¿Quién seré: donde estoy o donde regresaré?

Dicen que no te debo amar, porque tus números cuentan la historia de nuestra miseria, mi hermoso y corrupto pequeño pedacito de tierra. En el amor los números no importan, siempre buscaré maneras para defenderte, para ver más allá de la sangre que fluye por tus calles, tus contrastes y el río de piedras que contiene el bordo con las casitas de niños hambrientos opuesto a la mansión de una familia acusada por lavar activos para el tipo incorrecto de hombres de negocio.

Con un océano separándonos, lloré por vos hoy. Lloré por vos pero también por mí, porque amarte me parte en dos el alma: la mujer que quiere regresar ahorita e impedir que el barco se hunda porque tal vez la paz aún es una posibilidad, y la rata naufragada que se quiere quedar lejos, guardada, cómoda y segura en un país lejano donde todo es más fácil donde puede envolverse en una burbuja y pretender que el mundo es un lugar semi-decente para vivir. Este país donde casi puedo pensar que todo estará bien, donde puedo olvidarme del río de piedras, las caras de inanición de los inocentes a los que les fallamos, y los cadáveres de mis compatriotas que merecían una mejor vida que la muerte que tuvieron en una lucha válida y loable pero de todas maneras no merecedora de su sangre.

Mientras veo el paisaje cubierto de nieve desde la seguridad y calor de otro hogar, el chiste cruel que llamamos democracia le da la bienvenida a un dictador. Mi gente, mi tierra, arde con furia y esperanza. La esperanza de que con fuego, sangre, gritos, lágrimas y cacerolazos la verdad prevalecerá. Ese chiste cruel, y el dictador que engendró no merece la sangre de ningún compatriota, pero siguen luchando y siguen sangrando. Aunque la pacifista en mi sufra por la sangre que fluye, espero que honremos los sacrificios, y que no olvidemos.

Desde mi privilegio, veo la violencia y saqueos, y desearía poder condenarlos, porque es más fácil condenar que entender. Entiendo, muy dentro de mi, que la gente está retomando lo que siente que el país y la oligarquía les robó. Pero no se dan cuenta que las victimas del fuego cruzado son dueños de PYMEs que forjaron con su sudor el medio de subsistencia de sus familias. Aunque empatizo y me duele su sufrimiento, no puedo condenar a las turbas porque entiendo de donde vienen, porque me hice de la vista gorda ante el sufrimiento de mi gente, porque aun dentro del país mi negligencia y la negligencia de muchos otros como yo gestó la violencia que vemos. Cuando los pobres tienen hambre, el resto no tiene paz.

Ahora entre tanto sufrimiento, miseria y represión, desearía haber perdido la esperanza. Desearía poder dejar que el país arda, bailar sobre las cenizas, y olvidar todo. Desearía poder dejar de desear un mañana mejor, sin embargo deseo que el día en el que dejé de desear nunca llegue. Deseo que la vida me dé suficiente tiempo para enmendar lo que mi negligencia causó.

Sé que nunca me voy a olvidar de árbol de nance donde se alimentaban los tucanes, el pie de la montaña donde cayó nuestro héroe, los arrecifes de coral, el Paris de una civilización muerta, la isla donde bailando sin sospechar el amor me encontró y la cabaña por el lago donde recibí un anillo. ¡No te olvido mi Honduras! Que no olvido a mi gente, cálida, apasionada y trabajadora, esa gente que es tu alma, esa alma que es mi hogar. Aun cuando el alma arda y vierta violencia, sé que seremos mejor, que vamos a aguantar, que de las cenizas vamos a reconstruir el país.

¿Cuál voz escucharé: la voz de esos que piensan que soy una tonta por tener esperanza y volar hacia mi gente cuando puedo quedarme a un océano de distancia, o la voz de los que piensan que soy una rata que abandonó su barco? ¿Qué voy a elegir, este continente con sus cuatro estaciones, o mis montañas sus jaguares y tucanes, mis playas y su transparencia mi infinitamente hermoso, cálido y sangriento país?

¿Entonces quien seré: donde estoy o donde regresaré?