Cuentos de tezontle y granito

Siempre he creído que la literatura, sea lo que eso sea, es algo que sucede en soledad y silencio. Ya sea a la hora de la creación o de la lectura, las letras nacen o resucitan cuando nos encontramos ensimismados en muda plática con nuestros fantasmas. Por lo mismo, nunca he entendido estos eventos llamados presentaciones de libros. Pero pienso que tal vez, lo que aquí nos atañe el día de hoy, sea celebrar un logro humano. Pienso en las Olimpiadas, en las finales de futbol, los conciertos, en las funciones de teatro. Eventos donde los hombres nos agrupamos para aplaudir la excelencia en alguna capacidad individual que refleja nuestra grandeza colectiva. Después de todo no hemos dejado de ser ese grupito de simios que, emocionados, se ponen a dar de chillidos cuando uno de ellos logra crear fuego.

Así pues, hoy estamos aquí para celebrar la llama cuentística de Gabriel.

Ya que no estuvimos presentes aquellas noches en que, tal vez en compañía de una cerveza ya tibia, Gabriel batalló contra el procesador de textos y salió victorioso, hoy podemos brindarle los oles atrasados. Y en mi opinión, este festejo debe ser por partida doble. Pues en los cuentos de Gabriel nos encontramos todos retratados. Al aplaudir sus libros, nos celebramos a nosotros mismos. Desconozco las razones detrás de los temas elegidos en sus libros. Pero me gusta imaginar que sus cuentos se han forjado con un inmenso amor a esta ciudad. Un amor parecido al odio que le declaró Efraín Huerta. Un amor sólo posible a través del conocimiento honesto y profundo, capaz de descubrir en esta ciudad de tezontle y granito, un criadero de virtudes desechas al cabo de una hora.

Dije que en los relatos de Gabriel se encuentra todo el DF: chivas o americanistas por igual. Pero también: Niños tristes y Perros sin nombre. El bordo de Xochiaca con sus bandadas de pepenadores, la Jardín Balbuena con sus aviones en ronda, las nucas de los edificios de Reforma, una secundaria con sus amores inaugurales, un rostro pintado de leoncito en Chapultepec, una versión más viva y a la vez más tétrica de su zoológico, el Estadio Azteca, el Azul, un puesto de películas pornográficas, una rosticería, la Plaza Meave, un table, el Hospital de quemados de Tacubaya, un par de estaciones del metro con sus cientos de limosneros, el palacio porfirista de Bellas Artes, el monumento a Beethoven a un costado de la Alameda…

Adjetivar la narrativa de Gabriel, además de probablemente inexacto, sería algo ocioso. Sus lectores habrán de encontrarse con sus frases que remiten a esquinas puntuales de esta ciudad, a objetos que de no ser por sus cuentos, tal vez pasarían directamente al olvido, a comparaciones que compiten con la gracia de los espejos, con sensaciones que preferiríamos olvidar, pero que de algún modo es necesario revivir en la memoria para terminar de conocernos mejor.

Alguna vez escribí que existen ciertos escritores que si me los encontrara en la calle, lo primero que haría sería darles un golpe en la cara y después lloraría abrazado a sus rodillas. Mi respeto por la cuentística de Gabriel lo han convertido en uno de estos autores. Sin embargo, para guardar las formas, le cambiaré el golpe por estas atolondradas palabras y las lágrimas por un trago con el cual brindar por sus futuros libros.

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