Japón VII

Otro día dedicado a templos y al Kyoto antiguo, esta vez dirigiendo la mirada hacia el oeste: Arashiyama y el pabellón dorado. Para rematar, las puertas tori de Fushimi Inari-taisha.


Cogiendo uno de los estupendos autobuses urbanos japoneses, nos dirigimos hacia el noroeste de Kyoto para visitar Kinkaku-ji, el pabellón dorado.

Fue construido por orden de uno de los shogun Ashikaga, el abuelo del que luego construiría el pabellón plateado, y efectivamente está recubierto de paneles de oro. Lamentablemente es una reconstrucción porque en 1950 un novicio con problemas mentales decidió prenderle fuego y luego suicidarse, aunque sobrevivió. En 1955 terminaron la reconstrucción, en teoría fiel al original (aunque hay dudas de si era tan dorado).

Los jardines son bastantes grandes, y el edificio merece la pena por lo icónico que es. De hecho es probablemente el templo más popular de Japón y la cantidad de turistas es importante, y alrededor apenas hay nada que ver, hay que coger autobús para ir y para volver.

Admirado el templo y sus jardines, cogimos otro autobús para ir a Arashiyama, la zona oeste de Kyoto, con más templos, otro río y un bosque de bambú.

Antes de ir a ver templos, nos acercamos a la orilla del río a ver el puente, bastante famoso, y a comer en un sitio especializado en fideos soba.

De muerte.

Pedimos fideos calientes y fríos, con diferentes acompañamientos y con vistas al río. Sólo de escribir estas líneas, los echo de menos.

No muy lejos del restaurante está el templo de Tenryu-ji, o templo del dragón del cielo, construido en 1345. Es un templo bastante grande, con entrada distinta para el interior y el jardín (recomiendo ambos). Lo más bonito es el jardín, con toda la montaña a los pies y un estanque precioso.

Esta veranda conecta con una casa más pequeña con útiles de escritura.

El jardín del templo sale directamente al bosque de bambú de Arashiyama. Caminar entre los troncos de bambú y bajo la luz que se filtra entre las hojas es como transportarse a otro mundo. La luz adquiere cierta textura sedosa y el sonido de la ciudad parece atenuarse, es un sitio especial.

Saliendo del bosque de bambú se llega a la entrada a Okochi Sanso, la antigua villa de un actor japonés en la época del cine mudo, que al morir decidió que su casa sería un templo y se puede visitar. Los jardines son interesantes, especialmente por estar conectados por tramos en los que la vegetación te envuelve completamente, con lo que parece que cada parte del jardín sea independiente.

La villa-templo tiene un jardín que sube a la montaña y tiene vistas del valle por un lado y de Kyoto por el otro.

Además la entrada incluye un té matcha que disfrutamos tranquilamente.

Lo siguiente era coger un tren para ir a la estación de Kyoto y de ahí al templo de Fushimi Inari-taisha. El nombre quizá no sea muy popular, pero las imágenes de las puertas tori formando pasillos sí que lo son.

Camino a la estacióin.

Una de las ventajas del templo de Inari es que la atracción principal, las puertas, están en el sendero que sube al monte y por lo tanto accesibles a cualquier hora del día (los templos japoneses suelen cerrar entre las 16:00 y las 18:00).

El templo está dedicado a Inari, la diosa del arroz y posteriormente de los negocios. Uno de los símbolos de Inari son los zorros, que se supone guardan el granero del arroz y llevan en la boca la llave.

Las puertas tori son donadas por negocios japoneses para tener fortuna en sus negocios, y por uno de sus lados llevan el nombre inscrito. Hay de diversos tamaños (e incluso de piedra) y por lo tanto diversos precios.

Además de las puertas, hay centenares de pequeños altares a Inari repartidos por el monte, en recovecos y la linde del bosque. Fuimos al atardecer, con lo que pasear por los templos tenía un aire muy mágico.

El paseo hasta arriba es bastante largo, casi una hora. Arriba se puede ver Kyoto y, dado que el monte es bastante plano, hay un paseo que recorre la cima bastante extenso. Como el sol iba poniéndose, nos decantamos por volver y recorrer para bajar otro de los caminos que se pierden por el monte.

Es uno de los sitios más famosos y populares de Japón, así que hay muchísima gente en las zonas con más puertas, y todos intentando conseguir fotos sin nadie. La paradoja es palpable.

Con esto acababa la lista de sitios que queríamos ver y el viaje a Japón iba terminando, sólo nos quedaba medio día más.

Para rematar la jornada, volvimos al centro a ver tiendas y comprar cosicas (hay un Tokyu Hands en Kyoto y no nos pudimos controlar). Acabamos cenando en un sitio aleatorio de un centro comercial (Yodabashi Camera) y es que da igual dónde vayas, la comida está genial.


Terminado el turismo, nos quedaba una mañana en Kyoto antes de coger tren a Osaka para volar de vuelta. Pero de vuelta a Hong Kong. Así que aún queda tela que cortar.

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