, o editar los existentes, por el simple hecho de que dispone de los medios y la tecnología para hacerlo. Ademas, la producción o edición suele ser propiciada por las necesidades de las organizaciones, la complejidad y premura de los mercados en los que estas operan, mercados donde la información se desborda y las fechas límite son casi siempre imposibles de alcanzar de forma ordenada. Este es el contexto que define, casi por encima de todo, la problemática en cuestión.

Debemos aceptar el mundo y la época que vivimos si queremos ofrecer soluciones adecuadas, si llevas en este negocio un tiempo sabes por tu propia experiencia que la época de los manuales de marca y las guías de estilo como herramientas para controlar la imagen y comunicación dentro de la atropellada locura de las corporaciones ha terminado, es más, la propia capacidad de los equipos de marca, comunicación o marketing para sancionar y controlar nuevos materiales antes de que estos sean enviados a la imprenta, la rotativa, a veces incluso a la radio o la televisión también está casi perdida, porque en la actualidad el trabajo en entornos digitales multi-canal hace que esos manuales de marca o identidad, las guías de estilo, la documentación técnica o las especificaciones no es que sean ya raramente consultados o están disponibles para las empresas proveedoras, que muchas veces ni siquiera llegan a disponer de ellas o incluso saber de su existencia, sin olvidar los casos en que esos manuales encargados bajo importantes presupuestos se demoran años y años en su desarrollo llegando a estar obsoletos antes de su entrega.

Las herramientas corporativas y los manuales de estilo ya no son tan útiles, únicos, infalibles o están tan disponibles como en un pasado relativamente reciente, y esto no ocurre porque se hayan vuelto esencialmente obsoletos o innecesarios sino porque su concepción formal, su formato y su filosofía, provienen de un modelo caduco, y su evolución y adaptación no esta siendo en general lo suficientemente rápida y util. Si algo caracteriza la época actual es que las viejas estructuras corporativas ya no pueden prosperar bajo la realidad de las organizaciones, sus mercados y sus retos actuales.

Y por todo esto, a esta realidad debemos adaptar y hacer útil nuestros formatos de entrega, facilitando soluciones y herramientas que tengan presente la cultura, necesidades, capacidades y plazos de las corporaciones.

Porque Gutenberg murió hace tiempo, el tiempo de los procesos monitorizados, la gestión cerrada y la gestión unívocamente controlada ya no aplica.

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