Si te vas pa la ciudad…

Cuando los lugares nos empiezan a quedar lejos uno empieza a recordar más y a inventar menos. Entre mis recuerdos está ese pueblito a la vera de la ruta en medio de cañadas, pajas indias y postes que nos dan la data justa del paso del tiempo.

“no te olvides del pago, si te vas pa la ciudad…”

Hoy, entre medio de los recuerdos, me acordé de una tarde de sábado que anduve por aquellos lares. Pos almuerzo con la vieja y el pa, me fui para el club a ver el fútbol comercial categoría jóvenes. Jugaban los pibes, creo que el Pity, Cachito, Turbina y Rinaudito. En medio de eso lo que menos se podía hacer, era comprar una jarrita de vino con hielo y pritty y sentarse detrás del tejido.

Entre pelotazo y pelotazo, se acerca un petiso de atrás, me toca el hombro y me dice: “Nadir” — con un acento tímidamente fuerte-. “Si”, respondo. Me doy vuelta y tras un flequillo de rulos encontré todas las amistades de un tiempo de primaria y secundaria, de cagadas colectivas, de gomeras en el descampado, de camiones trepados, de cañas y barriletes, de bicicleta, campo y trampera. Los prominentes rulos eran de Sandro, el hijo de la Perla, un chango hijo de laburantes con el que aprendí, entre otras cosas, a hacer camisetas de fútbol con las etiquetas de cigarrillos. Vivía por calle Democracia, al oeste de mi casa. En la esquina del frente había un de campadito. La calle era de tierra. Su casa, una bien de barrio, esas que son del sueño del laburante y la casa propia.

Charlamos un ratito, de huevadas. Hasta que me dice “vení, te quiero presentar a mi pibe. Caminamos unos metres y un gordo de chupete se asomaba en una capucha diminuta, mirando para arriba y Sandro contándole quién era el morocho alto de al lado. Tras unas risas me dice “te presento a la mamá”, una piba que estaba sentada en el tablón de la cancha al lado.

“cuanti más lejos te vayas, más te tenés que acordar”

Quizás uno espera cosas más grandes, tiene otras ambiciones, pero esas pequeñas cosas, de encontrarte con un viejo amigo, que se acuerde de las cagadas que hicimos juntos, que te convide su experiencia y te regale la mirada de un chango feliz, es un gran regalo.

Como dice un amigo de aventuras “no te olvides del pago, si te vas pa la ciudad, cuanti más lejos te vayas, más te tenés que acordar”.

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