#16M Guatemala 2015

Es lunes. Ya pasaron dos días, varios sueños que ya olvidé y una o veinte tazas de café. 
Solo cierro los ojos y me topo con miles de guatemaltecos. Cada vez que volteo a ver, mis ojos se inundan de blanco y celeste, de pancartas y palabras que llevan el peso de un país en sus vocales. Un país cansado, con el corazón pesado pero con valor en el alma. 
Cierro los ojos y me da escalofríos. Mis pies están mojados y en mi camisa, Oliverio está llorando. Está llorando, pero las lágrimas que derrama no son de derrota. Las lágrimas que derrama, él y los sesenta mil guatemaltecos presentes, son de ilusión, de esperanza.
Cierro los ojos y me encuentro parada en la fuente. Me pongo a pensar en que esto antes no se podía hacer. Que hace más de treinta años , Oliverioestaba parado aquí. Estaba parado en el mismo suelo que yo, luchando por una Guatemala mejor. Hace más de treinta años, un niño de veintitrés años se vio obligado a correr. Corrió por su vida y por su causa, corrió por su pueblo. Ese 20 de octubre cuando una vida fue arrebatada, ese 20 de octubre cuando un niño fue asesinado. Parpadeo y regreso a la fuente, a la lluvia y al océano celeste y recuerdo que hoy no es ni 20 ni es octubre. 
Levanto la mirada hacia delante y veo el Palacio Nacional, a un lado la Catedral, hacia atrás los abusos, la corrupción y la injusticia. Me armo de valor y miro hacia los lados. Y allí están, a mi alrededor y con la mano en el pecho, los guatemaltecos y guatemaltecas, mis hermanos, entonando el canto del pueblo, el himno de Guatemala.