Creciendo con estar en Capital

El 10 de diciembre mi scrolleada en Instagram no fue tan inútil como siempre.

El 16 mendigué mi aguinaldo, y afortunadamente aceptaron dármelo.

El 19 compré pasajes.

El 6 de enero lluvioso me subí a un colectivo hacia Buenos Aires. Y en mi agendiario escribí “ estoy viajando, no lo puedo creer. Nervios-emoción-expectativas-preguntas.”

El 7 llegué. Todas esas palabras que había enumerado la noche anterior, a las 18 horas de ese día se depositaron en un lugar concreto: una sala amplia con cinco mesas blancas con sillas alrededor, una pantalla y proyector en el fondo, y también con varias ventanas que mostraban muchos edificios pero también una porción abundante y amable de cielo. Cielo que en las tardes pude ver que se volvía rosa, naranja y lila, confirmando de esa manera las fotos clichés que la gente sube, pero no por eso menos importantes, de los cielos porteños.

Estaba ahí porque la scrolleada de aquel 10 diciembre me había topado con el flyer del Taller de Narrativas Digitales de la Revista Anfibia, medio que me habían recomendado en el primer año de la facultad y nunca más dejé de leer.

En la mañana de ese día, bien temprano, había llegado a la casa de la Abuela Ana, yo no la conocía pero su nieta Ro, amiga mía, se había encargado de hablarnos muy bien de cada una. Su casa quedaba en un barrio que recién a la noche supe como se llamaba. Mientras desayunábamos Ro buscó 2 papelitos uno rosa/rojo y otro lila. En ellos escribió los colectivos y subtes que me tenía que tomar, con sus respectivos nombres de paradas. Por ejemplo para la vuelta a casa tenía que hacer 3 combinaciones de subte y tomarme un colectivo. La ciudad inmensa y abrumadora me estaba dando la bienvenida en forma de recorrido de transporte y yo todavía no tenía la SUBE cargada.

En la primera clase tuvimos el típico momento de presentación. Un número importante de compañero contó de sus trabajos, algunos otros de maestrías y doctorados y algunos poquitos de qué no sabíamos para donde ir. Al principio me dieron miedito, pero no lo suficiente como para borrar de mi cabeza el lema-oración que me había inventado antes de viajar: “soy un bebé profesional que está aprendiendo y no voy a desmerecer las cosas que ya sé ni tampoco voy a subestimar mi potencial aprendizaje”.

Cuando llegó la hora del break, también había llegado el momento que definiría, en cierta forma, mi estadía por el resto de la semana: el de la sociabilización. Los segundos pasaban y de a poco los seis de la mesa habían empezado a sacar sus celulares. No quería que fuéramos entes, así que me puse a buscar en mi mente el recuerdo de lo que habían dicho en sus presentaciones y de qué manera podía decir algo que se relacionara a sus intereses. A uno le hablé de mi podcast colombiano favorito, Cosas de Internet, a otra le pregunté sobre su blog de joyería contemporánea, a otra le halague su proyecto de consultora con mapeo de vínculos para futuros trabajos. Cuando menos me di cuenta todos estabamos charlando. Lo había logrado, no iba a ser una ente el resto de la semana.

Al otro día llegué con ansias de reencontrarme con mis compañeritos. Pero como eso no era un jardín de infantes, todos estaban dispersos en otras mesas. Se me rompió un poco el corazón, sin embargo no bastó para qué me inhibiera, ya tenía la confianza necesaria para charlar con cualquiera de cualquier cosa. Así fue como conocí personas muy interesantes que me contaron sobre sus proyectos sobre economía, audiovisuales, feminismo en Corea, inmigrantes gallegas en Argentina y sobre comunicación política.

En un cuadernito artesanal fui anotando todo con mi letra cursiva deforme y con resaltadores pasteles fui destacando los títulos y temas. Creo que nunca había sido tan dedicada y prolija para tomar notas. Las 25 páginas que llené tenía los títulos con lila: “fin de las grandes audiencias”, “vídeo digital”, “pensar desde lo visual”, etc; las palabras claves con celeste: “emociones”, “campaña de difusión”, “yo+imagen”, etc; otras palabras importantes con rosa “podcast”, “wpp”, “newsletter”, “guionar”, etc; y las ejemplificaciones estaban enumeradas con puntitos y rodeadas con naranja flúor.

A medida que fui completando esas hojas durante la semana del taller, sentía con más fuerza algo que hacía un tiempo venía sospechando, algo que en más de una ocasión había subestimado. Lo sentía con una intensidad curiosa por el futuro pero también con un llamado a la responsabilidad presente y advertencia contra la vagancia . Pero lo más fuerte es que lo vivía como una especie de revelación que confirmaba que mi obsesión por contar cosas por internet no era una estupidez. No solo no era una estupidez, sino que en realidad era mi piedra angular para pensar el camino como comunicadora que quería (quiero) empezar a construir. Una de mis crisis existenciales estaba casi resuelta. Gracias Buenos Aires.