El hilo rojo de la Música

La música conecta a los individuos en una experiencia más allá de sí mismos. Tanto si hacemos música como si la escuchamos, tendemos a entregarnos a ella en una especie de seriedad sagrada. La música se hace dueña de nosotros.

Y al mismo tiempo supone una expansión del sujeto, una experiencia que modifica al que la experimenta. Permite ampliar nuestra conciencia, canalizando emociones y sentimientos con una riqueza infinita de matices imposibles de nombrar o describir con palabras.

Cuando cantamos con amigos en un ambiente lúdico, hacemos música de cámara e incluso a solas con un instrumento, nos entregamos a la música de tal forma que llegamos a olvidarnos de nosotros mismos. Sentimos que formamos parte de una vivencia que nos trasciende. Nuestra participación no busca cumplir objetivos o intenciones, la vivimos con facilidad, e incluso tenemos la impresión de que la música marcha sola.

Al escuchar música, es el oyente quien ocupa el lugar del intérprete. En ese momento es en nosotros donde la música tiene lugar y a ella nos entregamos, como si emanase de nuestro propio interior.

Como cuando hacemos el amor, no son los amantes quienes ocupan el centro, sino el amor mismo que se manifiesta a través de ellos. Nos despojamos de identidades y finalidades, nos dejamos participar enteramente, confiados y sin reservas. No estamos sencillamente desempeñando una actividad, sino que nos abandonamos al acto. En ese momento no hay nada más trascendental en el mundo que sabernos partícipes del ritual.

Antes de concretarse en formas de lenguaje, la música es la expresión de una facultad esencial del ser humano. No hablo de formas musicales, géneros o estilos. Digamos que en ese nivel original de la experiencia musical, cualquier forma de música es posible. Luego vendrán los contextos culturales que terminan definiendo lenguajes compartidos. Pero solo si comprendemos un lenguaje y si el dominio de la técnica nos lo permite (al nivel que seamos capaces para expresarnos con espontaneidad), podremos sentir la música manifestarse a través nuestro.

Explorar en el mundo de la música es profundizar en nuestras propias vivencias y enlazar con las de los demás en una búsqueda desinteresada. Es un camino sin fin, que merece la pena recorrer juntos y sin prejuicios. La música nos permite reencontrarnos con lo más auténtico de la vida y al mismo tiempo conectar con los demás a través de un hilo rojo inquebrantable.

¡Vivamos la música con plenitud!

Antonio Narejos


Originally published at narejos.es on November 30, 2016.