Consciente
La puerta automática se abrió frente a él, para volver a cerrarse unos segundos después. “¿Salís?”, preguntó una voz impaciente cuyo dueño no aguardó respuesta y se limitó a esquivarlo y abandonar el edificio. Sus ojos abiertos miraban sin ver a través del vidrio y su cerebro embotado intentaba comunicarse con sus piernas para ordenarles que comenzaran a moverse, pero sin mucho éxito.
En sus oídos comenzó a resonar un eco bajo, que lentamente fue decodificando hasta lograr transformarlo en un sonido audible.
-¿Puede ser, doctor Romero?
Con mucho esfuerzo consiguió girar su rostro noventa grados hasta dar con el origen del sonido, una enfermera baja que rondaba los cincuenta años y que pareció materializarse en ese preciso instante frente a sus ojos.
-Disculpe Marta, no la llegué a escuchar.
Marta le sonrió con deferencia, con ese respeto casi hostil de las personas que se saben superiores en conocimiento y experiencia pero inferiores en rango, y le volvió a hablar mirándolo a los ojos.
-Digo que se olvidó de firmar la planilla de salida, que si por favor lo puede hacer antes de retirarse.
El doctor Romero bajó la mirada hasta la planilla sujeta a una tabla que la enfermera le ofrecía, y que podía jurar que hacía un segundo no estaba allí. La tomó entre sus manos con algo de esfuerzo, parpadeó varias veces hasta conseguir enfocar la vista y ubicar su nombre y siguió la fila hasta el cuadrado correspondiente para estampar su firma con lentitud. Se detuvo algunos segundos en el apartado que reflejaba las horas que había pasado allí dentro. Treinta y seis. Treinta y seis horas seguidas. Treinta y seis horas seguidas sin dormir y trabajando como un condenado, que estaban haciendo estragos en su cabeza.
Le entregó la planilla a Marta junto con la birome que no recordaba haber tomado, y le devolvió la sonrisa. Finalmente la saludó con una inclinación de cabeza, que ella le correspondió antes de dar media vuelta y alejarse, y giró la llave en el encendido del auto con su mano derecha.
Se quedó inmóvil por un instante, intentando entender qué había sucedido. Miró a su izquierda, a través de la ventanilla del auto: el hospital se alzaba amenazador bajo un cielo rojizo que presagiaba tormenta, una mole de cemento negro emplazada a varios kilómetros del pueblo. Sacudió la cabeza y volvió a mirar. Sí, era una mole de cemento, pero definitivamente su color no era negro, sino más bien el gris claro propio de las estructuras de una época en la que se consideraba moderno utilizar el cemento alisado para cualquier tipo de exterior.
-Lo que falta. — murmuró para sí mismo — Este trabajo de mierda me va a terminar volviendo loco del todo.
Encendió la calefacción mientras esperaba que el motor terminara de calentarse. Uno de sus últimos pacientes le había dicho que se esperaba que la ola polar se retirara para finales de esa misma semana, pero él era menos optimista y suponía que les quedaban al menos dos semanas más de temperaturas extremas, que iban a ir mejorando lentamente hasta alcanzar el promedio de quince grados que caracterizaba a la región en primavera. La única buena noticia era que la nieve había dejado de caer el lunes, lo que significaba una leve mejoría para los días que vendrían aunque por el momento no se pudiera dar dos pasos sin mojarse la mitad de la pierna y todos los caminos estuvieran cubiertos por una fina pero constante película de agua.
Movió la palanca de cambios hasta conseguir ponerla en reversa, lo que le llevó no menos de cinco intentos, y comenzó a retroceder hasta poder sobrepasar el camión que avanzaba por la ruta a apenas treinta kilómetros por hora. Asió el volante con fuerza con ambas manos y observó por el retrovisor como este se volvía cada vez más y más pequeño a una velocidad asombrosa. Levantó el pie del acelerador y el auto pegó una sacudida violenta, deslizándose ligeramente fuera del carril en el proceso, hasta que pudo volver a retomar el control del mismo. Evitó observar el velocímetro, por miedo a constatar lo que ya suponía, y fijó la vista en el asfalto apenas iluminado por la débil luz de sus faros delanteros.
Evidentemente no estaba sintiéndose nada bien. Sabía que lo más recomendable era frenar a un costado del camino y echarse una pequeña siesta antes de terminar estampado contra un árbol, pero también sabía que no había forma de que consiguiera conciliar el sueño en el estado en que se encontraba. Su cuerpo estaba funcionando desde hacía varias horas impulsado nada más que por café y narcolépticos (las vitaminas, como solían decirle entre los residentes), y, a pesar del cansancio que lo agobiaba, se encontraba en un estado de sobreexcitación que no le dejaría descansar a menos que lo contrarrestara con algún ansiolítico. Por suerte en el botiquín de su baño tenía una colección que era la envidia de cualquier adicto, aunque no podría acceder a él hasta llegar a su casa. Así que iba a tener que aguantar el sueño. O encomendarse a Dios.
La ruta que separaba su barrio del hospital era una pesadilla de curvas y contracurvas que discurría por una llanura desierta, salpicada aquí y allá de pequeñas arboledas. Había sido terminada apenas unos meses antes y era una grata alternativa al camino de ripio ubicado algunos kilómetros más al norte, aunque este último tenía la ventaja de mantener una predecible línea recta y evitar la zona de los lagos, que eran los causantes de tantos giros hacia uno y otro lado en el camino pavimentado. El doctor Romero se removió en su asiento en un intento por evitar que el sueño lo venciera del todo, pelea que estaba perdiendo, y se sujetó al volante cual capitán de barco aferrado a su timón mientras se interna en una tormenta en alta mar.
La nieve aún se apilaba a los costados del camino en pequeños montones que se resistían a derretirse, como los últimos estertores de un invierno que se negaba a dar paso a una primavera largamente necesitada. Por el carril opuesto al suyo los autos se aproximaban lentamente, esforzándose al máximo por mantener el rumbo sobre el camino mojado y apuntando sus faros directamente a sus ojos parcialmente abiertos. Sus pupilas se dilataban y contraían frenéticamente en un vano intento de adaptarse a los sucesivos cambios de luz y oscuridad, y desdibujaban el mundo a su alrededor. Varias veces tuvo que parpadear violentamente hasta conseguir que todo volviera a unificarse en una imagen fija.
El tiempo parecía suspendido, inmóvil, congelado en un cristal de hielo. O aún peor, atrapado en un loop demente condenado a repetirse hasta el infinito: el auto avanzando, patinando suavemente sobre la carretera mojada, las luces de frente que anunciaban bestias de metal que levantaban un vaho de vapor a su paso y salpicaban barro para todos lados, la nieve apilada, los árboles que parecían correr a los lados de las ventanillas y se elevaban al cielo oscuro como dedos admonitorios. El reloj de la radio seguía marcando las cuatro y veintitrés de la mañana, lo que significaba que apenas habían transcurrido cinco minutos desde que había abandonado el hospital, aunque él sentía que se encontraba al volante desde hacía más de media hora.
Miró el camino delante de él. A unos cientos de metros pudo adivinar el segundo de los tres pequeños bosques que debía atravesar antes de llegar al desvío que se dirigía a la entrada del barrio privado. No parecía haber ningún otro vehículo en las inmediaciones, ni detrás suyo ni acercándose de frente, así que decidió pisar con más fuerza el acelerador en un intento desesperado por finalizar ese viaje de pesadilla que estaba atravesando. Vio sin ver cómo la aguja del velocímetro se elevaba rápidamente a medida que todo a su alrededor se volvía borroso, y, de pronto, se encontraba de pie, tiritando a causa del viento helado que lo azotaba en ráfagas intermitentes. Algo había pasado. No sabía qué, pero no podía ser bueno. Miró a su derecha y vio su auto completamente detenido pero con el motor aún en marcha. Delante, el haz de luz de los faros se volvía visible gracias al vapor que se elevaba del suelo y a las sombras que proyectaban los árboles ubicados a ambos lados. El doctor Romero dio media vuelta y observó la parte trasera de su vehículo. Vio una extensa marca de frenos teñida por el fantasmal resplandor rojizo de sus luces de posición, y temió lo que podía descubrir. Vaciló al avanzar, pero sabía que no podía quedarse allí para siempre. Dio dos pasos y sintió un enorme peso caer en su estómago, y un frío (que nada tenía que ver con el clima) lo recorrió desde el centro de su pecho hacia todas sus extremidades.
El hombre yacía boca abajo, inmóvil, en el medio de un charco de lo que parecía ser su propia sangre. Sus brazos y piernas se extendían en ángulos extraños, posiblemente rotos por el impacto, otorgándole el aspecto de un enorme pájaro abatido en pleno vuelo por un cazador. Sintió su cabeza latir al compás de su corazón, acelerándose a cada segundo que pasaba, y un gusto metálico invadió su boca. Cerró los ojos y trató de recordar el momento exacto de la colisión, pero lo único que vino a su mente fue el chirrido de los frenos y el olor a goma quemada. Los temblores comenzaban a apoderarse de sus manos, y una nausea trepaba por su garganta pugnando por salir. Golpeó sus las palmas entre sí varias veces, buscando recobrar el dominio de su cuerpo. Sabía que cada instante que pasaba sin actuar aumentaba la posibilidad de que un auto se acercara desde cualquiera de las dos direcciones. Levantó la vista y le pareció ver cientos de reflejos amarillos moviéndose a toda velocidad hacia donde él se encontraba, pero al sacudir la cabeza se desvanecieron en la oscuridad de la noche.
Se puso en cuclillas intentando calmar su ansiedad y poner en orden sus pensamientos. Llenó sus pulmones de aire gélido en grandes bocanadas para intentar bajar el ritmo de su corazón y conseguir pensar con mayor claridad, pero lo único que consiguió fue sentir pequeñas astillas de vidrio clavándose contra el interior de su pecho. Comenzó a marearse a causa del dolor, y tuvo que apoyar una mano en el pavimento para evitar caerse, introduciéndola en un charco de agua. Eso era. Secó la mano en sus pantalones y frotó su rostro con fuerza. Notó que una férrea determinación se apoderaba de él por completo. Se puso de pie casi de un salto. Su rostro había adquirido una expresión dura, casi desprovista de emoción. Caminó hasta donde se encontraba el cadaver, se agachó a su lado, puso primera y el auto comenzó a moverse. Se sintió desconcertado, pero agradecido. Lo alivió no haber estado consciente al momento de cargar el cuerpo en el baúl. No le hubiese resultado nada fácil. Ahora debía realizar el resto de su plan, que tampoco iba a resultar nada fácil.
El auto se deslizaba a toda velocidad por la ruta, patinando peligrosamente en cada vuelta del camino. Su mente se encontraba despejada aunque no podía evitar cabecear de vez en cuando, provocando violentos cimbronazos del vehículo que en dos oportunidades estuvieron cerca de causar que mordiera la banquina y saliera dando tumbos. Cada vez que veía luces acercándose por el carril contrario, en lugar de disminuir la velocidad e intentar disimular pisaba más a fondo el acelerador. No quería darle a nadie la oportunidad de que descubriera lo que estaba haciendo, y mientras menos tiempo se cruzaran, más fácil sería conseguirlo.
Su percepción del tiempo seguía distorsionada, lo que no era una buena noticia para él. Sentía la velocidad del auto y el mundo detrás de su ventanilla desplazándose a toda marcha, pero no parecía acercarse ni un centímetro a su destino. Por un segundo imaginó que se encontraba en un dibujo animado de esos que veía cuando era niño, en las que el fondo se deslizaba repitiéndose constantemente en un bucle eterno para dar la sensación de movimiento y los personajes se limitaban a agitar piernas y brazos, haciendo de cuenta que corrían. Sólo que en este caso (un caso que jamás pensó estar viviendo) la situación no tenía nada de cómico.
Después de lo que se le antojó una hora de conducción (aunque tan sólo hubiesen pasado algunos minutos) el camino comenzó a virar hacia la derecha en una amplia curva y un espeso bosque empezó a materializarse de la nada, primero un árbol, luego otros tres, y finalmente un manchón oscuro e impenetrable que engullía la ruta hasta hacerla desaparecer. El lago aún no se veía pero él podía adivinarlo detrás de la espesura, un espejo de agua calma que lo atraía hacia su seno con un encanto casi demencial. Estaba cerca, y mientras antes llegara antes iba a terminar todo.
PUM
El primer golpe lo sintió como un eco lejano, sin alcanzar a descifrar del todo cuál era su orígen. En su mente resonaba un zumbido constante que no le permitía concentrarse en nada que no fuera llegar al lago y sus músculos se encontraban en una tensión extrema.
PUM PUM
Esta vez sí lo oyó con claridad, y el susto que le provocó hizo que levantara el pie del acelerador de forma violenta. Las revoluciones del motor disminuyeron bruscamente y la caja de cambios comenzó a crujir con fuerza. Pese al miedo que lo atenazaba, se recompuso rápidamente y volvió a pisar a fondo el acelerador, provocando que el auto corcoveara hacia atrás y adelante, pero finalmente consiguió recobrar el control.
PUM PUM PUM
No podía continuar ignorando los golpes. Aún faltaban varios cientos de metros hasta poder internarse en el bosque y alcanzar el lago, pero temía que si demoraba demasiado el hombre recobrara el sentido del todo y fuera muy tarde. Miró a través del parabrisas. El cielo se veía de un negro opaco con algunas protuberancias aquí y allá, dando la impresión de ser un estanque repleto de borboteante alquitrán. La oscuridad era absoluta e impenetrable, y ni detrás ni delante suyo se adivinaban las luces de ningún auto. Era ahora o nunca. Puso la palanca de cambios en punto muerto y dejó que el vehículo se deslizara unos segundos por la inercia antes de comenzar a pisar el freno con suavidad. Giro levemente el volante hasta que la rueda delantera derecha mordió el borde de la ruta, comenzó a bajar a la banquina y finalmente insertó la llave en la cerradura del baúl.
Observó el llavero sobresalir de la cerradura durante varios segundos como obnubilado. Los saltos de consciencia estaban volviéndose cada vez menos espaciados, y temía lo que pudiera ocurrir la próxima vez que sucediera. Necesitaba llegar a su casa, necesitaba dormir. Pero antes que nada, necesitaba hacerse cargo de su problema. Giró la llave levemente hacia la derecha y el baúl se abrió con un sordo “clic” y quedó apenas unos centímetros abierto, casi suspendido en el aire. Los golpes habían cesado, al menos por el momento. Cerró los ojos e hizo fuerza hacia arriba con ambas manos hasta que sintió que la tapa dejaba de oponer resistencia. Cuando los abrió se encontró cara a cara con el hombre.
Más que un hombre, se trataba prácticamente de un niño. Su rostro se veía joven, sin asomo de barba ni vestigio de arrugas. En su frente pudo apreciar una gran herida abierta, de donde supuso había manado la sangre que había empapado el pavimento. Pero lo que más llamó su atención fueron los ojos. Estaban abiertos de par en par, y parecían ocupar la mitad de su cara. El color, un celeste acuoso casi transparente, no sólo daba la impresión de que pudiera ver a través de uno hasta su alma sino que también dejaba traslucir su interior, delatando todas sus emociones: se podía percibir su desconcierto y, principalmente, su terror absoluto. El doctor Romero se quedó inmóvil sin poder reaccionar, simplemente mirando esos ojos como hipnotizado. Una vez más le pareció que el tiempo se congelaba hasta detenerse casi por completo, y todo se volvió insoportablemente lento. Los rasgos del joven se desdibujaban para luego volver a definirse alterándose una, y otra, y otra, y otra vez. Vio los ojos cambiar de color, la boca moverse en muecas extrañas, la piel adquirir una tonalidad cetrina y recuperar su color.
El doctor Romero se sentía parado al borde de un abismo, mirando hacia la oscuridad que reptaba, pugnando por salir, y lo llamaba con una voz susurrante cargada de odio y locura. No quería exponerse a eso, no quería responder al llamado, pero tampoco podía evitarlo. Debía huir antes que fuera muy tarde.
Un ruido sordo lo sacó de su ensimismamiento. El joven estaba abriendo la boca, probablemente juntando fuerzas para gritar pidiendo ayuda. Si alguien conseguía oírlo, algo posible aún en el medio de ese paraje desolado, todo estaría perdido. Sería el fin de su carrera. No podía dejar que sucediera, tenía que actuar, tenía que hacer algo. De pronto, casi como si fuera una proyección que se activara en la parte trasera de su cerebro, comenzó a recordar una clase de anatomía de primer año de la facultad. Vio con una claridad asombrosa la maqueta despintada y descascarada que utilizaban para estudiar el cuerpo humano y pudo oír la voz monocorde del doctor Gandía, un anciano decrépito que nadie sabía desde hacía cuánto enseñaba en la facultad, señalando las distintas partes de la laringe ante un auditorio rebosante de estudiantes semi dormidos. Se descubrió a si mismo con el mentón apoyado en su mano, el codo resbalando sobre el banco y los párpados a medio abrir, escuchando a lo lejos la voz del viejo, que repetía el texto del libro casi como un salmo que supiera de memoria, “La laringe es un órgano tubular constituido por seis cartílagos… bla bla bla… Cartílagos impares: Cricoides, Tiroides… bla bla bla”. Sus ojos comenzaron a cerrarse del todo y la imagen se desdibujó rápidamente.
Parpadeó con fuerza para obligar a su mente a escapar de ese salón espectral y volver a la realidad. Bajó la vista y enfocó la garganta del joven, evitando detenerse en sus ojos por miedo a perderse nuevamente. Analizó con ojo clínico las distintas partes, vió la nuez de adán y enfocó el cartílago cricoides, ubicado inmediatamente debajo de ésta, y lo rodeó con la mano encajándolo en el espacio entre sus dedos pulgar e índice. Luego apoyó el borde exterior de la mano izquierda sobre el dorso de la derecha y comenzó a hacer presión, sintiendo la fragilidad de los cartílagos a través de la piel. De la garganta del joven comenzó a salir un débil gemido, apenas un hilo de voz, en un vano intento de oponer resistencia. Sus manos comenzaron a abrirse y cerrarse de forma espasmódica, y le hizo pensar en un tubo fluorescente que titila tratando de encenderse para finalmente quemarse del todo. Los ojos fueron perdiendo el vívido resplandor hasta volverse grises, apagadas cuencas vacías que miraban la nada sin ver. El cartílago cedió del todo, y el pecho dejó escapar un silbido hasta quedar completamente inmóvil. Ya estaba hecho.
El doctor Romero continuó ejerciendo presión durante lo que le parecieron horas, días. En su mente el tiempo ya no existía, no tenía percepción alguna de su transcurrir, y no podía estar realmente seguro de si había estado comprimiendo la traquea del joven el tiempo suficiente o si aún podía existir la posibilidad de que estuviera con vida. Comenzó a levantar ambas manos esperando que en cualquier momento el cuerpo comenzara a convulsionarse en una violenta tos producto del abrupto reingreso de oxígeno en los pulmones, pero nada sucedió. Tragó saliva en un intento por disolver el nudo que había comprimido su garganta. Sus manos comenzaron a temblar sin control mientras se asían con fuerza al volante del auto que avanzaba nuevamente por la ruta a toda velocidad.
El nudo que tenía en la garganta comenzó a deshacerse a medida que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos con un ardor amargo, quemando sus mejillas. Maldijo por lo bajo a su cerebro que lo había forzado a permanecer consciente durante todo ese tiempo, obligándolo a vivir esa pesadilla hasta el final. Enjugó su rostro con el dorso de su mano y fijó la vista en el bosque, que se acercaba más y más. Detrás debía encontrar el lago. Y, con algo de suerte, el final de todo.
Las luces lo tomaron por sorpresa. Podría haber jurado que no había absolutamente nadie a kilómetros a la redonda, no había cruzado ningún otro vehículo desde hacía un largo rato. Y sin embargo, en el borde de su retrovisor comenzó a vislumbrar un constante parpadeo azul eléctrico que parecía desplazarse a una velocidad asombrosa. Las sirenas se hicieron audibles recién algunos segundos (¿o fueron minutos? ya no lo sabía) después. El doctor Romero pisó el acelerador hasta donde le fue físicamente posible y el auto pegó una sacudida hacia adelante. Los árboles aceleraron su marcha hacia el auto, comenzando a cubrirlo con sus copas. La sirena se convirtió en un plural, y de pronto el bosque parecía estar completamente teñido de azul. Sintió que el temblor de sus manos se extendía hasta apoderarse de todo su cuerpo. Golpeó con furia el volante del auto, mientras de su boca salía un grito atronador que liberó toda su frustración, su miedo y su ira acumuladas. No tenía escapatoria, se encontraba en el medio de la nada y en cualquier momento iba a estar rodeado de policías preparados para arrestarlo. Necesitaba encontrar un lugar donde esconderse, al menos por unas horas.
La idea que se materializó en su mente se le antojó tan demente como brillante, en proporciones casi idénticas. Pero era su mejor alternativa. Ya había invadido su cerebro por completo, y era lo único en lo que podía pensar. A su derecha los árboles se veían cada vez más juntos a medida que se internaba en el pequeño bosque, pero alcanzaba a vislumbrar a través de ellos el suave movimiento del agua en la superficie del lago. Hizo girar el volante casi noventa grados y las ruedas traseras chirriaron contra el pavimento, haciendo oscilar peligrosamente el auto, mientras las delanteras mordían el borde de la ruta y luego la tierra de la banquina. Pisó el freno a fondo y el auto se zarandeó con brusquedad, provocando que se golpeara contra el parabrisas primero y contra el apoyacabezas después. El paragolpes delantero se incrustó en el árbol más cercano, abollándose por completo y activando la bolsa de aire en el proceso.
Un ataque de tos lo invadió mientras luchaba con la puerta y comenzaba a descender, y lo obligó a permanecer de rodillas durante varios segundos entre el humo que salía del motor. Un fuerte mareo se sumo a su ya sumamente alterado estado, y lo desorientó más y más a medida que se ponía de pie y comenzaba a avanzar entre los árboles dando tumbos y chocándose contra los troncos. Casi podía oler el agua. Era su salvación, todo iba a estar bien, iba a volver a la normalidad, al día siguiente nadie tendría registro de nada de lo sucedido ni podría asociarlo a nadie. Sólo debía esperar algunos minutos, a lo sumo una hora, y podría volver a su hogar completamente desapercibido. Las luces azules ya se adivinaban al borde del bosque, y el sonido de las sirenas traspasaba el silencio que se sostenía entre él y el resto del mundo como una pesada cortina de terciopelo.
Comenzó a quitarse el abrigo, primero la campera, luego el buzo y la bufanda. La parte superior del ambo se enredó en su cabeza pero finalmente consiguió sacársela, y procedió a sacar los pesados borcegos de sus pies mientras se movía a los saltos. Cuando llegó al borde del lago sólamente le quedaba por quitarse el pantalón y la ropa interior. Una vez que se encontró completamente desnudo dio varios pasos hacia atrás, hasta que su espalda chocó contra el tacto rugoso de la corteza del último árbol, y empezó a correr.
Sus pies fueron los primeros en entrar en contacto con el agua pero hizo caso omiso del frío que comenzaba a trepar por sus pantorrillas como hormigas de fuego mordiendo cada centímetro de piel a su paso. Cuando sus muslos empezaron a mojarse dio un salto hacia adelante y sumergió su cabeza con la destreza de un nadador olímpico que comienza la carrera definitoria por la medalla dorada. El contacto de su rostro con el agua le resultó liberador, sintió que por fin estaba pensando con claridad, que esta era, sin lugar a dudas, la mejor idea que había tenido en toda la noche. Cerró los ojos y se sumergió más y más, siempre hacia el centro y hacia el fondo, dejándose ir, a salvo de todo, hacia el centro y hacia el fondo, a salvo, a salvo, a salvo…
-¿Che, te falta mucho con eso? Me estoy muriendo de frio.
-Dame dos segundos, ya casi lo tengo… dale,estamos, cuando quieras.
-Trágicas noticias en la mañana de hoy. Cerca de las seis treinta, un hombre que salió a correr por la zona de los lagos se topó con un terrible descubrimiento: el cadáver de un joven, de alrededor de treinta años, flotando en las aguas del Lago Mayor. Fuentes policiales deslizaron que se trataría de Gerardo Romero, doctor del Hospital Nuestra Señora de la Merced, quien habría terminado su turno ayer por la madrugada, última vez que se lo vio con vida. En las cercanías del lago habría sido encontrado su vehículo, colisionado contra un árbol, y dentro del baúl se hallaron los restos de un animal muerto, probablemente un zorro según declararon las autoridades. Todavía se desconocen los motivos que habrían llevado al doctor Romero a encontrar un trágico final en las heladas aguas del lago.
-Perfecto. ¿Corto?
-Dale. Vamos a tomar un café, que no desayuné nada y estoy cagado de hambre.
