Majo Página
Sep 9, 2018 · 4 min read

MERLÍ como promotor de la vergüenza

Nos quitan el gusto por aprender o diatriba sobre la culpa.

En Chile, la docencia es vista como un oficio: trabajamos para muchísimos jefes (utp, director, sostenedor, ministerio, superintendencia, agencia de la calidad), tenemos reglas rigurosas que cumplir, nos cuestionan constantemente e incluso utilizan ficciones para caracterizar el cómo DEBIERA ser nuestra labor.

En un consejo de profesores cualquiera, instancia que sirve para retroalimentar nuestro trabajo con los pares y que en realidad solo funciona para que el estamento mayor (dirección, utp u otros imaginarios del mundo educativo) de directrices sobre lo que buscan en nuestro hacer, se dan situaciones de lo más surrealistas: nos invitan a practicar yoga para relajar nuestros cuerpos y mente o nos invitan a seguir de ejemplo una serie de ficción de Netflix que trata de un profesor muy particular. Seguro la han visto o al menos escuchado: Merlí.

Que para plantear desafíos laborales usen creaciones ficcionales en vez de documentos académicos ya habla bastante de la complejidad de la cuestión reflexiva. Pensando que solo habría sido una circunstancia anecdótica, me encuentro en la red social de la ONG ELIGE EDUCAR, amiga del gobierno, y que busca por todos los medios generar en la carrera del enseñar los aires vocacionales que dicen necesita (porque no somos lo suficientemente vocacionales ante la realidad laboral que nos enfrentamos), un posteo inspirando la misma idea en cuestión que mi jefe directo ya me había planteado en la reunión laboral. Todo esto, no pudiendo ser peor, lo fue cuando me percaté de muchísimas respuestas que alaban la calidad de la serie y el sentido para nuestro “quehacer docente”.

Que las instituciones en sí te planteen ficciones para promocionar e incluso gestionar la visión (mi jefa me dijo que quería que hiciéramos clases como Merlí) de un trabajo me hace cuestionar si lo mismo habrá pasado cuando estuvo de moda el “simpático” Doctor House. ¿El ministerio de salud habrá publicado mensajes del tipo “queremos más doctores como él” o en una reunión de médicos el director del hospital habrá planteado tal idea?

¿No verdad?

Pues no. Y no porque la serie no fuese inspiradora, porque el carácter de mierda del protagonista seguro que sirvió de base para algunos esforzados (o no) posibles estudiantes de la carrera, sino más bien porque plantear una ficción como guía de una práctica profesional no deja de ser algo sacado de los pelos.

¿Cómo es que entonces llegamos a esta situación?

La carrera docente dentro de nuestro país ha estado viviendo en los últimos años la peor de sus debacles. Cuestionamientos constantes a partir de supuestos “resultados” han servido como base para determinar que el conglomerado está repleto de malos académicos que deben mejorar o salir del sistema. Ello tiene un montón de razones de fondo ligadas más bien a lo social, pero como en un supermercado se culpa al cajero cuando la empresa te estafa o te trata mal, lo mismo pasa con la educación: somos la cara visible de un sistema podrido y por lo tanto somos nosotros, y no el sistema, lo que debe mejorar.

Ello se demuestra en la carrera docente. Determinaron que evaluarnos cada cierto tiempo serviría para mejorarnos y por lo tanto mejorar el sistema educativo. Tal, edulcorado con mejoras salariales y una palabra que últimamente dentro de nuestro rubro ha generado un discurso de lo más entretenido: “perfeccionamiento”.

Una de las responsabilidades que tiene el docente, según los pensadores, a la hora de hacer mal su trabajo, es que deja de estudiar en el momento que enseña y solo enseña por lo tanto lo que aprendió en la universidad, lo cual sin lugar a dudas se puede hacer poco cuando día tras día el conocimiento se va actualizando porque el mundo va acelerado. La solución entonces es obligarlos y no preguntarse por qué no lo hacen.

Vamos a mejorar la ecuación para despejar algunas de las variables: recién para el 2019 tendremos una división de 60/40 entre horas lectivas y las que no. Para los mortales, de cada 60 minutos de nuestro contrato, 40 minutos serán para aula y 20 para la planificación de esas 40. Es decir, quieren que en 20 minutos organicemos nuestra clase, estudiemos nuevos contenidos, desarrollemos material para nuestros estudiantes y también lo revisemos. De paso, ese tiempo también nos debe servir para conversar personalmente con ellos y resolver sus problemáticas personales, porque también tenemos que jugar a la orientación. Recordando que en promedio por curso, tenemos unos 30 pequeños, llenos de ganas de aprender y llenos también de problemas ligadas a sus contextos particulares (Carencias afectivas, problemas económicos, limitaciones socioculturales, etc y etcs) Antes, el sistema funcionaba con 80/20. A partir de ello, ¿es posible pensar que nuestro desinterés por el estudio puede ser un factor de tiempo para aprender? Somos tan denostados, que incluso nos piden completar libros donde se indique lo que hacemos en esos 20 minutos, porque además, el sistema no cree que trabajamos.

¿Es posible entender por qué algunos colegas pierden completamente el interés por lo que les gustaba de inicio, que era enseñar, aprender y enseñar en un círculo infinito?

No es difícil cuando tras años haciendo tu labor, con la mayor dedicación posible, sacrificando tiempo personal y ganando un sueldo miserable, te propongan como ejemplo para tu “buen hacer” un profesor llamado Merlí. Es injusto, es terrible, es sufrible, es llorable. Imposible ser peor cuando no vale cartón ni trayectoria. Nada puede hacer hoy que los profesores sean vistos como lo que son: profesionales.

(Por último fuese Mistral)

Majo Página

Written by

de mujeres en la sociedad, educación, literatura, monos shinos y videojuegos.

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