Historias del Metro — 02
Después de mi incidente la noche anterior en el metro, tuve que volver a utilizarlo. Eran alrededor de las 6 de la tarde, ya había oscurecido. Después de utilizarlo todo el día, mi celular se apagó. Pero llevaba un libro para entretenerme en el camino de regreso. Aunque era hora pico, pude alcanzar asiento en el metro, saqué mi libro y me disponía a leer. Entonces, un señor como de alrededor de 70 años (bueno, tampoco sé muy bien calcular la edad de la gente) con sombrero negro, de esos norteños, se me acerca y me pregunta: Puedo sentarme aquí (refiriéndose al asiento libre a mi lado) Yo me sorprendí un poco pues, nunca nadie pide permiso. Le dije, sí claro siéntese, lo hice muy enfusivamente para que se diera cuenta que no tenía que haberlo hecho. Tomó asiento y me explicó que lo hizo, ya que alguna vez una chica se enojó. Sabemos que esos asientos son pequeños y pues en algún momento tienes que hacer contacto con la persona de al lado, pero sabes que no es por mala onda. Me dice que le pidió una disculpa y que ahora siempre pide permiso para sentarse. Cosa que me parece bien. Empezamos a conversar, me preguntó mi nombre y yo el suyo.
- “Me llamo Paulino”
- “Mucho gusto, yo Angélica”
Y comenzamos a platicar.
Me dijo que es viudo, tiene 4 hijas y 4 hijos. Cuando era joven se “robó” a su esposa. Fue de común acuerdo, y me dice que en ese tiempo “robar” significaba entregar a la muchacha al juez (entiendo que en ese tiempo las cosas eran diferentes), entonces el Juez manda llamar a los padres de la muchacha, y es como una pedida de mano muy extraña, porque acuerdan la fecha de la boda. Se casaron a los dos meses. La boda duro 4 días. Me dice que fue la única mujer de su vida. Y por cómo se expresa de ella, se nota que la amó mucho. La ama mucho.
Me dijo dónde vive, que sus hijos ya no lo visitan tanto después de la muerte de su esposa, y eso le duele. Trata de ser buen amigo, buen vecino, buen compañero de trabajo.
Me dijo que le dió gusto platicar conmigo, porque todos en el metro van como enojados. “¡Hijole! Usted me sorprendió mucho” dice con una sonrisa. Traté de acordarme de alguna platica así con mis abuelos, pero creo que nunca la tuve.
“Espero que cuando se case, sea muy feliz, espero que le vaya muy bien” … Cuando dijo eso, pensé en decirle que yo no quiero casarme, pero tendría que explicar mis razones y ya estábamos llegando a la estación Cuahutemoc donde me tenía que bajar, así que solo le di las gracias y me despedí.
Me gustaría volver a platicar con Don Paulino. Tal vez vaya a buscarlo a la plaza, para ver si me lo encuentro barriendo su banqueta, como me contó.
¿Cuánta gente habrá en esta ciudad? ¿Cuántos estarán pasando un muy mal momento en su vida? ¿Eso justifica que todos tengamos mala cara? ¿A cuántas buenas personas que han pasado cosas terribles siguen positivos? ¿Cuántas personas vivirán con miedo? Nunca lo voy a saber. Pero, el hecho de que el día anterior me hubiera sentido acosada por parte de unos chavos en el metro, no quiere decir que le niegue el asiento a una persona y menos tan agradable como Don Paulino, que me regalo una buena plática y muchas cosas en que pensar, que esas ya no las voy a contar.