Crónica de la mina
Por: Natalia Gómez.
Publicada originalmente en Febrero del 2017

Dentro de la tierra se esconde un secreto. Se trata de un secreto blanco como la nieve, pero salado como ninguno. Hace mucho tiempo atrás, Colombia estaba cubierta por enorme océano. Con el tiempo éste se evaporó, pero no sin antes dejar algo atrás para recordarlo: su sal. Éstos depósitos de sal luego fueron cubiertos por sedimentos y cuando se formó la Cordillera Oriental, que bordea a la Sabana de Bogotá, la sal subió por entre las rocas y se acumuló en grandes cantidades. Así, muy lentamente, fueron naciendo lo que hoy en día conocemos como las salinas de Nemocón.
Tierra
Tierra tan sólo. Tierra. -Federico García Lorca
Me alisto rápido para salir a las minas de sal. Tenía mucha emoción por conocerlas, pues había escuchado muchos comentarios buenos acerca de este hito del turismo colombiano. Pronto me llevo una gran decepción. Mi plan era tomar el tren hasta el pueblo de Nemocón, donde están las minas. Sin embargo, el tren de la sabana no llega a Nemocón desde el 2008. Como todo en este país, el dinero y los intereses personales dejaron a este pueblo sin su mayor atracción después de la mina.
— “Vamos en carro” me dice mi hermana, también un poco decepcionada.
Aún así, los paisajes no pueden ser más bonitos. Me doy cuenta, de que aunque no he llegado a la mina, ya me topé con una de sus primeras capas y texturas. Es de color verde y respira vida. Se trata de los cultivos que bordean la carretera, junto a los árboles, vacas, caballos y casitas pequeñas que adornan el paisaje. Me recuerda a Tierra y luna, un poema de García Lorca, pues pienso que todo lo que veo es tierra. “Tierra, tan solo tierra”. Después de varios minutos manejando, observo a la distancia un letrero que dice: “Bienvenidos a Nemocón, tierra de paz, sal y cultura”. No puedo evitar sonreír. Pienso que, aunque solo en este país pasa que no han construído un corto tramo de puente para que el tren llegue al pueblo, también creo que solo en este país algo tan sencillo y tan pequeño como la sal, puede ser considerado como cultura y construir la identidad de todo un lugar.
Me pongo mi casco blanco y me siento lista para la batalla. Entonces, empezamos el descenso hacia la mina. A la entrada veo unas enormes puertas, escucho que un guía le dice a algunas personas que son puertas alemanas, que tienen 3 metros de altura y son originales de 1817.
— “¡1817! Eso es mucho tiempo”, me dice con sorpresa mi hermana. El guía nos escucha hablando y nos cuenta que la mina es mucho más antigua que esa fecha colonial. En realidad, data desde los tiempos indígenas.
Las manos
“Todo lo que es hecho, todo lo humano de la Tierra es hecho por manos”. -Ernesto Cardenal
En Nemocón vivían los indígenas Nemzas, de la Nación Muisca. La palabra nemocón, en su lenguaje, significa “lamento del guerrero”. La explotación de la sal cambió mucho desde los tiempos indígenas. Ellos colocaban el agua sal en vasijas de barro y la ponían al fuego varios días para obtener bloques compactos de la sustancia. Según el cronista Juan de Castellanos, “acudían allí (a las salinas) de todas partes a comprarles la sal que hacen del agua, en blancura y sabor aventajada a cuantas en las Indias he yo visto”. Durante la colonia, los españoles tomaron el control del comercio y de la producción de sal. En 1599, se estableció que las salinas de Nemocón, Zipaquirá y Tausa, serían explotadas únicamente en beneficio de la corona. Asimismo, los españoles aumentaron la producción a costa de la mano de obra indígena, por lo que el trabajo en las salinas fue obligatorio para los indígenas, de día y de noche. Se dice que los indígenas de Zipaquirá debían entregar cierta cantidad de arrobas de sal a la semana. Los del pueblo de Tausa, debían producir alrededor de 140 y los de Nemocón 350. Era estrictamente prohibido que los indígenas vendieran la sal que, con sus propias manos, producían. ¡Qué ironía!, pienso. Con razón la palabra nemocón es un lamento. Un lamento de los guerreros, de todos aquellos indígenas que debían trabajar en las minas sin descanso y sin remuneración alguna. Así, sin haber entrado a la mina, descubrí otra de sus texturas: la de las manos trabajadoras indígenas.
La sal
La siguiente textura con la que me encuentro, la percibo en forma de olor. Tan pronto entro a la mina lo siento. Es un olor penetrante y, en realidad, no es muy agradable.
— “Es ácido sulfhídrico”, me dice la muchacha que nos guiaría durante el recorrido. “Es bueno para limpiar las vías respiratorias, así que respiren hondo”. No es más que el olor de la sal, entrando por nuestras narices. El descenso, a 80 metros bajo tierra, inicia por una rampa. Camino lentamente, para no resbalar. El piso es de color negro, el agua lo hace un poco resbaloso y tiene algunos resaltos. Aunque parezca asfalto, en realidad también por donde camino es sal. Solo que con el tiempo y las pisadas de los miles de visitantes que frecuentan la mina, el piso se ha vuelto de color negro. Sal, sal y más sal. Por donde quiera que miro, todo lo permea la sal. Los cables en el techo, que sostienen las pequeñas lámparas que iluminan el camino, están húmedos. Es la sal, que los va deteriorando. Por eso, los bombillos están recubiertos por un trozo de madera, que impide que la sal los dañe. Las paredes también están completamente recubiertas de sal. Algunas parecen tener diseños exclusivos dibujados por un gran artista. No es cualquier sal, se trata de sal vigua, que significa vírgen. Es decir, es una sal que no ha sido procesada en absoluto.

Por primera vez en mi vida me sentí alta. En túnel de descenso es estrecho y bajito, por lo que debía agacharme para no golpearme con el techo. Quién sabe, depronto era simplemente una impresión, o un deseo inconsciente de sentirme grande.
También hay unas rocas de tamaño considerable, parecen cristales de alguna piedra preciosa que debería valer mucho dinero. Me acerco a una e, ingenuamente, le pregunto a la guía de qué piedra estaba formado el cristal que veía resplandecer ante mis ojos. Ella sonríe con ternura y me dice: — “Es una Halita. ¿Sabes qué significa la palabra?. En griego, significa sal”. ¡Claro! Sal, sal y más sal. Sólo eso podía ser.
Sigo caminando y me encuentro con una montaña de nieve. Bueno, no es nieve. Como ya aprendí, es sal. Pero es tan blanca y tiene una textura tan extraña, que parece suave, casi como la crema de un pastel. En un poste de madera había un letrero escrito con marcador negro: “cascada de sal”. Todos los turistas teníamos nuestras bocas abiertas. Escucho atenta la explicación sobre este fenómeno. En las minas se producen filtraciones de agua a través de las paredes. Estas filtraciones producen grandes cantidades de sal, de color totalmente blanca, y la forma de la cascada está dada por la manera en que resbala el agua por el interior de la montaña. Este afloramiento de sal en particular, tiene más de 80 años de formación. Pero lo que más me gustó de lo que aprendí sobre la sal, es que la pobre tiene una muy mala reputación, una reputación que no merece en absoluto. Aquí en Colombia, cuando alguien tiene mala suerte, se le dice que es un “salado”, sin embargo, la sal no tiene nada de negativo. Por el contrario, contiene iones positivos. Por eso, durante el recorrido, se le recomienda a los visitantes abrazar las paredes de sal y descargar toda la energía negativa que tengan.
El viento
“Un cuadro no se acaba nunca, tampoco se empieza nunca, un cuadro es como el viento: algo que camina siempre, sin descanso”. -Joán Miró
Otra textura con la que me encontré en la mina fue la del viento. No porque adentro se sintiera un ventarrón, sino porque el viento deja marcas visibles en la sal. Por ejemplo, en el techo de la mina se pueden observar estalactitas, formadas a partir de las filtraciones de agua y que cuelgan sobre la cabeza de los visitantes. Estas estalactitas crecen entre 1 a 3 centímetros al año y son únicas y diferentes entre ellas. No solo en tamaño, sino también en la dirección en la que van creciendo. ¿Quién sabe la dirección en la que crecerán?, como bien sabe Bob Dylan, la respuesta la tiene el viento. Así, si bien las estalactitas son formadas gracias al agua, obtienen su forma y su dirección debido al viento e irán creciendo para siempre, sin descanso.
La madera
Aunque la mayoría de la mina está completamente cubierta por sal, otra textura, antagonista de la sal, también tiene presencia. Se trata de la madera, el único material capaz de resistir el paso fuerte de la sal avanzando. En su interior, la mina tiene enormes maderos de eucalipto, que sirven como vigas para sostener y darle forma a las cavernas. Con el tiempo, esta madera no se ve deteriorada, sino que por el contrario, la sal la petrifica, volviéndola aún más fuerte y resistente.
El agua
El segundo protagonista de la mina de sal en Nemocón es, sin duda alguna, el agua. Veo con detenimiento un pozo en el que se ven pequeñas moneditas al fondo. El agua es absolutamente transparente y como el fondo se ve con tanta claridad, pareciera que apenas tuviera unos cuantos centímetros de profundidad. Le dicen el pozo de los deseos y los turistas lanzan entusiasmados sus monedas al agua, como si en realidad algo de lo que pidieran se fuera a cumplir. Lo más gracioso es que, mientras observo la vergonzosa escena de personas lanzando monedas a ciegas, a tan solo unos pocos metros puedo ver a unas personas arrodilladas ante una escultura de la virgen del Carmen. Ésta es nombrada patrona de los mineros, conductores y policías colombianos. Yo me pregunto entonces a quién debo creerle. ¿Le debo rezar a la virgen, o con lanzar una moneda ya es suficiente para que se cumplan mis peticiones?.
La voz de la guía interrumpe mis pensamientos. En realidad, el pozo no era tan pequeño como lo imaginaba, sino que tiene más de cinco metros de profundidad. La guía lanza una piedra y observo que, lentamente, como si atravesar el agua le costara mucho trabajo, va abriéndose el camino hacia abajo. Se ve la densidad del agua en el descenso de aquella pequeña roca, y en las ondas que hizo cuando tocó el agua. El fondo se ve tan cerca porque, por la misma densidad, se genera un efecto como de lupa, acercando las pequeñas monedas a la superficie. — “Si alguno de nosotros quisiera entrar en el agua, lo más probable es que flotara, como en el mar muerto. Todo esto se debe a la alta concentración de agua”, dice con entusiasmo la guía del recorrido.
Junto a unos faroles negros corre un río silencioso. En realidad, es un río que no se mueve en absoluto. Se trata de unos espejos de agua que solían ser tanques de saturación durante la producción de sal. Su agua, al igual que la del pozo, es totalmente transparente. El reflejo del techo convexo en el agua, hace que parezca un espejo y los objetos se ven reflejados completamente y a la perfección. De hecho, la mina tiene el servicio para tomarse una foto, en la cual, las personas se paran junto al tanque y observan totalmente sus cuerpos reflejados en el agua. Es uno de los fenómenos naturales más hermosos que he visto y sin duda una ilusión óptica que diferencia esta mina a cualquier otra.
De pronto, vuelvo a oir la voz de nuestra guía: — “Sumergan sus manos en el agua. La sal actúa como un exfoliante y removerá las impurezas de su piel”. No lo dudo ni un segundo. Mi mano ya se encontraba totalmente sumergida en el agua fría. La dejo ahí por lo menos cinco minutos. Cuando la saco, veo que tiene una textura extraña y adoptó un color un poco blanco. — “Froténse las manos”. Pequeños pedacitos de sal empiezan a salir de mis manos. Pedacitos tan pequeños, que parecen apenas un polvo.
Escultura

Feliz después de haber remojado mis manos, me encuentro con otra sorpresa de la mina. Llegué, literalmente, a su corazón. Se dice que hace muchos años vivió José Maximiliano Chuy, el minero más fuerte de Nemocón. Cuentan que Chuy sacó de las entrañas de la mina un bloque de sal enorme, que pesaba más de una tonelada. Ese mismo bloque fue tallado por Don Miguel Sánchez en 1960, en una forma perfecta de corazón. Ahora, el corazón descansa dentro de la mina, alumbrado por una luz roja. Gracias a este corazón, según los trabajadores de la mina, el corazón de Nemocón volvió a palpitar, desde las entrañas de la tierra, para el mundo. Es en este momento cuando los visitantes toman la mayor cantidad de fotos. Los enamorados con sus parejas aprovechan para sacarse una buena foto romántica, pero más que un recuerdo, en la mina se dice que quien se jure amor en ese lugar, tendrá un amor eterno. Por eso, actualmente se realizan muchas propuestas de matrimonio junto al corazón.
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La mina de sal de Nemocón es mucho más que una experiencia turística. Es historia colonial, conocimiento indígena, espiritualidad y naturaleza. Es además -y por supuesto- la mezcla de texturas que conviven juntas, se mezclan y forman una completamente nueva.

“Tú mira la piedra y aprende: Ella, con humildad y discreción, en la luz flotante de la tarde, representa una montaña”. — José Watanabe
