Mes sin nombre

Cuando me sobrevino la imagen, tomaba un café recolado.

Me dio por pensar que todo sucedería estando yo lejos. Kilómetros y un océano lejos. No sólo lejos del valle, sino apartada un piso o dos del momento del anuncio. El desenlace se sabría, según el reel en mi cabeza, estando yo arriba en el ático, mirando por el periscopio; o en el sótano, atrapando piezas para mis collages.

“Cota Mil” — Av. Boyacá, Caracas

No siempre se puede caminar por el medio. Equilibrarse entre dos vías sería como trasladarse magnéticamente con el presente sin desvíos de recuerdos o de tareas pendientes. Una calle empedrada, una cuadra patrimonial, no es garantía en esta ciudad. En mi ciudad, digo. Un minuto mirando azulejos, imaginando cómo se siente una sombra fresca de un balcón, descubriendo una hilera de cactus en una orilla, es un tiempo suficiente para que algo acontezca. Un sobresalto. Un motor. Un rumor. Una persecución.

La TV narraba en otro idioma y en la sala se solapaban los anuncios electrónicos de todos. Era raro, tenía el paladar como congelado. De los ventanales llegaba una niebla manzana que traspasaba la pizarra transparente con lilas, rosados, amarillos, azules, blancos ; pero yo sentía en los pies el asfalto hirviente de la autopista, en otro continente. Misterio. El porqué del recuerdo de un suelo de fuego de 1 pm. Seguramente un fragmento suelto de alguna jornada, cuando sacábamos en procesión la rabia y la esperanza.

Balcony flowers” by Michael Button can be reused under the CC BY License

Dieciocho años esperando un momento. Este momento.

Una palma abierta, tenaz pero invisible, me sostenía por el pectoral izquierdo, haciendo resistencia y atajando desde el centro la fuga de latidos. Compensando el ritmo base. Procesar señales, sincronizar, probar y descartar laminillas de aumento, hasta encapsular una imagen.

Muda y alerta. “Huyeron”, reformulé, que es una forma de traducir para uno. Por fin habían tenido que eyectarse de esa isla artificial que fueron armando con nosotros adentro. Se exiliaron del valle, de sus colinas y ríos, se enterraron en el mar. Con sus roídos paracaídas, sus altavoces rotos, sus tintas secas, se fueron de nosotros.

Después reía; reía, pero sabía que atardecía. Lúcidamente iba entendiendo que era justicia, que era festejo, pero que era todo tardío también. En un lapso sin reloj, vi pasar los cuadros de casi dos décadas, cosidas sobre la marcha, con todas sus esperas entre paredes de color sin nombre. Alivio y tensión había en la risa. La noticia había sido un clic, algo que encaja, que satisface, que al fin se acopla. A la vez, era un despertar neural, un sol directo sobre la herida. Cuántas cicatrices no notadas por la falta de luz. Qué rostros desvelados evacuando el puente. El río, crecido por años, rugidor y arrastrándolo todo, ahora quedaba diluido en un mar de rocas y destrozos, vidas desinfladas, flotantes, organismos desmembrados en un curso de desmoronamientos. El lodo cubrió muchos de nuestros brotes. Al final la gesta estaba yendo a parar con los mármoles de siempre al cementerio.

Balance. Tres amaneceres en total. Uno de abril, trágico, de dolor perplejo y claridad ciega de duelo. Otro de diciembre: expectante, juvenil, recuperado. El tercero, éste. Inesperado en la tarde de un mes sin nombre. Desde otro país.

Coffee break” by Nick Lee can be reused under the CC BY License

La siguiente fue la primera mañana sin mandamases y mi deseo fue convocar otras épocas. Convoqué en silencio a mis seres durmientes, añorados. En calma, me parecía muy suave la brisa afuera. “Me pregunto qué vendrá”. Importa: No.

Han dibujado un tulipán en mi café, lo han colado una sola vez. El aroma es preciso, se trepa y te recubre, como un Butterkuchen de aquí, como un pan dulce de allá. Porcelana-pincelada, escucho cada vez que se tocan la taza y el plato.

Detalles.

Me intrigará el regreso.

(Fantasía texto sobre el fin de un ciclo de poder en Venezuela).